Legado de los hombres del pan

El primer negocio de la familia Servitje en México sigue en pie a 75 años de su nacimiento.

Detrás de El Molino hay algo más que una rebanada de pastel: es el horno en el que se cocieron varias de las compañías más importantes del país y donde se foguearon sus empresarios, los Servitje Sendra. En su aniversario de diamante, esta empresa es testigo del nacimiento de una tradición.

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Cuando Juan Servitje, un joven español hijo de campesinos, llegó a tierras mexicanas, lejos estaba de imaginar lo que el pan significaría para el sustento de su familia.

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Empezó a trabajar en La Flor de México, panadería de unos familiares. Años más tarde, cuando sus hijos empezaron a crecer, Josefina Sendra, su esposa, lo animó a independizarse y crear su propia compañía. Con algún dinero ahorrado y el apoyo de dos socios, el 16 de octubre de 1928 fundó la pastelería El Molino, en pleno corazón de la ciudad de México.

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En sólo un año el gusto por los pasteles entre la población mexicana le permitió saborear el éxito, y en 1929, adquirió la parte de la firma que correspondía a uno de sus asociados, lo que lo convirtió en el accionista mayoritario. Sin embargo, el azúcar pronto tuvo sabor amargo.

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A mediados de los años 30 Juan Servitje falleció y su joven viuda quedó al frente del negocio y al cuidado de su familia. Los hijos mayores empezaron a trabajar a su lado.

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Al ver que las necesidades aumentaban, y sabiendo que el servicio de la competencia no era el mejor, Lorenzo –el mayor de los hermanos– decidió diversificar el negocio. En 1944 fundó Grupo Bimbo. Poco tiempo después su hermano Roberto se sumó a las filas de la joven empresa, que buscaba abrirse un hueco en la industria.

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Sin embargo, la tradición de El Molino no murió. “Fernando Servitje, con sólo 18 años, fue nombrado administrador y junto a su madre, Josefina, siguió al frente del negocio”, narra Víctor Servitje, tercera generación a cargo de la compañía.

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Además de introducir nuevas recetas, el joven directivo decidió elaborar chocolates, con lo que creó otra marca exitosa. “En poco tiempo los vendía no sólo en la pastelería, sino también en los cines. Así nació dulces y chocolates Barcel, que más tarde sería Ricolino”, cuenta el entrevistado.

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Siguiendo el ejemplo de su abuela, que hasta los 85 años se mantuvo día a día en la firma, y el de su padre, quien se retiró por motivos de salud pero preside el Consejo, la generación actual prepara la receta del nuevo plan de negocios.

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