La lectura del futuro

Un libro en versión electrónica es más barato que uno en papel, pero como negocio todavía está

Los editores y promotores de libros electrónicos (o e-books) no se hacen falsas ilusiones: este nicho tardará de cinco a 10 años en madurar, y ellos lo saben. Sin embargo,  también están conscientes de que en el ámbito digital se producen sorpresas que dan vuelta a los mercados y que ellos deberán estar ahí, bien posicionados, cuando éstos comiencen a moverse.

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Por lo pronto, tras una década de explorar esta oportunidad de negocios sin alcanzar el éxito esperado, han redefinido sus expectativas. En la etapa actual, los empresarios del ramo ofrecen promociones para la comercialización, sondean nuevos nichos de mercado y extienden su presencia a diversos dispositivos electrónicos.

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Así, en los escaparates virtuales es posible encontrar algunos textos que aún no aparecen en su versión impresa; además, en casos donde están disponibles las dos versiones, el e-book puede resultar entre 10 y 70% más barato: cuanto más costoso es el libro en papel más notoria es la diferencia de precio.

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La entrega de los volúmenes puede realizarse vía internet a una computadora de escritorio, a una laptop, a un dispositivo diseñado ex profeso para leer e-books o a una agenda electrónica de mano (Personal Digital Assistant: PDA).

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En cuanto a sus catálogos, las editoriales comienzan a relegar a un segundo plano las novedades de ficción y enfocan sus esfuerzos hacia otros campos, como los textos técnicos y de consulta especializada, publicaciones  de tiraje reducido y precio alto, principalmente dirigidas a un grupo reducido de lectores, habituado a la computadora y  con intereses muy específicos.

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La punta de lanza de la oferta está integrada ahora por diccionarios de diversas disciplinas, textos de negocios, teología, asuntos fiscales, sexualidad, manuales de autoayuda, una que otra novedad literaria, (Spiderman, de Peter David; Everything’s eventual, de Stephen King) y novelas clásicas  de autores cuyos derechos ya prescribieron (Agatha Christie, Ernest Hemingway y muchos otros). Ese es el conjunto editorial que conforma la nueva oleada de libros virtuales.

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Con tales variantes está resurgiendo la confianza en el futuro de este  producto. La firma de análisis de tecnologías de información Forrester estima que dentro de un lustro el texto digital abarcará 17.5% de la industria editorial de Estados Unidos, una tajada que representará $1,365 millones de dólares. Otros pronósticos indican que este sector seguirá creciendo hasta alcanzar $2,500 millones de dólares  dentro de un decenio. En México, la demanda de e-books es tan baja que aún no existen siquiera proyecciones de evolución del mercado, aunque seguramente los avances en el vecino del norte repercutirán en el país.

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Claro, habrá que tomar esa predicción para el mercado de la unión americana con reservas. Por hoy, la cantidad de libros digitales vendidos aún no consigue hacerle ni siquiera cosquillas a la industria editorial tradicional. El público, en su gran mayoría, sigue disfrutando al observar la letra impresa, al sentir el tacto de las hojas, al escuchar el crujir del papel. Quizás, el mayor reto del e-book es el cultural, pues desafía costumbres arraigadas de lectura y escritura.

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La sola idea del libro virtual produce escozor entre numerosos bibliófilos. “Es infame. Una pantalla no es un medio de lectura adecuado”, afirma Alfredo Michel, único miembro mexicano de la International Shakespeare Association, con la cual mantiene una constante comunicación electrónica.

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Incluso los fanáticos de las invenciones tecnológicas deben admitir dificultades: “Después de dos horas resulta algo cansado”, confiesa Mario Villarino, ingeniero de Preventa en Palm México. Con él concuerda Guillermo Díaz de León, director de Ventas para América Latina en Adobe, la empresa creadora de eBook Reader, uno de los programas para leer libros en archivos electrónicos: “En estos momentos, el hardware no ayuda mucho a la difusión del e-book, a su lectura mediante un dispositivo electrónico.”

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Es por eso que los editores respiran hondo y tratan de tomarse las cosas con calma. “Estamos en un momento de evangelización”, declaró en noviembre pasado Luis Miguel Solano, director de Veintinueve.com, la librería digital de Grupo Planeta.

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Incipiente tecnología
La lenta evolución de este mercado se debe en parte a que la tecnología usada es muy reciente, y los dispositivos electrónicos hechos especialmente para lectura de libros electrónicos aún no se han desarrollado lo suficiente. En 1992, Franklin Electronic Publishers y Sony crearon uno, hoy descontinuado, que los usuarios consideraban difícil de manejar. En 1998 aparecieron otros modelos con notorias mejorías: el Softbook y el Rocket e-book. Ambos fueron diseñados sólo para leer textos digitales, y son básicamente pantallas de alto contraste y resolución, de  entre 15 y 19 centímetros de ancho, 20 a 27 de largo y más de medio kilogramo de peso. Almacenan de 4,000 a 50,000 páginas de texto e imágenes. Algunos modelos ofrecen la posibilidad de hacer anotaciones, comentarios y establecer referencias cruzadas con otras lecturas. Su costo oscila entre  $150 y $1,500 dólares.

-Otro modelo es el Everybook Dedicated Reader, que despliega dos pantallas de color, como si se estuviera ante un libro abierto. Empresas europeas y japonesas desarrollan también sus propias versiones.

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Estos dispositivos, empero, no son imprescindibles. Los usuarios de computadoras personales pueden descargar a su máquina en forma gratuita alguno de los sistemas de lectura de libros electrónicos. Un par de ellos son el eBook Reader, creado hace tres años y que hoy cuenta con 2.7 millones de usuarios en todo el mundo, y el Microsoft Reader, que con 18 meses de presencia ya tiene 90,000 usuarios. Ambos sistemas permiten, además de leer el texto, hacer búsquedas e impresiones, subrayar e incorporar comentarios, pero no realizar copias ni modificaciones.

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Es la compañía editora quien paga a la empresa tecnológica por el software que permite encriptar y condensar los libros (así como otros tipos de documentos). Cuando un usuario compra un e-book (actualmente es siempre por internet) recibe una clave que el servidor le asigna y aloja en el disco de la computadora del cliente, lo cual impide copias y transferencias para proteger los derechos de autor. Una posibilidad adicional es descargar libros directamente al PDA. La empresa Palm acaba de adquirir Peanut Press, el proveedor líder de e-books para agendas electrónicas de mano, que cuenta con un catálogo superior a  2,000 títulos. Quienes poseen una Palm bajan de internet el Peanut Reader, que maneja versiones en español, inglés, italiano y alemán. Este software permite subrayar el libro, añadir notas y dar saltos de página a lo largo del libro. Según la capacidad del modelo, el propietario puede almacenar de tres a 40 textos.

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Además, existen diminutas tarjetas multimedia que se insertan en la ranura de expansión de memoria de la agenda electrónica. La oferta todavía es limitada, hay un diccionario enciclopédico en inglés y un compendio de mapas carreteros de Estados Unidos. El costo promedio de cada tarjeta es de $450 pesos.

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“Estamos trabajando con contadores públicos para elaborar libros de la reforma fiscal dirigidos a distintos gremios, que además podrán actualizarse vía internet. También desarrollamos libros con información especializada para doctores, abogados y otros profesionales”, informa Villarino.

-Todo ello contribuye a crear condiciones propicias para que el negocio de los libros electrónicos despegue; sin embargo, falta lo esencial: que los usuarios acepten el producto.

-“No se ha dado una adopción de la tecnología como se esperaba”, lamenta Díaz de León. Atribuye este fenómeno a tres factores. Primero, que la gente se resiste a pagar por los contenidos digitales. Segundo, que el hardware aún no es amigable a la lectura, accesible y portátil. Tercero, que las empresas editoras no han tomado en serio este campo.

-En el caso de las PDA, Villarino considera que los vendedores de estos dispositivos podrían realizar una labor de difusión a favor del e-book.

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México rezagado
Los mayores esfuerzos en favor de esta variante editorial se realizan en regiones que cuentan con amplios sectores proclives a las novedades tecnológicas y  elevados índices de lectura (Japón, Estados Unidos y Europa). Las naciones de habla hispana con mayor potencial son España y Argentina.

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En México, según estudios de diversos organismos internacionales, se lee poco y hay indicadores de baja comprensión de lectura. “Eso hace que el mercado editorial mexicano sea reducido, comparado con países como Estados Unidos, Francia, Alemania, Inglaterra o Japón”, refiere Gonzalo Araico, presidente de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem).

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En 1999 se imprimieron 112 millones de libros en México. Para 2001 la cifra disminuyó a 95 millones, una reducción de 15%, que coloca el valor de este mercado en alrededor de $9,500 millones de pesos.

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De 2.7 millones de usuarios de eBook Reader en el mundo, 216,000 (8%) son de países de habla hispana y 15,000 (0.55%) corresponden a México. Los clientes nacionales que  han adquirido e-books para PDA son 672, de un total de 125,000 en todo el planeta.

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Eso explica que ninguna editorial mexicana se haya lanzado aún a la aventura digital. Apenas en estos días, una firma privada y la UNAM exploran con Adobe este mercado.

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¿Larga vida al papel?
Pensar en una batalla al interior de la industria firma entre los textos tradicionales y los electrónicos es imaginar un falso escenario.

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“Cuando se creó la técnica de las microfichas se vaticinó la desaparición del papel. Curiosamente, la era electrónica y digital más que traer una disminución de libros impresos ha implicado un aumento”, señala Hugo Figueroa, especialista en bibliotecología que participa en la formación de bibliotecas digitales.

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El presidente de la Caniem, quien ha adquirido algunos e-books, considera que “los medios tienden a complementarse”. De hecho, afirma que los cambios tecnológicos ya han llegado a las empresas editoriales, sobre todo en el área de preprensa (diseño de portadas  e interiores), manejo de originales mediante sistemas electrónicos y manipulación de fotografías e ilustraciones a color.

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“Quienes van a sufrir, en caso de que madure este nuevo mercado, serán las industrias del papel y de las artes gráficas. Los editores seguirán trabajando los contenidos y las herramientas electrónicas les permitirán jugar con más elementos, manejar imágenes a color [que en impresión significa costos elevados] e incluso en movimiento”, estima Araico.

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En su opinión, es importante que los editores conozcan estos temas, se preparen y piensen en la reconversión tecnológica necesaria. Pero con cautela. “La experiencia con las empresas punto-com nos enseña que debemos ir con cuidado, esperando que cada pieza del rompecabezas encuentre su posición correcta.”

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Todo indica que el mercado del e-book crecerá en la medida en que ofrezca valores agregados al de los libros tradicionales. La tecnología, por ejemplo, le permite incorporar imágenes, audio y video, aunque para algunos se trata de distractores. Se busca una mercadotecnia amigable (friendly marketing) en lugar de ofrecer una lectura amistosa, cuestiona Alfredo Michel.

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Como sea, es un producto que deberá crear su propio mercado. Su historia apenas comienza a escribirse.

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