Mark Hojel

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JRH

Sus manos no parecen de gente de campo. Son finas, sin ampollas, contrario a su castellano, áspero por tantos años de estudio en Estados Unidos. Nada en él haría pensar que es un apasionado de los viñedos, un experto que desde hace un año dirige la empresa que produce algunos de los vinos mexicanos más prestigiosos: Monte Xanic. Pero “el campo ata”, dice Mark, cuyo padre le inyectó el gusanito de la enología –su primer trago, diluido, se lo dio a los seis años—, y no imagina que exista un negocio tan bonito como el suyo. Y cómo no, si aún antes de la pintura que admira y ejerce, su principal pasatiempo es su empresa: el estudio, venta y difusión del vino.

- A sus 31 se sabe muy joven; casado y apegado a la familia Hojel, no descarta la posibilidad de hacer crecer una empresa que por no sacrificar la calidad de su producto está aún en el rango de boutique vinícola (menos de 35,000 cajas anuales). Y en cuanto a multiplicación del vino, él sabe cómo hacerlo: la tesis de su MBA probó que Chalone, una empresa californiana, podía crecer al doble. Y creció al doble. Por ello fue enviado a las tierras del barón de Rothschild, en Burdeos (a Château Laffitte) y con los chilenos de Los Vascos. Ese bagaje ahora lo aplica en el mexicano Valle de Guadalupe, para continuar con la labor que desde 1988 tiene Monte Xanic: arrancarle al desierto bajacaliforniano sus excelentes jugos.

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