La libertad de equivocarse

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Ricardo Medina Macías

Una de las grandes dichas de este mundo es poder cometer los propios errores y pagar por ello, al tiempo que se pueden disfrutar los beneficios de los aciertos propios.

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Lo mismo expresado en forma negativa: hay pocas desdichas tan graves como la de ser víctima de las decisiones que otros tomaron por nosotros sin consultarnos y es un gozo mezquino, amargado de origen, disfrutar de los aciertos de quienes decidieron donde nos correspondía hacerlo a nosotros.

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En buena medida, en esto consiste la democracia en la vida política y el libre mercado en la vida económica. Por eso Chesterton decía que la democracia es como sonarse uno las propias narices y que no hay nada tan antidemocrático y antiliberal como las opiniones de quienes desearían imponernos sabias niñeras de por vida, que no sólo nos limpien las narices a su modo, sino que decidan por nosotros qué comer, en qué gastar y a quién enamorar.

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Porfirio Díaz y Francisco Franco son ejemplos típicos de dictadores que propiciaron para sus respectivos países cierto progreso material, años de estabilidad y -paz social y hasta una relativa respetabilidad en el concierto de las naciones. Sin embargo, son detestables precisamente por ser dictadores. Porque aún los beneficios que lograron para la comunidad fueron impuestos al margen de la voluntad de los ciudadanos. Nunca dejaron que sus respectivos pueblos se equivocaran por su cuenta y riesgo.

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Algo similar sucede en el ámbito económico. Se podrían escribir varios tomos enumerando los grandiosos errores de los “expertos”, desde el presidente de IBM en 1949, Thomas Watson, quien predijo que a lo sumo habría mercado en el mundo para unas cinco computadoras, hasta la compañía de discos Decca que en 1962 rechazó a los Beatles porque a sus ejecutivos no les gustó el sonido de su música y pontificaron que la música de guitarra estaba en decadencia (debo estos ejemplos al decano del departamento de economía de la Universidad George Mason, el profesor Walter Williams).

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Como estos errores se dieron en un mundo relativamente libre, las equivocaciones de estos expertos no se le impusieron a la sociedad y hoy día seguimos disfrutando de la música de los Beatles y las computadoras están en nuestras casas, en nuestras oficinas y hasta en nuestras maletas de viaje.

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Imaginemos qué habría pasado si estos “expertos”, por el hecho de serlo, hubieran formado parte de algún supremo consejo gubernamental sobre la industria o el arte, con facultades para imponer sus sabios consejos al resto de sus compatriotas.

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Por fortuna el señor Watson sólo era presidente de la IBM y no secretario de Industria y Comercio o senador con facultades para elaborar leyes y reglamentos e imponerlos a la sociedad. De acuerdo a sus doctas opiniones se hubiera prohibido cualquier inversión para el desarrollo de las computadoras. De buena fe el señor Watson habría creído que así ahorraba a la sociedad cuantiosos recursos decidiendo por ella.

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En México, en años pasados, algunos expertos decidieron que el dinero público, “nuestro dinero” al fin y al cabo, estaba muy bien invertido en construir gigantescas plantas siderúrgicas que llegaron a costarnos, en algunos años, hasta $20,000 millones de dólares tan sólo en subsidios. Otros sabios gobernantes pensaron que era una buena decisión gastar “nuestro dinero” en crear cadenas de televisión “pública” (es un decir), cuyos programas en el mejor de los casos ni siquiera eran vistos por el 5% de los televidentes. Del mismo modo, otros expertos gubernamentales decidieron, en nuestro nombre y supuestamente en nuestro beneficio, invertir “nuestro dinero” en plantas y complejos petroquímicos y evitar que los particulares invirtieran en esos ramos “su dinero” porque ello, en su sabia opinión, representaba un inmenso peligro para nosotros.

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Hoy día si los señores que compraron las plantas siderúrgicas con “su” dinero (no con el “nuestro”) toman decisiones equivocadas es “su” problema y pagarán por ello. De la otra forma, los expertos se equivocaban y la cuenta la pagábamos los demás. (Sólo como anécdota, hay que recordar que el general Lázaro Cárdenas fue el principal impulsor de esta dispendiosa industria siderúrgica paraestatal, y en su gran sabiduría sugirió que debiera localizarse en su tierra natal, Michoacán, lejos de los centros de abastecimiento de carbón, sugerencia acatada por tratarse de un sabio ex -gobernante).

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Tal vez algunos expertos desautoricen la forma en que usted se suena sus propias narices o rechacen el tipo de ropa que usted suele comprar según su leal saber y entender. Ni modo, que se aguanten los expertos..., usted tiene el derecho supremo de equivocarse por su cuenta y riesgo.

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El autor es director editorial de noticiarios de TV Azteca y colaborador de El Economista.

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