Los adolescentes

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Ricardo Medina Macías

Incómodos con los demás y consigo mismos. Sus cuerpos que crecen demasiado rápido y sin armonía aparente resultan estorbosos, unas piernas o unos brazos que se antojan excesivamente largos, de difícil control. Sus temperamentos también incómodos: unos días depresivos (en el “abismo profundo y negro como mi suerte” que decía José Alfredo Jiménez), otros días eufóricos o desafiantes, rebeldes porque sí...

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Eso son, entre otras cosas, los adolescentes. He escuchado que México está en una suerte de adolescencia difícil. Interesante símil que sugiere de inmediato las tribulaciones propias de toda transformación. Abandonar un puerto para emprender una incierta travesía siempre es emocionante, pero implica un desgaste extraordinario de ansiedad, tensión, desasosiego. Sucede al nacer, al morir, al casarse, al transitar de la niñez al mundo adulto.

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Pues bien, sí, México es adolescente. Hay días que la libertad parece recién estrenada y descubrimos que se puede decir todo, escribir todo, mostrar todo. Pero esa vacación también nos produce vértigo. Hay quien extraña los antiguos acotamientos (la línea, como dicen), que ahorraban los riesgos de la decisión personal y evitaban hacer acrobacias sin red de protección. Hay quien encuentra novedosos peligros y, por ello, añora los viejos buenos días en los que un silencio cómplice nos ahorraba el espectáculo de las miserias humanas. Corrupción siempre hubo, tal vez antes en mucho mayor grado, y sin freno dada la protección del silencio, pero ahora nos turba y no falta quien atribuya los episodios más o menos delictivos a la misma modernidad, como si el evitarnos los cambios nos diera, automáticamente, una patente de candor y pureza infantil. Vana ilusión de los adolescentes que sucumben a la nostalgia de la niñez arropada e inconsciente.

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Todavía no sabemos cómo manejarnos con la justicia. Por ello hay días en que los medios de comunicación semejan verdaderos tribunales revolucionarios de la era del terror ilustrado. Aparecen nuevos delitos ficticios como la portación de amigo prohibido (la frase se la escuché al periodista Carlos Marín) o el mero éxito, que es usual que, en estas latitudes, resulte sospechoso, sea por envidia, sea por la acendrada “aristofobia” (miedo a lo mejor) en la que hemos sido adoctrinados.

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Estrenamos la denuncia y la protesta. A diferencia de otros pueblos en la edad madura, en México aún no sabemos usar estos derechos con inteligencia y eficacia: protestamos mal, protestamos ante quien no debemos, protestamos por lo nimio y nos resignamos ante lo intolerable, protestamos a destiempo y fuera de lugar.

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Nos vestimos de moralistas o de cínicos sin lógica aparente. Como si fuesen prendas de vestir, modelos ofrecidos a nuestra consideración de nuevos consumidores, nos enfundamos tan pronto en el fariseísmo como en el descaro. Nuestras reconvenciones moralistas suenan “dobladas” como en aquellas intervenciones de los puritanos en las películas de -Western encaminadas a retardar la acción del héroe pero que suelen estar fuera de tiempo y de lugar (la metáfora es de André Frossard).

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Probamos ser políticos modernos y sin querer caemos en el ridículo de tomarnos demasiado en serio. Experimentamos la dicha de la intemperie pero olvidamos en casa el abrigo. Adolescentes, tan pronto estamos alarmados con la exhibición pública de lo que antaño era pudorosamente cubierto para evitarnos el escándalo, como tan pronto nos volvemos exhibicionistas a través del periodismo “moderno” que vino del norte (eso dicen).

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No hay que temerle tanto a la adolescencia, en la medida que debiera ser por definición un estadio temporal, un trance más o menos largo pero trance al fin. Empero, se sabe de casos de adolescencias perpetuas que devienen en infelicidad y desazón.

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Todo tiene su tiempo, pero ojalá no tardemos mucho en superar la edad difícil ; o, para usar otras metáforas, ojalá el niño no se nos quede atorado a la mitad del parto, ojalá lleguemos pronto a tierra firme.

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Por cierto, hay que tener mucho cuidado con el acné. Sin asustarse de esas vergonzosas evidencias del estado adolescente que padecemos y gozamos, habrá que prevenir que no dejen huellas imborrables.

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Los dinosaurios de toda edad nos detestan adolescentes y desearían regresarnos, sin trámite, a la niñez del callar y obedecer, edad en la que los dinosaurios dominaban sin competencia. Los impacientes de toda edad detestan, por distintas razones, la adolescencia y quisieran descubrir atajos milagrosos, transiciones mágicas, partos sin dolor.

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Empero, habremos de llegar justo a tiempo.

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El autor es director editorial de noticieros de TV Azteca y colaborador de El Economista.

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