Los mitos de la meritocracia

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Javier Martínez Staines

A veces sentimos que la adversidad nos devora y que nadie reconoce lo que hacemos. Es cierto: “El mundo recompensa con más frecuencia los indicios de mérito que el mérito en sí mismo”, decía  La Rochefoucauld. Dicho de otro modo, en el mundo corporativo no aplica la máxima de “más rápido cae un hablador que un cojo”.

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Conozco una infinidad de embusteros que dedican 90% de su tiempo a vender todo lo que no hacen, todos los días, para que el jefe los mantenga en alta estima. El restante 10% trabaja, a veces. Su vocación es el bullshit, el rollo, la provocación de percepciones. “Usted es un hombre honesto y no se ocupa ni de complacer ni de desagradar a los favoritos. Su único vínculo es con su señor y con su deber. Usted está acabado”, escribió La Bruyere.

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La meritocracia, pues, es uno más de esos mitos geniales que suelen rondar por las corporaciones. Por lo general, el mérito que se reconoce tiene mucho más que ver con cómo el jefe y los colegas perciben nuestra actuación, que los hechos en sí mismos. Subjetivos hasta la médula espinal, los seres humanos nos movemos por conjeturas y sospechas, por afectos y repulsiones, por simpatías y antipatías, más que por el análisis frío de datos y resultados.

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Al mismo tiempo, todo es una actuación artificial, maniobra a veces siniestra de manipulación que los capitanes de empresa llevan a cabo para esparcir su visión por las organizaciones. El honor al mérito es falso. Lo que cuenta es con quién cuento, de manera incondicional. Y se buscan todos los modos posibles de asegurarlo. Basta con revisitar a Maquiavelo: “Es mucho más seguro ser temido que ser amado. El amor se mantiene por vínculo de obligación y éste, dada la malicia humana, se rompe fácilmente en cuanto anda por medio la propia utilidad. En cambio, el temor se mantiene gracias al miedo al castigo, que nunca nos abandona”.

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Maquiavelo, La Bruyere y La Rochefoucauld escribieron centenas de magistrales aforismos a raíz de sus experiencias con la vida cortesana de Francia e Italia en los siglos XV y XVII. Más de un lector estará de acuerdo conmigo en que los paralelismos de las cortes reales con el mundo corporativo son contundentemente claros. Los escaladores sociales de aquellas épocas tienen grandes similitudes con los alpinistas de las pirámides organizacionales de hoy. No necesariamente quienes ascienden posiciones son quienes mejor realizan su trabajo.

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Más bien, en mucho mayor cantidad de casos que la que admitiríamos, la recompensa llega a quienes mejor dominan la gama de habilidades políticas, reflejadas en la anhelada consecución de confianza. Esto explica muchas de las injusticias y atropellos que se cometen, a diario, en las empresas. La situación se torna más dramática en un contexto corporativo dominado por gobiernos familiares, donde el apellido es más importante que el mérito. Pareciera difícil mantener elevada la moral de algunas compañías cuando el talento de la gente es pisoteado una y otra vez por círculos viciosos de este tamaño.

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Javier Martínez Staines es director editorial de Grupo Editorial Expansión y conoce a un sinfín de talentos frustrados por la ausencia de meritocracia en muchas empresas mexicanas.
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jstaines@expansion.com.mx

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