Martha Miller de Lombera. Presidente par

La llamaban la &#34güerita del Ariel&#34 en los tendajones. Su aplicación la llevó a la presidenc
José Ramón Huerta

Como estudiante le tocó vivir el 68, pero no le entró a la militancia hippy. “Es que siempre fui muy centrada”, sonríe. Estudió Sociología en Stanford y Letras Hispanas en la española Universidad de Salamanca, aunque su humanismo académico lo aplicó de un modo sui generis: vendiendo productos de consumo masivo para Procter & Gamble (P&G), compañía que según esta mujer acaba siendo en sí misma campus universitario, con maestría y doctorado incluidos.

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En esta empresa, célebre por sus procesos internos de capacitación y exigencia profesional –y también, ciertamente, por su hermetismo ante los medios–, ha transitado durante casi 24 años Martha Miller de Lombera, mejor conocida como la “mamá de los pollitos procterianos.” Tal apelativo, sin duda, se lo ha ganado. Pocos como ella conocen las tripas de esta multinacional, y menos aún han entrenado a tantos ejecutivos que hoy nutren, incluso, las filas de algunos competidores. Lo curioso es que Miller había descartado desde su época preparatoriana (cuando dejó su natal barrio capitalino de Coyoacán para estudiar en Estados Unidos) la vocación pedagógica luego de dar algunas clases de español y francés.

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La vida, al final, le asignó una labor formativa. Pero antes que enseñar tuvo que aprender, y lo hizo desde abajo. Después de trabajar cuatro años en Inglaterra para el Consejo de Turismo mexicano, Miller regresó a México, hizo su examen en P&G, fue aceptada en el área de marketing en agosto y se casó en septiembre de 1976. Corría el echeverrismo, México empezaba a vivir tiempos difíciles y ella se enfrentó con una realidad que le era desconocida: le llamaban “la güerita del Ariel” en los mercados y tendajones de la periferia de la Ciudad de México, donde tenía que negociar con los marchantes. Fue la primera mujer en la filial mexicana de P&G que experimentó en carne propia todo ese proceso de comercialización. Y marcó precedente. Su aplicación le valió ascender hasta la presidencia.

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Madre de tres hijas ya adolescentes, desarrolló para sí una máxima vivida en su empresa: “Siempre tenemos presente el cambio.” Sus padres, estadounidenses naturalizados mexicanos, dudaban de que pudiera hacer carrera y al mismo tiempo tener hijos. Dice Miller: “Las mujeres de mi generación no sabían si se podía combinar una carrera exitosa, demandante y estresante con una vida de mujer con hijos, hogar y demás. Pero por primera vez podíamos decidir si queríamos ser ama de casa o profesionista, si queríamos casarnos o no”.

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Su esposo, “un banquero”, fue clave para que Martha pudiera combinar ambas facetas. Un ejemplo: en 1990, P&G la envió a Londres. La decisión fue que junto con ella, marido e hijas hicieran maletas. Él ligó un trabajo allá y las niñas estudiaron en inglés. Tres años después regresaron a México…  debido a otra buena oportunidad para Martha. “Es una cuestión de prioridades, que en nuestro caso son las niñas; ellas deben estar bien. Después de ellas sigue la chamba y luego todo lo demás.” Advierte que encontrar el equilibrio no está exento de decisiones difíciles: “No existe la super mujer.”

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Como directiva se reconoce con un estilo abierto, que abre canales a la cooperación. “En esta empresa se debe trabajar con gente que quiera que todos seamos exitosos.”

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Miller aceptó charlar de sí misma para confirmar, simplemente, que las mujeres sí pueden. “Yo de joven no tenía ejemplos de mujeres de negocio exitosas. Es importante que las mujeres tengamos modelos, así es más fácil encontrar el camino.”

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