La mesa de coyuntura

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Ricardo Medina Macías

Es probable que los trabajos para la reforma del Estado en México no hayan producido, hasta el momento, avances luminosos, de esos que merecen encendidos comentarios en la prensa especializada o sesudos análisis de académicos dedicados a la ciencia política. Sin embargo, éstos ya han generado un hallazgo que, bien administrado, podría ser honra para México y hasta venero de divisas, que tanta falta nos hacen. Me refiero (los lectores ya lo habrán adivinado, puesto que por definición son más sagaces que los escritores), a la ya célebre mesa de coyuntura.

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La primera vez que escuché la expresión pensé (equivocadamente) en sus aspectos materiales. Por ejemplo, conjeturé que la denominación provenía de que la mesa famosa estaba dotada de algún artilugio, más o menos ingenioso, a modo de articulación. éste le daba movilidad y flexibilidad para asumir diversos grados de inclinación, dependiendo del humor y el deseo de los comensales.

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¡Qué mejor —me dije— que una de estas mesas, para hacer frente a la cambiante realidad de nuestra vida cotidiana! ¿Que uno tiene invitados desagradables? No hay problema: se inclina la mesa de coyuntura hasta 45 grados, en perjuicio de los comensales indeseables, y éstos pronto se retirarán. El lector podrá imaginar la inmensa variedad de aplicaciones de una mesa dotada de estas ingeniosas articulaciones (también llamadas coyunturas).

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Claro que, aún así, persisten algunas incógnitas. ¿Unas sillas de tijera son lo más adecuado para sentarse ante una mesa de coyuntura? ¿es de buen gusto situarla cerca de un sillón Voltaire?, ¿corren peligro los comensales de que alguna parte de su anatomía sea atrapada por las coyunturas de esta mesa?

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Más allá de estas inquietudes que me han quitado el sueño, descubrí, gracias a una paciente explicación de Clotilde, que mi idea original de la mesa era muy pobre. ésta —me dijo Clo— es más, mucho más, que un invento material. “Lo -maravilloso es que la mesa de coyuntura es todo un concepto posmoderno; un hallazgo que transformará nuestra vida tanto como las computadoras personales (PCs) o el Internet (Bill Gates dixit).

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“La mesa de coyuntura es, en síntesis, el descubrimiento que aplica la teoría de la relatividad de Albert Einstein a la vida cotidiana y al fenómeno, hasta ahora vulgar, de utilizar mesas para comer, escribir, discutir, beber y otras actividades más o menos confesables”.

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Por supuesto, el párrafo anterior es una transcripción relativamente fiel de lo que Clotilde me dijo. Pero debo confesar que no lo entendí.

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Algunos días más tarde, y después de un considerable gasto neuronal, comprendí (creo) lo que quería decir Clotilde. En el fondo se trata del mismísimo concepto de coyuntura, que es aplicable, convenientemente, a casi cualquier fenómeno de la vida. De ahora en adelante la pregunta clave no será si tal cosa es justa o injusta, buena o mala, verdadera o falsa, útil o inútil, sino si es o no coyuntural.

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Por ejemplo, los cardiólogos podrán tranquilizar o alertar a sus pacientes, según el caso, diciéndoles: “No se preocupe. Su infarto es coyuntural”. O, por el contrario: “Malas noticias, mi amigo, el infarto no fue coyuntural”. Por supuesto, alguien puede fallecer a causa de un infarto coyuntural o sobrevivir después de un infarto no coyuntural, pero eso es otro asunto (en todo caso se dirá que fue un fallecimiento coyuntural o no coyuntural). Lo importante es determinar si en su origen se trata de algo ubicado en una coyuntura.

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Nótese que un sinónimo de coyuntura en el ámbito de los fenómenos económicos podría ser la estacionalidad. De esta forma uno puede evitarse preocupaciones inútiles descubriendo que el mal económico que le aqueja (desempleo, inflación, insolvencia) es coyuntural. Aquí se supone que la víctima (coyuntural o estacional) debe suspirar aliviada: “Estoy sin chamba a causa del cambio de estación” o, por ejemplo, puede utilizar en su favor el asunto, diciendo a los acreedores que quieren embargarle la casa, que su falta de pago es sólo coyuntural. Y los acreedores, astutos, le dirán que el embargo es igualmente coyuntural y todos felices.

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En otros ámbitos, el concepto de “coyunturalidad” ha resultado sorprendentemente fecundo: ¿merece la pena hacer tanto escándalo por algunos asesinatos coyunturales en Guerrero? ¿Para qué protestar por un fraude en unas elecciones que fueron meramente coyunturales?

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Ojalá que en el futuro próximo este hallazgo mexicano sea reconocido mundialmente. Claro, no faltan los aguafiestas que introducen la venenosa sospecha: después de todo —se preguntan— ¿acaso la vida toda no es coyuntural?

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El autor es periodista y director editorial del diario El Economista

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