Maquiavelos posmodernos

No confíes en tus amigos. Disimula tus intenciones. Haz que la gente dependa de ti...
Javier Martínez Staines

Que otros trabajen por ti, pero tú llévate los laureles. Evita a los perdedores y a los desdichados, no te vayan a contagiar. Llama la atención a cualquier precio. Muéstrate como amigo, pero actúa como espía. Aplasta por completo a tu enemigo. No te comprometas con nadie. Juega con la necesidad de la gente de tener fe en algo, para conseguir seguidores incondicionales. Juega con sus fantasías. Domina el arte de la oportunidad. Arma espectáculos imponentes. Piensa como quieras, pero compórtate como los demás. Revuelve las aguas para asegurar una buena pesca. Muerto el perro, se acabó la rabia.

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Por supuesto, no se trata de un tratado de ética. Son 48 leyes que, sin falsos pudores, el autor estadounidense Robert Greene encontró como constantes en la práctica del poder a lo largo de la historia del mundo. Y este libro, manual del Maquiavelo posmoderno (titulado Las 48 leyes del poder y traducido recientemente al castellano, aunque en inglés se publicó hace un lustro), se ha vuelto la Biblia de los líderes políticos y de más de un CEO en Estados Unidos y otros países, entre ellos varios latinoamericanos. ¡But of course! Faltaba más. Lástima que la manera de aplicarlo sea tan literal como lo hace Hugo Chávez en Venezuela, alguno que otro gobernador en México o titanes de los medios, que entienden esta obra (o cualquiera que se acerque a las definiciones del complejo laberinto del poder) como la más absoluta negación del juego de ganar-ganar.

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“El poder requiere la habilidad de jugar con las apariencias. El engaño y la simulación no deben considerarse algo sucio o inmoral. En cierta medida, lo que diferencia al ser humano del animal es su capacidad de mentir y embaucar”, dice Greene. El juego que todos jugamos. El camino más firme hacia el arte de la manipulación. La prostitución del ser humano como regla para ejercer el dominio. La egolatría como valor supremo. Qué vivan los monopolios. Solitos en la cima del mundo. A fin de cuentas, para ganar, alguien debe perder. Eso explica bastante el derrumbe de Enrons, de Andersens y de Worldcoms. También se entiende porqué en la carrera electoral se insiste siempre más en las debilidades del otro que en las fortalezas propias.

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A nadie debe sorprender, pues, la crisis de liderazgo que hoy sufre el mundo. En la búsqueda de poder se confunden los fines con los medios y, por supuesto, se inventan guerras de toda índole para consolidar las supremacías sobre enemigos visibles e invisibles. En todos los órdenes. Mejor exterminar a la competencia (mientras más rápido, mejor), que aprender de ella. ¿Será, realmente, que para construir es necesario destruir?

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*El autor es director editorial de Grupo Expansión y mantiene la esperanza de que el poder se entienda como un auténtico juego de ganar-ganar. Comentarios y quejas: jstaines@expansion.com.mx.

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