Lecciones de Kosovo

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Stephan Sberro

Es todavía temprano para saber si la guerra de la OTAN contra Yugoslavia es sólo el último conflicto internacional del siglo XX o el primero de un nuevo tipo. Estados Unidos y sus 18 socios de la OTAN intervinieron por primera vez sin el visto bueno de la ONU a nombre de principios y no de intereses políticos y económicos. Serbia ya no puede erigirse en hegemonía regional después de varios años de embargo, de ineptitud económica y de dictadura política. Estados Unidos y Europa bombardean al país para evitar la expulsión, mediante masacres, de dos millones de albanoparlantes de la región de Kosovo. Es natural que ante lo que aparece como un conflicto de tipo nuevo, cada país reaccione en función de su historia, geopolítica e intereses. En Estados Unidos y Europa, la mayoría considera que se trata de una guerra justa,  continuación del combate de la democracia sobre la dictadura  que empezó en 1939, cuando Francia y el Reino Unido declararon la guerra a la Alemania nazi por haber invadido Polonia.

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Estados Unidos puede también utilizar el conflicto de Yugoslavia para reafirmar la credibilidad de la OTAN, que ahora tiene dificultades en definir su nuevo papel después del derrumbe de la URSS. Es curioso que los bombardeos sobre Serbia correspondan al aniversario 50 de la organización, con tres nuevos miembros de la ex Europa del Este de los cuales uno, Hungría, tiene una frontera común con Serbia.

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El precedente que sienta esta intervención preocupa al resto del mundo. Rusia y China reaccionaron de forma más virulenta. China presidía el Consejo de Seguridad de la ONU cuando empezaron los ataques. Tiene problemas muy similares a los de Yugoslavia con su invasión y anexión del Tibet, sus reclamos sobre Taiwan y con su importante minoría musulmana en el este del país. Rusia, miembro del grupo de contacto sobre Yugoslavia, se había opuesto hasta el último momento a una decisión de intervención que se tomó finalmente sin ella. También cuenta con una importante minoría musulmana en el sur del país. Paradójicamente, el mundo musulmán ve con preocupación la intervención occidental, iniciada para defender a musulmanes. Las declaraciones oficiales y los artículos de prensa son generalmente hostiles a la intervención. Tan solo dos gobiernos musulmanes tomaron cartas en un asunto que debería de incumbirles más: Turquía, miembro de la OTAN, y Arabia Saudita, que mandó dos aviones de ayuda a los refugiados. Lo que probablemente más preocupa a los países no occidentales es su impotencia frente a las acciones unilaterales, buenas o malas, de Estados Unidos y sus aliados, que un día podrían volcarse hacia ellos ya que todos tienen serios problemas en materia de seguridad y respeto a los derechos humanos.

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Es imposible para los occidentales renunciar a una victoria total. Como Milosevic está luchando por su supervivencia política y ahora física, podemos estar seguros de que con o sin intervención terrestre, el conflicto va a durar. Podemos suponer que finalmente la OTAN ganará y que saldrá aún reforzada en su papel de gendarme del mundo. La política de Milosevic se reveló desastrosa para los intereses de su país, sus aliados rusos y chinos y del mundo no occidental en general.

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