Las chambas de la era global

La actual crisis económica ensancha el ejército de empleados precarios. ¿Qué tan graves serán l
María Hope

La sonrisa de José Mario Garza Benavides tiene algo de enigmática. Alto funcionario de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) en una nación que se jacta de no tener casi desocupados, la reducción de la planta laboral a lo largo de este año no ha sido lo bastante para dejarlo tristeando: 201,428 plazas, según las cuentas recientes de su jefe Carlos Abascal.

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No obstante, Raúl Lescas, investigador de la Universidad Obrera de México (UOM), afirma que desde diciembre de 2000 han cavado su tumba más de 500,000 puestos. La revista Trabajadores, que circula en internet, establece que por cada empleo creado en los primeros seis meses de este año, se han perdido poco más de 10, y alerta: "Nos estamos acercando peligrosamente a los niveles de 1995, cuando el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) perdió 611,240 cotizantes."

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Mario Rodarte, director del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP), intenta por su lado serenar los ánimos catastrofistas de ciertos representantes empresariales que están siendo testigos involuntarios del cierre o achicamiento de empresas, con el argumento de que las plazas que se eliminan en un sector se crean en otro y que al final el balance no es tan desastroso.

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"La pérdida de puestos de trabajo no es generalizada; sucede en industrias específicas y obedece más a razones netamente del ciclo económico y del mercado que a la desaceleración estadounidense. Son decisiones racionales" que tienen que ver con el juego de oferta y demanda, con la evolución de la industria, con cuestiones ecológicas, de costos, etcétera.

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Frente a la zozobra que de todos modos causa la contracción de la nómina y la expansión concomitante de los mercados informales en distintas áreas de la economía, el subsecretario de Capacitación, Productividad y Empleo de la STPS sitúa el fenómeno en lo que él juzga su dimensión correcta: ¿qué peso tiene –se pregunta– en términos macroeconómicos la pérdida de 200,000 puestos, cuando más de 12.5 millones de personas están registradas en el IMSS?

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La respuesta parecería obvia de no ser porque el dato ministerial sólo refleja una parte de la realidad, pues no incluye a quienes fueron liquidados pero no dados de baja del Seguro Social –una práctica por demás común en el país– ni tampoco a quienes laboraban sin las garantías de ley, opina Etelberto Ortiz, coordinador del posgrado de Economía en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

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En México, "las encuestas de empleo son una ficción institucional.

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Si la persona trabajó dos horas en la semana de referencia, entonces no es desempleada. Lo que aparece como desempleo abierto es una tontería", juzga el académico.

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Sin embargo, con base en tales números Garza extrae una conclusión paradójica: "Somos un país de pleno empleo. Actualmente, la tasa de desocupación abierta es de 2.49% y, de acuerdo con los estándares de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), un país con desempleo abierto menor a 4.5% es un país donde virtualmente todos trabajan."

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Su lógica es impecable. Casi un silogismo. Pero de poco sirve; él mismo establece el contrapunto: las cifras son raquíticas porque "de alguna manera las personas se ocupan. La gente tiene que comer y el mexicano despliega una gran creatividad para buscar cómo hacerse llegar los satisfactores."

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Millones de hombres y mujeres en edad laboral viven, en efecto, de lo más ocupados, "tapándole el ojo al macho" de las estadísticas: unos venden tacos, otros lavan coches o limpian casas, apartan lugares en la calle, ruletean taxis, cargan bultos en los mercados, controlan redes de ambulantes, dan clases de baile y regularización académica, "coyotean" incautos, reparten volantes, distribuyen cosméticos, zurcen ropa, amasan tortillas o mercadean toda clase de productos y servicios, lícitos e ilícitos.

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Garza Benavides estima que ellos representan 40% de la población económicamente activa (pea) –otros lo cifran en 65%, alrededor de 25 millones de personas– y está convencido de que uno de los mecanismos de supervivencia preferidos por este vasto y heterogéneo grupo social es "apostarle a la generosidad, a vivir de la misericordia". (Le consta, dice, que muchos prefieren limpiar vidrios en un crucero que trabajar dentro de una empresa, porque así pueden ganar cuatro veces más que el salario mínimo y no tienen que trabajar las ocho horas.) Ortiz analiza el fenómeno desde una óptica diferente. Observa que, aun cuando este tipo de trabajo no es sinónimo unívoco de penuria (algunas actividades subterráneas son altamente rentables), la preeminencia de las ocupaciones informales da cuenta de un proceso mundial de precarización del empleo, asociado a la polarización del ingreso, que "en el caso de México adquiere una dimensión crítica, porque dentro del modelo que se sigue no hay forma de romper el círculo de la pobreza".

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Si los gobernantes en turno no han tenido que enfrentar una gran explosión social es gracias a la natural configuración de un sistema de redes familiares que desarrollan estrategias colectivas de supervivencia, expone el doctor en economía.

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Subempleo estructural

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Raúl Feliz, su colega en el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), refiere que entre 1986 y 1996 la apertura y el cambio estructural dieron lugar a la desaparición de industrias inviables, la racionalización de las nóminas y la consecuente reducción del empleo; mucha gente que perdió su trabajo o recién comenzaba su vida laboral ya no encontró alternativa en la economía formal y acabó ocupándose en áreas de menor productividad.

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La industria en particular, y también otros sectores, mostraron su incapacidad para absorber una oferta laboral que engorda al año en más de un millón de personas, buena parte de la cual carece de adiestramiento.

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Al mismo tiempo, los altos costos laborales de contratación y despido; la desigual distribución geográfica y sectorial de la fuerza de trabajo; la persistencia de una legislación rígida y el exceso de trámites para la apertura de negocios actuaron, y aún lo hacen, como un dique contra la creación de fuentes de empleo.

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Frente a semejante contexto, quizá lo más apropiado hubiera sido abstenerse de promesas y comenzar a retirar obstáculos. No obstante, en cada campaña por la Presidencia los candidatos han sucumbido al impulso de ofrecer empleo mejor y suficiente, hasta con números. ¿Por qué, entonces, Vicente Fox iba a hacerlo diferente?

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Antes, cuando esos discursos procedían de los oratorios priístas, muchos descartaban que algo cambiaría, pero ahora que las promesas surgieron de la oposición triunfante, las esperanzas cobraron una dimensión casi religiosa. Como quien enciende con fervor la vela milagrosa sin dudar que la gracia le será concedida, así muchos confiaban en que Fox pondría al fin la mesa para todos aquellos que carecen de un empleo decente.

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Su ofrecimiento de campaña superó por un tercio las promesas de su antecesor. "Crearemos –prometió el entonces candidato– 1’350,000 empleos." Ya en Los Pinos, redondeó a la baja las expectativas –un millón, propuso–; meses después, en voz de su secretario del Trabajo, dio otra vuelta de tuerca y luego otra y otra… pero la caída de las expectativas no se ha detenido.

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A los ciclos normales de toda economía de mercado, expone Feliz, y la estacionalidad propia de la demanda de trabajo, se sumó la desaceleración económica mundial, cuyos efectos se montaron en México sobre un peso fuerte. En lo que va del año, las previsiones de crecimiento bajaron y con ellas se desinflaron las de creación de empleo.

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En la jactancia inicial del candidato hay quien percibe un secreto impulso suicida. "Es como poner la cabeza debajo de la guillotina", imagina el economista . En cambio, Rodarte lo excusa: las promesas estaban fincadas en las circunstancias y en las previsiones del momento. El producto interno bruto (PIB) crecía 6%, las inversiones en puerta calentaban los ánimos, México elevaba sus exportaciones y la demanda de trabajo iba hacia arriba.

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¿Quién preveía entonces la caída de los precios del petróleo, la obstinada sobrevaluación del peso, la potencia de frenado de la economía estadounidense y los efectos que todo ello traería consigo en 2001? No el mandatario mexicano.

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Lo cierto es que la responsabilidad derivada de las ofertas de campaña es ineludible y el electorado podría cobrar alta la factura.

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El desafío era mucho más complicado que el que se vislumbraba como resultado de una multiplicación sencilla (si cada punto de aumento del PIB genera de 150,000 a 200,000, empleos formales, cuántos se pueden generar con una tasa de 6%) o del concatenamiento simple de circunstancias deseables: entorno favorable propiciado por la acción gubernamental, flujos constantes de inversión y oferta laboral capaz de satisfacer la demanda.

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Riesgo social

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Durante 2000 el crecimiento del empleo fue 7%. Ahora mes a mes se está viendo una caída. Existe un ejército de mano de obra que está subutilizada y que convendría incorporar al esquema formal, observa Rodarte. "Si hay crecimiento, no pasa nada, pero si las cosas van mal, resulta peligroso, se puede generar un problema social", advierte.

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Feliz cree que una década de incremento promedio del PIB de 5% bastaría para dar entrada a la fuerza de trabajo que se estira a un ritmo de 3% anual, aproximadamente. Pero aunado a ello, haría falta un viraje radical de las actividades agrícolas hacia las industriales, aminorar el crecimiento de la población rural, propiciar donde no existe la creación de infraestructura de comunicación y flexibilizar las condiciones de trabajo, entre otros quehaceres.

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De su lado, Rodarte ve tres vertientes para encauzar a la economía formal: propiciar a cargo del gobierno las condiciones para que el empleo aumente cada año; mejorar la seguridad pública y establecer reglas claras y transparentes; elevar los niveles de educación y capacitación, y trabajar por una mayor flexibilidad laboral, acorde con la globalización.

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Este último punto parece constituir la llave maestra del avance que se anhela. Si la generación de empleo está ligada a los costos laborales y éstos a su vez a las condiciones de la contratación, a medida que emplear y despedir a una persona sea más fácil y más barato se generarán más trabajos. Esa es la apuesta de los economistas del CEESP y del CIDE.

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"Si no se flexibiliza la ley, las posibilidades de que cambie esto van a ser mínimas", previene Rodarte. Para él, la reforma laboral es urgente, aunque no tanto para Garza, quien admite que ya existe de facto una mayor flexibilidad. "México es un país más de costumbres que de leyes… Se ha dado cierta elasticidad."

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Hasta ahora, la industria había sido la más tenaz generadora de empleo de calidad, pero su demanda se constriñe velozmente, sobre todo en ciertos sectores; entre ellos, los del acero, automotriz, autopartes y maquiladoras textiles. Pero el impacto es en esos y otros ramos, y empresas como ICA, IMSA, Chrysler, Goodyear, Euzkadi, Atenquinque, Ford, Televisa y TV Azteca han reducido su planta este año.

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Los desplazados de la industria y los que nunca lograron entrar en ella, se mueven con cierta facilidad hacia ocupaciones que no contribuyen al desarrollo económico o hacia sectores de baja remuneración y condiciones de trabajo en el límite de la ley. Hoy, alrededor de 16% de los afiliados al IMSS ganan el mínimo, un salario que las propias autoridades laborales cuestionan por insuficiente. "No es más que un indicador, pues no sirve para cubrir los satisfactores mínimos que requiere una familia", sentencia el funcionario de la Secretaría del Trabajo.

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Garza defiende la tesis de que México difícilmente podrá ganar ventaja en la batalla mundial por los capitales, si basa su competitividad en una mano de obra barata. "Tiene que calificarla, pasar de tener mano de obra a tener mente de obra. Pero el nivel educativo del mexicano está muy lejos del ideal para poder aspirar a mejores condiciones económicas", se lamenta el funcionario.

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Lo paradójico de todo esto es que buena parte de los desempleados que día a día engruesan aquel ejército es personal calificado, gente de los niveles profesional y técnico.

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La pregunta inevitable es: ¿podrá la economía dar cabida a esta población, antes de que sea demasiado tarde?

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En las altas esferas de gobierno nada parece alterar el optimismo. Ajustan cifras, reducen expectativas… pero mantienen la promesa. ¿Ceguera, necedad o voluntad férrea?

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