La vulgar democracia

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Ricardo Medina Macías

Es el lunes 7 de agosto de 1995. La hora: seis de la mañana. El sujeto: el Gordo Basurto con una pijama de bolitas azules. El lugar: el frente de su casa encharcado por las lluvias intermitentes atribuidas a una depresión tropical en el Golfo de México. El tema: el encabezado del diario que anuncia, entre las manchas de la humedad, que el Partido Acción Nacional volvió a ganar la gubernatura de Baja California, pese a la multitud de pronósticos en contra. El Gordo lee el titular del periódico y realiza un gesto similar al que inmortalizó a Roque Villanueva el día que los legisladores priístas aprobaron en la Cámara de Diputados el aumento al IVA.

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No faltará quien, a la vista de esta escena tan vulgar, piense que la vida política en México se desliza cada día más por senderos ominosos. Empero, es probable que este tipo de fenómenos configuren los avances hacia la democracia. Nadie puede asegurar que ésta llegará a nuestras vidas con cánticos sublimes y en escenarios paradisíacos. La democracia, al fin y al cabo, es parte de la vida común y corriente y cosa propia del vulgo.

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Por lo pronto, el primer gobernador de oposición en la historia moderna de México, Ernesto Ruffo, se irá a su casa en unos meses y una de sus principales preocupaciones es cómo le hará para ganarse la vida al dejar de percibir el sueldo de gobernador (unos N$30,000 nuevos pesos mensuales). Preocupación propia de lo que llamamos vida democrática. Ruffo, hasta donde se sabe, no será contratado por una universidad estadounidense para dar clases de política cambiaria o por Dow Jones (empresa editora del The Wall Street Journal) para asistir a sus juntas mensuales de consejo.

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Quizá en el futuro el Gordo se arrepienta por haberse alegrado del triunfo del PAN en Baja California. Tal vez el señor Héctor Terán no será un buen gobernador, pero ese riesgo, tan humano, es otra de las peculiaridades de la democracia. Varias veces, en distintas latitudes, los electores se equivocan. Sin embargo, esas equivocaciones tienen, en la misma democracia, su mejor remedio conocido: rectificarlos en la siguiente elección.

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Los déspotas, confesos o fingidos, se han propuesto ponernos a salvo de los riesgos de la democracia. Escudados en una elusiva sabiduría ("ellos saben cómo hacerlo", aunque no sepamos siquiera el qué de lo que deben hacer), nos recetan fórmulas que nos rescatan de nuestra incapacidad para gobernarnos.

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En este siglo y entre los que se reputan como sabios hay cierta tendencia a desconfiar de los seres humanos comunes y corrientes. Los académicos y los IPT (Intelectuales Públicos Titulados) nos ilustran a diario hasta sobre los actos más sencillos y personales de nuestra vida: cómo educar a los niños, cómo mejorar el ayuntamiento de los sexos, cómo escardar el cabello o cómo trapear un piso. No es extraño que en el mismo tenor nos quieran evitar los problemas y riesgos de elegir al propio gobierno.

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Nos quitan demasiado. Puede parecer morboso, pero es un placer vulgar, al que todo ser humano debe tener derecho, equivocarse por sí mismo y no que otros se equivoquen por uno. Cuando esto último sucede, es difícil reponerse y pasamos meses preguntándonos si el error fue en diciembre, en noviembre o en marzo y si, en el burocrático deslinde de responsabilidades, la culpa la debe cargar Carlos, Jaime, Pedro o Ernesto.

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Pero, en fin, ¿por qué se alegró el Gordo esa mañana del 7 de agosto?

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Parece ser que la principal razón fue porque se equivocaron las asambleas de sabios. Aún recuerda el Gordo cómo su amiga Clotilde le espetó un par de meses antes una sesuda encuesta del prestigiado Colegio de la Frontera Norte, donde se auguraba que el PRI recuperaría la plaza en Baja California. Ese día, Clotilde aseguró al Gordo que ya ni caso tenía esperar a los comicios. Los sabios ya habían dictaminado quién ganaría y aventuraban incluso algunos porqués. Huelga decir que seis años antes la misma prestigiada institución había pronosticado, encuesta científica de por medio, que Ernesto Ruffo no tenía esperanzas de ganar la gubernatura.

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Estas equivocaciones de los sabios y poderosos alegran al Gordo quien, después de haber leído atentamente a Jorge Luis Borges, está convencido de que también la vulgar democracia forma parte del juego arriesgado y hermoso de la vida.

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El autor es periodista y director editorial del diario El Economista.

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