Manejar el propio destino

Diversificar mercados es mucho más que una moda: significa la viabilidad económica de México.

Hay empresas mexicanas, por desgracia no tantas como se pudiera desear, que oportunamente cayeron en cuenta respecto del riesgo que significaba enfocar todos sus objetivos de negocio en el poderoso vecino estadounidense. A la tentación de venderle mercancías a esta nación, la cual durante la última década gastó en bienes y servicios como nunca antes, se le sumó la necesidad de la mayoría de las compañías de este lado del río Bravo por recuperar el terreno perdido a raíz de la crisis de 1995. Y ahí estaba Estados Unidos, ávido de los productos del mundo.

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Decir que México en el último lustro se enganchó cada vez más al dinamismo del país norteño es ya un lugar común. Lo que ahora se evidencia es que quizá nuestro esquema exportador desestimó las voces que alertaban sobre un hecho: las economías tienen ciclos de picos y vados, fenómeno que afecta incluso a la potencia contigua, y hoy se resume en una palabra: desaceleración. Por ello, al recordar que 81% de las exportaciones de México se dirige hacia Estados Unidos (de ahí se obtienen $138,000 millones de dólares de los $170,000 que nuestro país comercia con el mundo), y que mucho de ese monto se genera gracias a una actividad ensambladora (la maquila), no puede menos que sorprender la escasa capacidad de diversificar mercados.

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Cierto, hay varias razones que se arguyen para explicar la concentración de intereses en la Unión Americana; desde la contigüidad geográfica, la capacidad de consumo –sin par– de esa nación, hasta la insoslayable presencia de cientos de empresas estadounidenses en territorio mexicano, que fomentó un natural y ya añoso intercambio de recursos humanos y materiales.

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Sin embargo, hay otros caminos. Es oportuno observar aquellas empresas que decidieron a tiempo no apostar todas sus expectativas en la bonanza de un solo mercado. Cemex, la firma que da motivo a la portada de esta edición, da luces sobre lo que puede ocurrir cuando alguien, en este caso su presidente Lorenzo Zambrano, decide tomar en vez del atajo lógico, la ruta larga de la diversificación y la búsqueda de las oportunidades en plazas remotas. Se puede alegar que esa empresa tiene la obligación y la posibilidad de manejar una visión global, debido a la dimensión de sus operaciones. Lo que no se debe pasar por alto es que hace pocos, muy pocos años, Cemex era una compañía de alcance regional, ya no digamos nacional. Hoy, en su sector, es la número tres del planeta, cuyo negocio es vender un insumo conocido desde principios del siglo XIX: el cemento.

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Si bien es cierto que no existen estrategias universales que apliquen para todas las compañías, es incuestionable la necesidad de ser receptivos ante la contundencia de las lecciones a raíz de los recientes acontecimientos económicos. Una de esas lecciones dicta que, tratándose tanto de empresas como de un país, el bienestar es más perdurable en la medida de que se controla el destino propio, en vez de mantenerse esperanzados respecto de resultados ajenos, concentrados en un solo mercado. Ahí están los nuevos tratados comerciales, como el firmado con la Unión Europea, que pueden ser un buen comienzo.

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