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Internet es como una lotería sin reintegro
Max Clip

Esto de la “nueva economía”, como dijera un buen amigo cuyo único defecto fue haber nacido en Madrid, “es de la hostia”. Tengo no menos de tres conocidos trabajando en empresas puntocoms y ninguno de ellos sabe qué hace, a qué mercado se enfoca la “compañía”, cuál es su plan de negocios, cómo se generarán utilidades y otros detalles que al parecer en ese mundillo carecen de importancia. Es, como ya se habrán dado cuenta, de un escenario no apto para neoconservadores o personas con problemas cardíacos. Las tentaciones para cambiar de trabajo abundan y he rechazado ya un par de “atractivas ofertas”. Lo que me mantiene despierto por las noches es la terrible duda de si no me estaré equivocando de pe a pa y habré dejado pasar la oportunidad de mi vida.

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Creo que Internet es como una lotería sin reintegro: si le atinas, ganas bien y mucho; si no, pierdes todo. Varios me tachan de exagerado, pero estoy seguro que, salvo un puñado, el resto de las nuevas empresas van a quebrar.

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Es más, si por algo vamos a recordar en unos cinco años la “revolución de las puntocoms” va a ser por la cantidad de desempleados que generaron. La razón es sencilla (si bien puede no ser evidente): la tiendita de la esquina tiene más participación de mercado (y con todo y sus limitantes, opera de manera más eficiente) que el portal de comercio electrónico al que unos incautos financiaron con millones de dólares. Todo lo cual no quita que el gusano de la sospecha me corrompa el sentido común.

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Por ejemplo, uno de mis cuates –un soltero empedernido cuyo único amor en la vida son los servidores NT– fundó hace un par de años cierto portal al que le dedicó todos los fines de semana, con sus días y noches. Hace un par de meses, el desgraciado me llamó para invitarme a dar la vuelta en su nuevo Jaguar con asientos de piel color tabaco. Lo mandé al demonio: “Ni que fuera novia de pueblo para que me llevaras a dar la vuelta, baboso”, le contesté, indignado y mordiéndome la lengua de la envidia. Luego me consolé con la fantasía de que, al fin y al cabo, los espejos laterales de su elegante automóvil no iban a durar en su sitio ni un mes y que más le tardarían en llegar los papeles del seguro que en llevar el “caprichito” a la agencia para que le resanaran los rayones en las puertas, provocados por una bien afilada llave.

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Ya sé lo que dirán: a eso se le llama “resentimiento social” o simple falta de sentido de la aventura. Pero lo que en verdad me desconcierta de las dotcoms es su falta de estructura (urdimbre, le dicen los pedagogos de avanzada). Lean lo que se publica en la prensa. Hoy se dedican a una cosa, mañana a otra; nunca parecen cerrar el círculo y todo lo dejan a medias. No hay una sola que no presuma de tener “tecnología de vanguardia”, pero entrar a sus páginas lleva más tiempo que aprenderse de memoria el “Brindis del bohemio”. Todas se presentan como “compañías serias”, manejadas por un equipo gerencial “de primera”; y sin embargo, cuando uno va a sus oficinas, los encuentra jugando basquetbol, “dígalo con mímica”, tochito y videojuegos de la Guerra de las galaxias. Nadie usa saco o corbata; los jeans y las camisetas polo son el nuevo uniforme corporativo.

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Lo peor es que nadie entiende por qué existen los títulos que aparecen en sus tarjetas de presentación y qué significan. Está el “arquitecto de la estrategia corporativa”, el “director ejecutivo de creatividad”, el “gerente cuentachiles en jefe”, y un largo etcétera. Perdón, perdón, pero no entiendo.

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Sospecho, sin embargo, que la descripción de los puestos debe ser idéntica en todos los niveles y que la tarea primordial de cualquier miembro del staff es la misma: hacer que los fundadores de la empresa se enriquezcan de manera por demás estúpida. No es un mal objetivo, incluso es casi el mismo que el de las empresas de la “vieja economía” –aunque, claro, sin consideraciones sentimentaloides del tipo: “misión social de la empresa”, “distribución equitativa de la riqueza”, etcétera– y gracias a su ingenuo cinismo ganan adeptos día con día. Yo prometo resistir: no pasarán. 

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