Males persistentes

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Andrés Piedragil Gálvez

Por $930 nuevos pesos, la edición 446 de Expansión (agosto 6 de 1986) ofreció a los lectores un análisis sobre el nivel de dependencia tecnológica que padecían las compañías mexicanas. Las organizaciones del país estaban sometidas a los sistemas y las aplicaciones producidas en el extranjero. Y la debilitada economía, según las fuentes consultadas, no era el único factor que podía explicar la situación. La actitud de los empresarios era un síntoma más alarmante: no estaban interesados en invertir recursos en el desarrollo de soluciones propias.

- “La tecnología tiene que ser un bien endógeno de las empresas, no un don que se les otorga desde afuera. Aquí se acostumbra que la investigación se haga en las universidades y la tecnología se pague al extranjero”, afirmaba José Warman, director general del Centro de Evaluación de Proyectos de la Secretaría de Energía, Minas e Industria Paraestatal.

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- Curiosamente, una firma multinacional ya no tenía dudas sobre la importancia de inyectar dinero a los laboratorios. “De cada dólar que la empresa vende en México, 15 centavos se destinan a pagar investigación y desarrollo en California. El año pasado [1985] el gobierno compró más de $30,000 millones de pesos en equipo de cómputo. Con el 15% de eso alguien está haciendo investigación”, decía Manuel Díaz, entonces director general de Hewlett-Packard de México.

- A 18 años de distancia, en la presente edición, Expansión vuelve a tomarle el pulso a la investigación y desarrollo en el mundo corporativo mexicano. La conclusión: a pesar de iniciativas valiosas, la visión empresarial, enferma de cortoplacismo, persiste como el principal obstáculo.

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