Las culpas de Río

Brasil es un alumno aplicado del FMI. Pero la desigualdad y la violencia crecen
Fran Ruiz

Sandro Nascimento saltó a la fama horas antes de morir estrangulado por agentes de policía, mientras era trasladado en una patrulla a un hospital. Con sólo 21 años y bajo los efectos de las drogas coronó su vida con un espectacular secuestro de un autobús en Río de Janeiro, que culminó con la muerte de una rehén cuando la policía trató de acabar el asunto a balazos. Fue espectacular no sólo por el hecho violento, sino también porque las cámaras de televisión transmitieron el espectáculo de sangre y fuego en vivo para todo el país.

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Una joven espectadora lanzaba al aire esta inquietante reflexión: “De acuerdo, debemos protegernos de tipos como Sandro, pero ¿quién nos defiende de los que le han matado?”.

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El secuestrador era uno de los 72 meninos da rua (niños de la calle) que sobrevivieron a la matanza de La Candelaria, cuando, en 1993, ocho menores fueron asesinados mientras dormían en las escalinatas de la iglesia de La Candelaria, en Río de Janeiro. Los asesinos confesaron que eran policías que dedicaban sus ratos libres a “limpiar” la ciudad de esa “escoria humana”. Desde entonces, 43 de esos meninos, incluido Sandro, han muerto en turbios casos relacionados con el narcotráfico o en oscuras operaciones policiales. 43 vidas, casi el número de Ferraris vendidos el año pasado en Brasil.

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Esta es la gran tragedia que denuncia el informe Desigualdad y Pobreza en Brasil: retrato de una estabilidad inaceptable, divulgado por el diario Jornal do Brasil.

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Según este informe, el Plan Real de ajuste, que permitió al gobierno de Cardoso recortar el déficit fiscal y comercial, lo que hizo bajar la inflación y estabilizar la moneda, ha convertido al coloso sudamericano en alumno aplicado del FMI y en economía emergente favorita para la inversión extranjera. Pero aplicar agresivas fórmulas en un país que ya arrastraba una injusta distribución de la riqueza no ha hecho sino abrir esa brecha.

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De acuerdo con los índices de concentración de riqueza de la ONU, la distribución de la renta en Brasil ha caído a niveles de finales de los 70 y sólo es más justa que la que se registra en la República Centro Africana, Suazilandia y Sierra Leona. De 170 millones de brasileños, 1.5 millones concentran más riqueza que los 85 millones más pobres. Brasil es el noveno comprador de Ferraris del mundo (40 en 1999) cuando un trabajador con el salario mínimo (84 dólares) tardaría tres siglos para permitirse ese lujo.

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Y detrás de la pobreza, la violencia. En los últimos 20 años los homicidios aumentaron 250%. Según reconoce el gobierno, 516,000 brasileños fueron asesinados de 1979 a 1998, cifra similar a la guerra entre Irán e Irak.

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