Lo que el viento se llevó

México tiene la mayor cantidad de espectadores de la región, pero Un injusto reparto de la taquill
Verónica Ortiz y Javier Peñalosa

Unos 15 millones de espectadores potenciales sin oferta nacional. Una oportunidad de oro sin aprovechar por falta de fomentos. El cine mexicano agoniza. Padece de la enfermedad que aqueja a otros sectores de la economía nacional: maquila partes del proceso para grandes compañías de Hollywood, que le dan valor agregado y se quedan con la mejor tajada. Sus talentos emigran en busca de mejores oportunidades, pese a tener entre manos el mayor mercado de Latinoamérica.

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En medio queda una cadena productiva con todos sus eslabones –aunque inconexos– que genera ingresos, pero cuya distribución es a tal punto injusta que quien arriesga su capital y su trabajo para hacer una película es quien menos recibe por su explotación.

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Los tres grandes participantes que intervienen en el proceso son los productores, emprendedores que se entusiasman con las propuestas de escritores y directores, y arriesgan su capital en cada aventura cinematográfica; distribuidores, que seleccionan las cintas, adquieren los derechos, las promueven, les sacan copias y hacen llegar éstas a las salas de todo el país; el último tramo de la cadena son los exhibidores, que proyectan el material y recaudan los ingresos de todos los participantes.

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Sólo durante una década la oferta mexicana fue voluminosa porque su venta estaba garantizada de antemano. Entre 1980 y 1990 se produjeron unos 90 largometrajes anuales (cerca de los 100 logrados durante la época de oro), con $150,000 dólares promedio de presupuesto, que financiaba un rodaje de dos a tres semanas.

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Eso era posible porque las cintas tenían salida asegurada a través de los distribuidores mayoristas de Compañía Operadora de Teatros (COTSA, firma propiedad del gobierno). Era tal la promoción del cine que realizaba la empresa estatal que exportaba al sur de Estados Unidos, donde existía una cadena de 200 salas para hispanohablantes, relata Alfredo Joskowicz, director general del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine).

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Finalmente, en 1993 se vendió COTSA, con lo que el precio de las entradas se liberó. Así quedaron en el recuerdo los boletos a $4 pesos que incluso formaban parte de la canasta básica (el conjunto de productos y servicios cuyos precios son controlados por el Estado).

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Desde su privatización en 1994 a la fecha, el número de pantallas en México pasó de 1,500 a 2,800. Debido a este crecimiento, el país subió del lugar número 13 al cuarto en recaudación mundial… pero para el cine estadounidense.

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Pese a una mayor cantidad de canales y a la superior demanda, el número de producciones locales no ha dejado de caer en los últimos años. Entre 1998 y el año pasado casi se triplicó la cantidad de espectadores dispuestos a pagar por ver una película mexicana, al pasar de 3.5 a 9.8%.

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Lo que falta al cine mexicano son condiciones de recuperación. “Nadie con un mínimo de inteligencia va a invertir sabiendo que no volverá a ver su dinero. El problema de fondo es la producción, porque hay un reparto injusto”, sostiene Víctor Hugo Rascón Banda, quien es presidente de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem).

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Las cifras lo dicen todo. Según datos del Imcine, por cada peso que llega a la taquilla, sólo $0.13 pesos llegan al productor, el menor porcentaje de todos los jugadores. El exhibidor se lleva cuatro veces más ($0.51 pesos), el distribuidor casi el doble ($0.21 pesos) y $0.15 pesos el fisco. La repartija local está  muy lejos de la de Estados Unidos, Meca del cine, donde el productor arrasa con 65% de la taquilla.

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Matthias Ehrenberg, productor de Sexo, Pudor y Lágrimas, revela que ésta fue una de las cintas mexicanas más taquilleras y una excepción entre sus pares. El filme  fue visto por 5.6 millones de personas y estuvo en carteleras nacionales 23 semanas. La rentabilidad de la película, envidiable: su producción y el capital invertido por Fox en la promoción y lanzamiento demandaron $1.5 millones de dólares, obteniendo casi $12 millones de dólares en taquilla. Las cifras reflejan que es la película con más espectadores, de acuerdo con Ehrenberg, y esto sin sumarle las ventas de las copias en video. Sin embargo, aun en casos como este las expectativas de rentabilidad para los cineastas no son alentadoras. El productor recibió 17% del pastel (aunque usualmente recibe 13%).

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Otro éxito, que no pasó de la taquilla, fue Y tu mamá también, producido por la firma Anhelo, del empresario jalisciense Jorge Vergara. La cinta dejó $110 millones de pesos en taquilla y fue vista por cuatro millones de personas en México. Pero por el magro porcentaje que le toca al productor, Vergara ni siquiera recuperó los $3 millones de dólares que invirtió. Tampoco fue diferente el caso de Amores Perros, todo un éxito comercial que recaudó apenas $800,000 dólares adicionales a los $2.2 millones de dólares que costó su realización.

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Al igual que Ehrenberg, otros de los principales productores nacionales creen que el problema más grave del cine es la falta de visión cultural del gobierno y de políticas claras orientadas a reactivar el sector. “Para poder armar una plataforma sana necesitamos las herramientas financieras, administrativas y fiscales que detonen la producción nacional”, asevera el entrevistado.

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Robespierre Rosado, director de Comercialización de Estudios Churubusco Azteca, ilustra el tamaño de la crisis con una cifra. Por esos estudios  privados pasa 96% de las cintas en alguna etapa del proceso de producción y edición. Pero eso no ha bastado para frenar la caída: sus instalaciones llegaron a crear hasta 180 películas anuales; el año pasado no se hizo una sola. Debido a ello “directores, fotógrafos y actores se van de México, justamente porque es un negocio que no mueve más de $50 millones de dólares al año”.

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Intentos de fondeo
Como otros sectores sin respaldos, el cine vive una suerte de círculo vicioso: no hay financiamiento porque es una actividad de alto riesgo con bajas expectativas de recuperación. Con este esquema, Rascón Banda asegura que ninguna película mexicana ha obtenido en taquilla la inversión del productor a pesar de tener buenos números potenciales de demanda: el año pasado casi 15 millones de mexicanos vieron al menos una película nacional.

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Para que esto cambie, los que se llevan la mayor parte del pastel –distribuidores y exhibidores– deberían ceder posiciones y participar del impulso al cine doméstico. El presidente de la Sogem cree que a ambos participantes, fundamentalmente de capital hollywoodense, no les importa. “Pero sí al resto del sector: son ocho eslabones –escritor, director, actores, técnicos, productor, distribuidor y exhibidor– que tratan de crear un marco fiscal y legislativo que propicie la producción local.”

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Sería deseable, pero sin presupuesto los proyectos se derrumban. Otro cantar se escuchaba en 1998, cuando el gobierno federal dotó al Foprocine (un fondo creado en la administración de Zedillo) de $135 millones de pesos anuales que derivaron en 36 largometrajes. Dos años después el gobierno de Vicente Fox creó el Fidecine, con similar presupuesto para producir 60 filmes, aunque sólo se realizaron 20. “Llegó la cuarta parte del presupuesto que debían recibir ambas: $70 millones a Fidecine y cero a su par”, cuenta Sergio Molina, presidente de la Comisión Nacional de Filmaciones.

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De esta forma, desde 1999 las empresas han dejado de producir ocho largometrajes en promedio por cada año, tocando fondo en 2002 cuando únicamente se rodaron 12. “Sólo este año, por la llegada de algunos fondos, quizá se podría llegar a 15 cintas”, pondera el directivo.

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Una idea que se convirtió en ley fue la de cobrar $1 peso extra en las entradas a las salas para constituir un fondo de apoyo al cine mexicano. Sin embargo, la decisión no reunió consensos de todos los participantes de esta industria antes de llegar al Senado y los exhibidores terminaron amparándose. Algunos la consideran inconstitucional. Sergio Boeta, vicepresidente de la Academia Mexicana para la Educación, la Ciencia y la Cultura, piensa que otra alternativa sería cobrar un impuesto especial en todos los servicios ofrecidos en las salas.

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De aplicarse, México no sería un tubo de ensayo, ya que otros países, como Argentina, han adoptado esquemas similares y, pese a la crisis económica por la que atraviesa, no ha dejado de apoyar a los cineastas. A través de un fondo de fomento al sector la nación austral concentra 10% de las entradas, otro tanto por el alquiler o venta de videos y 25% de los ingresos del Comité Federal de Radiodifusión, organismo de control y recaudación de la actividad televisiva. Desde 1945 Francia destina 11% directo de la taquilla al sector, lo que le permite producir entre 120 y 140 películas anuales.

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Los villanos se defienden
Buena parte de la crisis por la que atraviesa este sector es atribuida a los distribuidores y exhibidores, por quedarse con nada menos que 70% de los ingresos y con ello ahogar la producción, además de la falta de apoyo desde sus salas al cine nacional.

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Los mismos protagonistas admiten parcialmente la acusación. “El distribuidor es quien determina qué película se va a exhibir. Fue así como Fox fue la primera en apoyar Sexo, Pudor y Lágrimas”, afirma Víctor Sánchez, director de Mercadotecnia en Cinemark.

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Por supuesto, no les gusta que les cuelguen todos esos milagritos. Phillip Alexander, director general de la distribuidora Buena Vista Columbia Tristar Films, cree que, como en todo negocio, los logros pueden ser tan buenos como la visión del empresario. Ahora, asegura, falta el segundo paso: hay demanda, hay infraestructura, que espera a la oferta. “Hace nueve años no había ni salas; hoy lo lógico es que con tantas no haya razón para que una película mexicana –o china– no sea exhibida.”

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Sobre esta base, le toca a la producción mexicana hacer lo suyo. Y con paciencia. Hasta Buena Vista, compañía que apostó por la coproducción –además de la distribución– de la reciente cinta Sin ton ni Sonia, que atrajo a sólo 700,000 espectadores, muy lejos de la meta de dos millones.

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También los exhibidores han visto un incipiente negocio en las producciones locales. Los dueños de las 1,000 salas de Cinépolis invirtieron en las películas El Cometa, El Tigre de Santa Julia y Un día sin mexicanos. “Estamos seguros de que cuando hay una sólida producción nacional, mucha más gente va al cine”, dice Miguel Mier, director general de Operaciones en Organización Ramírez.

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Aun así, los filmes mexicanos siguen compitiendo en otras ligas. “Las megaproducciones estadounidenses tienen tal poder de recuperación económica –y tal nivel de consumo– porque invierten muchos recursos”, observa Mier. Una cinta local puede, con mucha suerte, llegar hasta las 10 semanas de exhibición, como El crimen del padre Amaro; otras, apenas a dos semanas, como Esclavo del rock and roll, de Alex Lora.

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Las distancias son enormes, aún con inversiones similares. En la poco aclamada Sin ton ni Sonia se invirtieron $1.4 millones de dólares entre cientos de copias y publicidad, poco más de lo que costó la película. Terminator 3 destinó al mismo fin $1.7 millones de dólares, con éxito desbordante en taquilla. El directivo de Cinemark cree que parte de los buenos resultados depende de la campaña de publicidad y el eje para ello es la distribuidora, que realiza inversiones millonarias.

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Las perspectivas sonríen
Hay un mundo subterráneo dentro de la actividad que sí genera ingresos. Son los negocios de nicho, no están tan desvalidos como los productores. Proveedores especializados como los que rentan foros, equipos, locaciones o sirven catering son escasos y pueden darse el lujo de atraer miradas extranjeras.

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Por caso, en México sólo hay una concesión de Panavision, la cámara tradicional utilizada en las filmaciones. Sólo hay cuatro importantes empresas que proveen de iluminación; una de ellas pertenece a Panavision, Trata Films. En renta de móviles –baños y remolques, entre otros– hay tres firmas destacadas y todas pertenecen a la misma familia.

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Escasos jugadores que incluso ofrecen precios menores que los estadounidenses. “Algunos productores del país vecino eligen México por las locaciones y porque ahorran hasta 20%”, dice Robespierre Rosado. Por la capacidad de los estudios Churubusco –con 10 foros de 1,500 a 2,000 metros cuadrados, considerados como los únicos integrados de Latinoamérica–, James Cameron los eligió para construir el Titanic y July Taymor para la casa de Frida Khalo. “En enero esperamos el arribo de dos películas extranjeras que dejarán cerca de $4 millones de dólares a la industria mexicana”, agrega el directivo.

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Los negocios jugosos vienen espaciados. Por eso, para salvar los años difíciles varias organizaciones están probando coproducir y aprender a desarrollar con mayor visión comercial. Es el caso de Titán Producciones, de Matthías Ehrenberg, que está ultimando detalles para iniciar en enero próximo la cinta Rosario Tijeras, en la que participan México, Brasil, Colombia y España. Para ese mismo mes se estrenará en Brasil la versión en portugués de Sexo, Pudor y Lágrimas, que produjo junto a la firma carioca Total Producciones. Estudios Churubusco Azteca, por su parte, coproducirá en 2003 las cintas puertorriqueñas El Cimarrón, Géminis, y tres más que están por confirmarse; además de la chilena La última luna y la colombiana Colombian Dream.

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Tal procedimiento también es ensayado por Churubusco. A falta de efectivo, invierte en especie con servicios que van desde preproducción hasta foros y salas de sonido, los cuales pueden llegar a cubrir 50% del costo de una película. Con esta estrategia pretende ocupar los estudios todo el año en la realización de largometrajes de hasta $70 millones de pesos de presupuesto.

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Las superproducciones de empresarios recién llegados a la industria, las coproducciones de distribuidores, exhibidores y de los Estudios Churubusco podrían ser el inicio de un reparto más equitativo del pastel. Además, es preciso comenzar la exploración de otras áreas del negocio, como la venta de artículos promocionales de las películas y una mejor comercialización de su música original.

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Si al cine mexicano se le aplica una cirugía mayor a tiempo, con repartos equilibrados, fomentos necesarios y trabajo latinoamericano en equipo, puede que su destino cambie. Algunos ya están buscando apoyo y uniendo fuerzas con sus similares en otros países de habla hispana, al menos para alcanzar barruntos de una segunda época de oro.

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–Con la colaboración de Lolbé Corona.
Agradecemos a Estudios Churubusco las facilidades otorgadas para la realización de las fotografías.

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