Luz: ¡calle, pague y apague!

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Cuauhtémoc Sánchez Osio

Si ya obscureció, le recomiendo posponer la lectura hasta mañana, con luz de sol. De otro modo le costará caro. ¿Ah, insiste? Pues vamos al grano rapidito, para que la compañía eléctrica no abuse mucho de su bolsillo.

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Cuando el gobierno interviene directamente en la producción o en la fijación de precios, se pierde eficiencia. Eso todo mundo lo sabe, ya sea por estudios económicos o por experiencia propia adquirida durante décadas de populismo y estatismo. La pregunta central en estos casos es: ¿quién va a pagar los costos de las decisiones económicas del gobierno? La respuesta es sencilla: probablemente ¡usted!

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Así sucedió con el incremento en las tarifas eléctricas. El boquete fiscal provocado por los enormes subsidios al sector eléctrico era ya insostenible. El gobierno tuvo que sopesar diversas alternativas. La primera era mantener la subvención. En ese caso, el costo sería cubierto con fondos públicos, en detrimento de otras necesidades sociales; o bien de las generaciones futuras, al endeudar más al país. El Fobaproa, y los rescates carretero y azucarero ya tenían muy abultada esa cartera; así que mejor no.

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Otra alternativa era obligar a las empresas eléctricas a ser más productivas, desapareciendo ineficiencias, privilegios sindicales excesivos, diablitos y corrupción. En este caso, los perdedores serían dos grupos muy poderosos: los sindicatos de electricistas –que tienen gran capacidad de movilización y son dueños de un discurso incendiario– y el gobierno, que tendría que asumir el desgaste de enfrentarse a estos grupos. En un momento de baja popularidad, esta vía tampoco se antoja.

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Una tercera posibilidad era cobrar más a los consumidores cautivos, quienes ya pagaban la energía más cara de Norteamérica. La administración optó por ésta. ¿Por qué?

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Simplemente porque las clases medias urbanas, que serán las más afectadas, no están lo suficientemente organizadas y representadas como para erigir una oposición eficaz. Que yo sepa, no existe un Sindicato Único de la Clase Media o una Unión Nacional de Ciudadanos Decentes, Anexos y Conexos; (mejor ya no damos ideas a los agitadores sociales). El caso es que la dilución del impacto entre tantos mexicanos sin voz hace que los costos políticos para el gobierno sean menos evidentes, aun cuando la disminución en el bienestar de la sociedad en su conjunto sea mayor. ¿Eso es democracia?

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Ahora sí, apague su luz, por favor.

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–El autor es maestro en adminsitración de empresas y en administración pública por la Universidad de Harvard.

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