Las muchas crisis

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Sergio Sarmiento

Con ese afán generalizador que tenemos, los mexicanos llamamos "la crisis" a la actual situación del país. Pero quizá deberíamos referirnos a ella como "las crisis". Después de todo, el proceso de deterioro que México ha vivido desde el 1 de enero de 1994 se compone de etapas tan plenamente diferenciadas que cada una parece tener identidad propia.

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La primera de las crisis mexicanas fue de carácter netamente político. Una serie de acontecimientos políticos y delictivos pusieron en tela de juicio la capacidad del sistema de manejar lo que parecía ser la sucesión presidencial más difícil desde 1929. El levantamiento en Chiapas fue el primer toque de atención, pero el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el 23 de marzo de 1994, inició el verdadero desplome.

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Los mercados financieros mostraron debilidad a partir de entonces: la bolsa cayó, las tasas de interés se elevaron y el Banco de México perdió más de $10,000 millones de dólares en reservas en apenas seis semanas. Hubo después una recuperación; pero nuevos acontecimientos políticos, como la renuncia (después retirada) de Jorge Carpizo a la Secretaria de Gobernación, y la inseguridad inherente en el proceso electoral provocaron nuevos retrocesos en los mercados.

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La elección de Ernesto Zedillo como presidente calmó la incertidumbre por un tiempo, pero el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, primero, y las acusaciones políticas de su hermano Mario, entonces subprocurador, redoblaron las presiones financieras. Finalmente en diciembre el rompimiento del cese al fuego por parte del EZLN en Chiapas generó la puntilla y el peso inició su desplome.

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Hasta el 19 de diciembre de 1994 podemos hablar de una crisis política, que se reflejaba en los mercados financieros pero no tenía causas realmente financieras. Los inversionistas sacaban sus capitales no cuando recibían noticias del déficit de cuenta corriente o de los aumentos en las tasas de interés, por ejemplo, sino cuando había asesinatos, amenazas o zozobra política en general.

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A partir del 20 de diciembre, al devaluarse el peso, empezó la verdadera crisis financiera. La esperanza gubernamental de que una súbita depreciación de nuestra moneda calmaría los mercados cambiarios, protegería las reservas y reduciría las tasas de interés, simplemente no se cumplió. El público ahorrador e inversionista reaccionó con pánico a la brusca devaluación. Las consecuencias fueron una caída vertical del peso en los mercados cambiarios, la pérdida total de las reservas (las que ahora tenemos son todas prestadas) y un aumento espectacular en las tasas de interés.

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Desafortunadamente, el problema no se quedó en una simple crisis financiera. Desde fines de enero de 1995 hizo acto de presencia la crisis económica. Las altas tasas de interés, un fenómeno financiero, provocaron un resquebrajamiento de la economía real: la que produce bienes y servicios concretos y genera empleos. Los despidos preventivos pronto llevaron a cierres de unidades de producción y de empresas completas. Los mercados se desplomaron, en tanto que los altos costos financieros obligaban a las empresas a declararse en suspensión de pagos o en abierta bancarrota. En marzo el gran problema de muchas empresas no era ya sobrevivir, sino cómo cerrar de la manera menos dolorosa posible.

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Hemos vivido así tres crisis en lugar de una: la política, la financiera y la económica. El gran problema, sin embargo, es que una cuarta empieza a asomar su cabeza en el horizonte: la crisis social.

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Los índices de delincuencia ya manifiestan el problema. Si la república mexicana ha empezado a registrar índices de delitos cada vez mayores, la rápida expansión del desempleo y el deterioro del nivel de vida de la población sé constituyen en acicates para el fortalecimiento del crimen. Este proceso convierte a la clase media en prisionera de sus propios hogares o vehículos, pero ante esta reacción defensiva la delincuencia se vuelve cada vez más audaz en sus intentos por arrancar ingresos de aquellos que todavía tienen algo.

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La crisis social se reflejará, por supuesto, en una nueva crisis política. La que vivimos en 1994 fue consecuencia del temor de la ingobernabilidad, en tanto que la que podemos vivir en el futuro sería producto de una verdadera incapacidad del Estado para controlar las disparadas fuerzas de una sociedad desesperada.

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Romper este circulo vicioso de las crisis no nos será fácil. Para ello se requiere cambiar aspectos fundamentales de nuestra sociedad: en términos de estructura política, de distribución de la riqueza y de procuración de justicia, entre otros aspectos. Pero en realidad no tenemos opción. Si permitimos que México siga dando tumbos de crisis en crisis, simplemente un día nos daremos cuenta de que nos hemos acabado el país.

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El autor, columnista de EXPANSIÓN desde 1985, es también comentarista de Televisión Azteca.

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