Las penas del rey Sol

Javier Martínez Staines

Él sufre. Su rostro refleja la frustración acumulada de querer llevar a los batallones al destino previamente señalado, a través de visión y liderazgo, pero las cosas no han ocurrido como esperaba. La estrategia falló. El entorno no cumplió con los pronósticos anticipados y sus ejércitos no se movieron con la agilidad necesaria para reaccionar oportunamente. Ahora llega el momento de rendir cuentas al consejo.

-

¿Quién podrá defenderlo? Nadie. La realidad es bastante triste. Nadie se apiadará de él ni lo acompañará en su dolor. Cuando la conducción tiene fallos estructurales, no existen las culpas compartidas: ante el consejo de guerra, él es el responsable. Es, ni modo, la característica sine qua non del comandante en jefe de las fuerzas armadas de la corporación: el vacío de la soledad. El dolor de la derrota es un duelo solitario.

-

La dirección general, ese plato apetitoso con que muchos ejecutivos coronan sus trayectorias, es un espejismo. Su ejercicio de poder, con todo lo atractivo que este vocablo supone, es un tema complicado. Más aún cuando en este país el liderazgo corporativo parece transitar en un camino mucho más apegado a las costumbres autocráticas de Luis XIV, el rey Sol, que a la moderación y sabiduría del rey Salomón. La filosofía de “El Estado Soy Yo”, que para efectos de estas líneas se transforma en “La Empresa Soy Yo”, es el vicio recurrente de los jerarcas de las empresas mexicanas, aún muy apegadas a las estructuras militares.

-

La manipulación sustituye a la seducción. El control está por encima de la libertad. La inteligencia es prerrogativa del director, porque los tenientes y soldados existen para seguir –sin cuestionamientos, por favor– las instrucciones de arriba: “Sus deseos son órdenes, señor”.

-

Para el rey Sol, los éxitos son resultado directo de su magistral conducción, mientras los fracasos son reflejo de la ineptitud de los demás, humildes siervos que no tuvieron siquiera la capacidad de entender estrategias y tácticas.

-

Genial manipulador, hace creer a todos que el único camino es el que ha trazado: él no se equivoca. Los cuestionamientos deben silenciarse. Quienes insisten en tomar caminos alternos terminarán poblando el infierno. En su reino no pueden existir las buenas intenciones; lo que cuenta es la obediencia fiel de sus designios.

-

Pero esta vez el gran general ha perdido la guerra: la competencia le robó varios puntos de participación de mercado, varios tenientes y soldados talentosos se cambiaron a las filas de los enemigos y los números rojos manchan el estado de resultados. Y ocurre que el gran autócrata no es el dueño de la compañía. Sentado ante el consejo de accionistas, el panorama es desolador: su arrogancia es insuficiente e inválida para explicar la derrota. Su cabeza rueda. Y nadie lo llora.

El autor es periodista de negocios y sabe de decenas de casos de autócratas corporativos que cierran catastróficamente sus exitosas trayectorias. Comentarios: jstaines@expansion.com.mx

Ahora ve
No te pierdas