Memorias del desarrollo

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Ricardo Medina Macías

El martes 15 de abril de 1980, José López Portillo, entonces presidente de México, dio a conocer el Plan Global de Desarrollo. A la ceremonia solemne, celebrada en el Palacio Nacional, en la que hablaron secretarios de Estado al por mayor, asistieron los notables de la época.

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Por azar ahí estuvo el Gordo Basurto. De sus desordenados recuerdos espiga algunas escenas:

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1. Manuel Espinosa Iglesias, aún presidente del Banco de Comercio, ocupa uno de los asientos de primera fila, frente a la mesa de honor en la que López Portillo esta flanqueado por todo su gabinete. Don Manuel va al baño, a la mitad de un discurso.

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2. Samuel del Villar, entonces director de la revista Razones, ocupa su lugar entre el público y hace frecuentes anotaciones. Nadie sospecha, ni él mismo, que más tarde será efímero vigilante de la moralidad republicana en los inicios de la administración pública de Miguel de la Madrid (a la sazón secretario de Programación y Presupuesto), y más tarde aguerrido abogado perredista, atrabancado opositor, fracasado polemista sobre el padrón electoral, enfant (ni tanto) terrible del PRD.

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3. El paradigma de la demagogia seductora. El profesor Carlos Hank González destaca, entre todos los oradores del día, por su verbo fácil, la sonrisa encantadora, la demagogia amable. Si fuese concurso de oratoria, reflexiona el Gordo, don Carlos ganaba de calle... Nadie pensaba que, todo sonrisas y palabras empalagosas, sobreviviría tanto tiempo como puntal del sistema político. Mucho menos, nadie se imaginaba que su hijo menor protagonizaría el más reciente escándalo de gusto charro con su sonado contrabando de abrigos de ocelote, chalequitos de chaquiras (¿o perlas cultivadas?) y sillas de montar de vieja manufactura china.

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4. El critico. Leopoldo Solís, entonces subdirector del Banco de México, en representación del director, Gustavo Romero Kolbeck, desentona entre los 15 discursos laudatorios y optimistas de la ocasión. Desliza una crítica a los objetivos del Plan Global de Desarrollo en materia agropecuaria. Al día siguiente los medios de comunicación ignoran a Solís, tal como lo, hicieron los desangelados aplausos que rubricaron su alocución.

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5. López Portillo cierra la ceremonia improvisando uno de sus habituales juegos de palabras. "Con esta firma, reafirmo y confirmo la firmeza del desarrollo nacional" (o algo por el estilo, al tiempo que dispara su "poderosa" que cubre más de media cuartilla al final de los documentos del plan).

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6. Al término de la ceremonia, el mismísimo Tigre Azcárraga conversa animadamente con Rosa Luz Alegría (entonces secretaria de Turismo) y hacen planes para ir a comer; don Fidel Velásquez (¿alguien sospechaba que 15 años después andaría todavía por aquí haciendo crípticas declaraciones?), recibe abrazos y saludos.

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7. Tras bambalinas, se felicitan algunos de los autores materiales y directos del grandilocuente y optimista documento: los jóvenes Carlos Salinas de Gortari y Víctor Manuel Camacho Solís.

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Ese día, simbólicamente, y con ocho años de adelanto respecto de la fecha formal, los economistas toman el poder. La racionalidad del economista, que juega a ser dios presupuestando y planeando la felicidad de sus conciudadanos, entró de lleno a las tareas del gobierno.

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Así nos ha ido. Hasta ahora, las mejores cosas de la vida no pueden ser proyectadas ni planeadas. Los economistas y los burócratas modernos, empero, persisten en el empeño. Ya no son tan candorosos para ofrecer la felicidad, pero al menos prometen el pleno empleo.

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Tampoco son tan ingenuos para proponernos que seamos mejores, pero sí nos auguran un futuro de crecimiento expresado puntualmente en cifras del Producto Interno Bruto.

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El miércoles 31 de mayo se presentó el nuevo Plan Nacional de Desarrollo, expresión última de los grandilocuentes deseos de los burócratas modernos y de los economistas gubernamentales, como nuevo llamado a la esperanza. La crisis, nos dicen, no será permanente.

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Más de 15 años después, los planeadores de ayer han vivido en carne propia que no se puede dominar el futuro, que la historia es el reino de lo improbable hasta que sucede, que la racionalidad del economista no penetra siquiera las capas superficiales de la vida humana, con sus dosis de pasión, amor, ambiciones, humildades súbitas, arrogancias efímeras, fracasos resonantes...

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El autor es egresado de la licenciatura en Comunicación de la Universidad Iberoamericana, periodista especializado en economía y finanzas y director editorial del diario El Economista.

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