Las buenas compañías

En las últimas semanas he tenido la oportunidad de hablar con varios empresarios que coinciden en s
Javier Martínez Staines

en hacer crecer el negocio, en cumplir con leyes y regulaciones, pagar sus impuestos y asegurarse de crear productos y servicios con la calidad que el mercado les demandaba, todo ello buscando la rentabilidad. Hoy ya no. Eso es absolutamente pasado de moda, porque crece una presión social que parece no tener freno: la buena ciudadanía corporativa.

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En la actualidad, las grandes empresas deben invertir sumas estratosféricas en funcionarios, consultores, asesores, consejeros, departamentos y actividades que llevan como apellido el de la responsabilidad social. No habría ningún problema en esto (porque efectivamente la sociedad gana mucho cuando una empresa invierte recursos en este concepto) de no ser porque de repente se comienzan a confundir todos los términos, al grado que se desvirtúa por completo la misión esencial de una corporación: hacer dinero. Hoy, para los apóstoles –algunos con tintes fundamentalistas– de la responsabilidad social, el propósito egoísta de la rentabilidad se ha transformado en un estigma de mezquindad empresarial.

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En un artículo publicado reciente al respecto, el semanario británico The Economist recordó algunas líneas de Adam Smith (La Riqueza de las Naciones): “No es la generosidad del carnicero y del panadero la que nos lleva la carne y el pan a nuestra mesa cada noche, sino su intención de obtener un beneficio con ello”. De otro modo los carniceros y los panaderos ya se habrían extinguido. Pero esto es fácil olvidarlo por los emisarios de la good corporate citizenship, que buscan que la misión primaria de un negocio sea el de ser una “buena compañía”, en el sentido estricto de “bondad”. ¿Y las ganancias? “Las empresas deben retornar a la sociedad algo de lo que han tomado”, me dijo alguno de ellos en días pasados.

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Ahí esta el detalle ¿Será así? ¿No estamos confundiendo demasiado los términos? La preocupación que se deriva de toda esta discusión es que, al depositar la obligación de ser “socialmente responsable” a un negocio, parece que se está dejando exento de su responsabilidad al Estado. Y es en este punto donde la desvirtuación puede ser devastadora: la misión de una empresa es generar utilidades; la misión de un gobierno es el bienestar de sus gobernados. ¿O será que también queremos encargar a las corporaciones la salud, la educación y la seguridad de la gente?

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Que quede claro: no estoy en contra de la responsabilidad social corporativa. Al contrario: aplaudo el concepto y todos debemos exigir que nuestras empresas participen con entusiasmo en contribuir con recursos y conocimientos a la sociedad. Lo que pretendo subrayar es la confusión en los términos y la potencial exención de la responsabilidad a los gobiernos, que en estas latitudes ya se han desentendido bastante de sus obligaciones sociales. Dejemos que las corporaciones sean rentables, cumplan con las leyes, desarrollen a sus colaboradores y sigan creciendo. Ahí está implícita su verdadera naturaleza de responsabilidad social, y no en afanes de filántropos dadivosos. Eso ya es cosa de cada quien.

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Javier Martínez Staines es director editorial de Grupo Editorial Expansión y ya no entiende nada de responsabilidad social corporativa.
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jstaines@expansion.com.mx

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