La vida privada

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Max Clip

Ahora que lo pienso, creo que debe ser parte de mi destino no saber con certeza dónde terminan mis responsabilidades corporativas y dónde comienza eso que, vagamente, llamo mi vida privada… o lo que queda de ella.

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Recién egresado de la universidad, durante los primeros años de mi carrera profesional, recuerdo que la distinción me parecía clara: el ámbito de lo personal ocupaba gran parte de mi tiempo y nunca estaba sujeto a horarios. Hoy, cuando quiero ver a mis amigos, siempre tengo que consultar mi agenda y reservarles un par de horas con dos o tres meses de anticipación. Al llegar el fin de semana, en el remoto caso de que no tenga un compromiso –que siempre, de alguna manera, está relacionado con obligaciones laborales o con gente de la oficina–, muchas veces prefiero quedarme en casa y descansar de tanto ajetreo.

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Aparentemente llevo una intensa vida social: casi todas las noches tengo una cena, un concierto, una recepción; son raros los fines de semana en los que no tenga un evento que me obligue a usar traje y corbata. Mis amistades me reclaman acremente las ausencias de la mesa del dominó –hasta creo que ya olvidé cómo se juega– y les parece insoportable que gaste tanto tiempo en ese tipo de "diversiones" tan frívolas. Pero yo no me engaño: todo eso forma parte del trabajo.

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Se dice que, por razones culturales, los mexicanos (y los pueblos latinos, en general) privilegiamos el contacto personal por encima del distante y eficaz trato tan propio de los sajones. Para comunicarse, ellos prefieren utilizar casi cualquier medio tecnológico: teléfono, fax, e-mail, videoconferencia. En cambio, nosotros casi por instinto descalificamos por "frías" ese tipo de prácticas y sostenemos que cualquier negocio comienza y termina con una invitación a comer o a beber.

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Sospecho que detrás de esta costumbre debe existir alguna maldición gitana, pues con tanto tiempo libre comprometido en actividades en las que mezclamos la "recreación" con los negocios, nuestra vida privada termina por esfumarse.

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Ese es, precisamente, mi caso. De la comida de trabajo entre semana a la boda en Cuernavaca el sábado, desde hace un par de meses mi vida se ha convertido en una pseudoparranda, dirigida siempre por secretos objetivos corporativos. Mi familia y los pocos amigos que aún me quedan se resisten a creer que todo esto forma parte de mi empleo. Poco a poco han decidido dejarme de hablar y de buscarme, porque nunca tengo tiempo para ellos. Vaya, incluso mis gatos ya resolvieron ignorarme y, cuando estoy en casa, se pasean muy indignados frente a mí y mueven sus colas en lentas ondulaciones, siempre mirando hacia otro lado. Ingratos y orgullosos, ni siquiera cuando les doy de comer me regalan alguna atención.

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Pero, dentro de todo, eso no es lo peor y, como quiera, estas "crisis" son administrables. Lo que ahora me preocupa es mi salud que, supongo, ya se está resintiendo. En los últimos días he sufrido varios mareos, no logro concentrarme y me cuesta trabajo fijar la vista en la pantalla de la computadora: las letras brillan con colores extraños y bailan y dan vueltas.

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Mi esperanza es que esta etapa termine pronto y que logre rescatar lo que queda de mi vida personal, antes de que me vuelva adicto a los bocadillos de queso crema y salmón ahumado. Por lo pronto, este fin de semana es cumpleaños de mi padre, pero tengo que ir a una parrillada en casa del vicepresidente de Finanzas. Supongo que, ahora sí, me va a desheredar, así que tendré que invitarlo a comer para negociar el asunto.

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