La tentación autoritaria

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María Emilia Farías

La democracia es el lazo entre la pluralidad de actores sociales y el poder legítimo del Estado. Sólo los actores sociales con capacidad de organización y de defensa de sus libertades públicas y privadas pueden resistir las tentaciones de un Estado que actúa como si fuese el único depositario de los intereses de la sociedad.

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Un Estado que cumple con sus obligaciones es muy diferente de uno totalizante, cuyo poder no conoce límites y pretende representar de manera "exclusiva" el conjunto de los intereses de la sociedad.

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Si lo anterior es cierto, habría que analizar la pertinencia de un debate sobre la supuesta supremacía del Estado sobre la sociedad civil, toda vez que uno de los ingredientes principales de la democracia es la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones del gobierno. La idea de ciudadanía conlleva la responsabilidad política de los actores sociales que, de manera libre y voluntaria, construyen distintas formas de participación en la administración de la sociedad de la que forman parte.

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Por lo tanto, resulta ociosa la pretensión de que el Estado siga siendo el único que represente los intereses de la sociedad, tanto como que los actores sociales por sí mismos puedan ocupar todos y cada uno de los espacios de la vida pública.

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Los partidos, a pesar de la crisis de representatividad por la que atraviesan, siguen jugando un papel decisivo en la transición democrática y no sustituyen las actividades de los actores sociales. Lo deseable para vencer los poderes ¡limitados del Estado es que los actores sociales coincidan con los actores políticos.

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La democracia es una manera de administrar los conflictos, a partir del respeto de las reglas del juego que sirven para desterrar la eliminación física del adversario político. Un proceso de democratización es el que transforma una comunidad de intereses en una sociedad regida por leyes que la mayoría acepta y aplica. A pesar del discurso oficial, las circunstancias actuales no parecen propicias para instrumentar los cambios políticos que allanen el camino de la democracia. La incertidumbre política que se vive en México deriva de la falta de reglas del juego que aseguren una transición política más o menos ordenada.

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Las instituciones políticas tradicionales han perdido eficacia y aún no se han podido institucionalizar nuevas formas políticas basadas en el respeto a la ley y a los derechos fundamentales de los individuos.

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Desde hace algunos meses, algunos grupos políticos han optado por eliminar físicamente a los adversarios; los asesinatos políticos son un ejemplo de que la administración del conflicto ha fallado. La intención de las autoridades capitalinas de violentar las garantías individuales con el propósito de combatir la delincuencia, ilustra muy bien cómo la tentación autoritaria está pesando en el ánimo de muchos mexicanos que opinan que la represión es mejor camino que el de la ruta de la democracia.

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En tal virtud, el gobierno, la ciudadanía y la representación política tienen tareas específicas que realizar para establecer una relación democrática que descanse en la responsabilidad de los ciudadanos y en el reconocimiento de la personalidad colectiva de los individuos, pero también en un orden público fundamentado en leyes.

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La transición política en México se ha desplazado hasta ahora en una zona gris, a la que todavía le faltan definiciones claras sobre sus propios objetivos y reglas. Invocar la democracia como gusta hacerlo el gobierno, a nadie hace daño; lo que resulta sumamente peligroso es que los actores políticos y sociales sigamos mostrando nuestra incapacidad para ocupar propositivamente los espacios que está dejando la propia transición, especialmente el acotamiento de las facultades excesivas de la institución presidencial.

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Para lograr una transición con reglas claras, es necesario que el mundo político abandone las rivalidades internas, olvide los puntos de vista únicos, centralizados y dominantes, en beneficio de una pluralidad de perspectivas que correspondan a la pluralidad de puntos de vista que coexisten y compiten en la realidad.

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La mejor manera de ahuyentar cualquier tipo de tentación autoritaria es la de ponerle reglas claras a la transición política.

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Ex diputada federal, la autora es actualmente consultora de empresas canadienses y francesas.

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