Mapa político <br>Legitimidad e impacie

La preeminencia empresarial del gabinete de Vicente Fox no supone ni garantiza el fracaso o el éxit

Como nunca en la historia reciente del país el Presidente de la República inicia su gestión de gobierno con un inusual nivel de aceptación: ocho de cada 10 mexicanos confían en Vicente Fox.

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Pero la confianza, por lo general, tiene mucho de esperanza. Así que la actual administración federal no la tiene fácil: cuenta con grandes márgenes de legitimidad y aprobación, pero enfrenta enormes expectativas y, además, dispone de poco tiempo para traducir las promesas de campaña en acciones de gobierno.

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La combinación, equilibrio, contrapeso de esas dos premisas –una base muy estimable de legitimidad y la esperanza impaciente de millones de ciudadanos que votaron por el cambio, y eso esperan– será lo que en gran medida determine el rumbo que siga el actual sexenio, al menos en su etapa de arranque.

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Los primeros pasos
Antes incluso de protestar el cargo, se estila que los jefes de Estado y Gobierno den a conocer los nombres de quienes formarán parte de su gabinete.

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Se trata de la primera decisión importante como jefe de Estado. Pero también de la primera definición político-ideológica: ¿con quién gobernar?, ¿cuál es la racionalidad en la designación de su equipo de trabajo, eficacia o pago de facturas, talento o reparto del pastel?, ¿cuáles son las prioridades y los énfasis de acuerdo con los nombres, capacidades, responsabilidades y jerarquías de cada ministerio?

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En más de un sentido, con el nombramiento del gabinete se empieza a gobernar: a cumplir o no promesas de campaña, a enviar señales a los distintos grupos de poder –económicos y políticos, nacionales y extranjeros–, a resolver o dilatar problemas, a asumir o desconocer compromisos… Así ha sido en el pasado, y no dejó de serlo en esta ocasión, en la que las expectativas e indiscreción de la opinión pública crecieron de manera significativa.

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Cinco meses de especulación e impaciencia entre la sociedad, el “trabajo profesional” de head hunters, la etapa de scouting, cientos de currículas, entrevistas… y al final, se impusieron los Amigos de Fox (los verdaderos head hunters), prevalecieron las “consultas a los grupos del poder”.

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A diferencia del gabinete del presidente Zedillo con sus “mejores mexicanos”, el equipo de gobierno de Vicente Fox no decepciona, aunque no deja de generar dudas acerca de los criterios para su conformación. Es cierto que no prevaleció la lógica de camarillas ni de parentela; no obstante, se evidencia la concreción de alianzas políticas entre Fox y algunos “hombres del capital”.

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Por lo demás, el gabinete de Fox no deja duda acerca de un proceso que trasciende la coyuntura: el reemplazo de la clase gobernante, la “red pública” en manos de cuadros formados en la iniciativa privada, con posgrados en universidades extranjeras y guiados bajo los criterios de la calidad, productividad, eficacia, aplicación de nuevas tecnologías… la racionalidad empresarial.

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Dicho así, la preeminencia de un perfil empresarial dentro del gabinete de Vicente Fox no supone ni garantiza –como algunos han querido ver– el fracaso o el éxito de su administración. Al igual que anteriores equipos de gobierno, el del presidente Fox tiene ventajas y riesgos, y entre aquéllas no se puede escatimar la formación profesional y los antecedentes de probidad y eficacia por parte de la mayoría de los integrantes del gabinete foxista.

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En contraste, no se podría decir algo parecido sobre su experiencia en el servicio público, para muchos parece un dato alentador: los nuevos funcionarios no han sido tocados por la burocracia y sus vicios; para otros, la mocedad de estos funcionarios los perderá frente al monstruo al que se enfrentan. Más que su pureza o su candor, el riesgo derivado de la inexperiencia en la administración pública –patente en la mayor parte del gabinete– radica en las dificultades de quienes sólo conocen el México virtual y que tendrán que enfrentarse al México real (las redes de intereses y complicidades, la escasez de recursos públicos y poco margen de maniobra, la irritación de los trabajadores sindicalizados hacia la política salarial, la burocracia y sus vicios –tramitología, lentitud–, etcétera)… la sensibilidad social, pues.

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Parece evidente, y lo es: resultaría muy costoso intentar el traspaso automático, mecánico y simple, de los métodos, técnicas y disciplina de la administración de empresas al gobierno de una nación. No fracasaría sólo el gobierno, sino el país. Sería una ingenuidad y Fox no parece ingenuo.

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A juzgar por declaraciones y hechos –las promesas de algunos secretarios de Estado hacia los empleados federales, las primeras acciones de funcionarios en el sentido de rescatar programas de la administración pasada, etcétera–, la apuesta parece de mediano y largo plazos: tras el relevo de la clase gobernante priísta, parece seguir un reemplazo en las costumbres y usos, en la racionalidad de la prestación del servicio público, con énfasis en la honestidad y en la calidad.

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El Congreso dispone…
Quizás pretendió hacer de la necesidad una virtud, lo cierto es que a querer o no, la presidencia de la República que asumió Vicente Fox el pasado 1º de diciembre no es la misma que recibió Ernesto Zedillo, aún menos la que se arrogó Carlos Salinas.

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Acotada en facultades legales y en posibilidades reales, la institución que recibe Fox es acaso lo que queda después de varios lustros de una extraña mixtura de demandas democráticas y reformas estructurales del Estado. Entre éstas, destaca la Reforma del Estado delamadridista y salinista: el desmantelamiento del sector paraestatal del que era cabeza el Presidente. Entre aquéllas, sobresale, la distribución del poder –con arreglo a la pluralidad política– en todo el territorio nacional: la presión de un gobierno perredista en la Ciudad de México y las limitaciones y contrapesos reales que imponen 19 gubernaturas en poder del PRI. Y, acaso de mayor importancia en términos de la responsabilidad de gobernar el país, la presencia del Congreso de la Unión como factor de contrapeso: Fox tendrá que cabildear dentro y fuera de Acción Nacional, tendrá que negociar lo mismo con el PRI que con el PRD y los verdes (empezando por la Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos de la Federación) para, simplemente, poder gobernar.

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La alternancia política no llegó sola: el voto del 2 de julio llevaba una apostilla: el contrapeso y equilibrio entre poderes. El mandato no pudo ser más claro: el Ejecutivo para Fox, y el Congreso sin mayoría, es decir, con la obligación de negociar. Por tanto, será este juego de equilibrios, pesos y contrapesos –en una doble vía: hacia al interior del Congreso y en relación con el Ejecutivo– lo que marcará la pauta en el arranque de la nueva administración.

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Por necesidad o virtud, guste o no: “Fox propone y el Congreso dispone…”. De esa relación depende que continuemos la transición sin sobresaltos ni desgobierno, acaso los aceptables en una nación de 100 millones de personas, que atraviesa por un proceso de recomposición política y que intenta incorporarse de la forma menos dolorosa a las grandes ligas de la globalización.

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Fox style
La novedad es su divisa. Luego de 70 años de priísmo, el presidente Fox estaba obligado a innovar, a sorprender, a subvertir costumbres, a perturbar tradiciones…

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Como ningún mandatario priísta, Fox goza de amplios márgenes de libertad, comprensión y tolerancia –hasta donde puede serlo una sociedad que espera cambios y un país incorporado a los flujos políticos y financieros internacionales– para ensayar, explorar, inventar e intentar proyectos y métodos, funcionarios y programas.

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Fox lo sabe y desde el primer día de su mandato empezó a remover ritos e inaugurar otros (su visita a la Basílica de Guadalupe, los signos religiosos en algunos eventos, la antisolemnidad del lenguaje, el agregado a un artículo constitucional, el toque populista de sus actos, etcétera).

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Nuevo presidente, nuevo ritmo, nuevas formas, nuevo estilo… Quizás habrá que acostumbrase a dos de los rasgos más conspicuos del estilo personal de gobernar de Fox: a) su acentuado protagonismo, que le impone una acelerada dinámica a su presidencia, y que se refleja en el afán de Fox por estar en todas partes, lo mismo en las fronteras recibiendo a los paisanos, que en el Congreso cabildeando el presupuesto federal o inaugurando el Teletón; y b) la aplicación de una estrategia massmediática en el ejercicio de gobierno, ganar la batalla por las percepciones: promover la sensación entre la sociedad de que hay una mejora sensible en el ejercicio de gobierno.

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Aunque inéditos en la figura presidencial, diversos rasgos de Fox nos remiten a nuestra historia. El actual presidente parece resultado de una mezcla de personajes harto conocidos: de Echeverría (el activismo, el populismo), de López Portillo (el compromiso con los pobres y la generación de enormes expectativas), de Salinas (la venta del primer mundo, la visión del futuro).

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En lo que Fox no admite comparación es, a no dudar, en su legitimidad y en el tamaño de las expectativas.

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Los primeros 100 días
Parece poco tiempo, y lo es, pero es el periodo que las sociedades democráticas les conceden a sus gobernantes para empezar a cambiar las cosas, a entregar resultados.

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Fox madrugó en el Congreso, empezó temprano su tarea legislativa. Y aunque es cierto que no está resuelto el problema de Chiapas, la presentación de la iniciativa presidencial de Ley sobre derechos y cultura indígenas reactivó la discusión del tema y su eventual solución.

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Más que optimista, sería ingenuo esperar que la iniciativa de ley sea aprobada sin alteración de puntos y comas en las primeras semanas de 2001, y aún más esperar que por decreto se resuelva un problema de siglos, como el de Chiapas. Sin embargo, el tema ha vuelto a ser una de las prioridades en la agenda nacional. Quizás lo hecho por Fox sea poco, pero es más de lo que se había hecho en los últimos años.

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En otro frente, el de la ejecución de políticas públicas y el ejercicio de gobierno, Fox y su equipo más cercano deberán acelerar el proceso de aprendizaje: tendrán que evaluar los resultados del galimatías administrativo que han creado: una estructura de gobierno paralela, los super gerentes de Los Pinos, un amasijo de nombres y tareas (comisionados, consejeros, jefes, coordinadores) cuyas atribuciones y cuya relación –¿de quién dependen, a quién le reportan?– con los secretarios de Estado no resulta clara.

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La complejidad y la dimensión de las tareas que tiene ante sí la administración Fox es enorme: impulsar una reforma del Estado que ponga al día los instrumentos y el andamiaje jurídico de un régimen que está desdibujándose; emprender las reformas estructurales que el país reclama: hacendaria, educativa, del sector energético y laboral; modernizar la administración pública: mejorar la calidad y las suficiencia de los bienes y servicios públicos.

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Para lograrlo, será preciso crear las condiciones que le den viabilidad a sus propuestas: consensuar las reglas del juego y construir los acuerdos para el cambio. Las resistencias y las inercias son formidables; los poderes fácticos van a medir a una nueva clase gobernante que tendrá que demostrar que va en serio.

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Aunque Fox prometió hasta lo imposible, nadie está obligado a ello. Para todos –gobierno y sociedad–, en estos primeros 100 días sería más sano ponderar ánimos, aceptar limitaciones, admitir que no todo se puede, pero comprometer al gobierno a cumplir lo que se pueda y asegurarnos –entre todos– que eso que ofrece el gobierno, sea lo más que se pueda. 

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