Mi casa es su casa

Pepe se la vive en su trabajo: ahí come, duerme y trabaja.

Pepe es amigo mío desde la universidad y la semana pasada me llamó para darme la noticia: tiene un trabajo nuevo. Bueno, en realidad, la conversación se alargó un buen rato, pues a cada detalle que me daba, más curiosidad me entraba por conocer los pormenores. ¿O qué? ¿A ustedes no les daría curiosidad saber de un trabajo en donde lo primero que les dijera su recién estrenado jefe es algo así como: “Esto no es un trabajo, considéralo unas vacaciones pagadas”?

- Podrán imaginarse el entusiasmo de mi amigo cuando aceptó la chamba y se presentó a trabajar el primer día. Algo le empezó a llamar poderosamente la atención: el resto de los empleados parecía que llevaban días encerrados en la misma oficina; se les veía ojerosos, la ropa arrugada, el cabello grasoso y despeinado; un olor a rancio se dejaba respirar en los cubículos.

- A mediodía, Pepe –que ya había sido presentado a sus compañeros– comenzó a mirar discretamente a diestra y siniestra, esperando que alguno de los demás abandonara sus labores para salir a comer. Como nadie se movía, preguntó como quien no quiere si alguien iba a salir a comer. Al mismo tiempo, todos lo miraron poniendo una expresión que no ocultaba la sorpresa y rayaba en el escándalo. Pepe escuchó un “no” parejo que pudo ser un “¿cómo crees?” Muy tranquilo, se levantó y caminó a los elevadores.

- Salió a comer, regresó y encontró al resto casi en la misma posición en la que los había dejado. “Es como si el tiempo se hubiera detenido”, me dijo.

- Cuando acabó la tarde y ya oscurecía, Pepe apagó su computadora –sintió la mirada lacerante de la vecina a su izquierda–, ordenó los papeles –los ojos punzantes del compañero a la derecha se sumaron a la silenciosa recriminación–, se puso su saco y caminó aguantando apenas el dolor que le producían los miles de alfileres visuales que le clavaban sus nuevos compañeros, desde el mensajero hasta su jefe. Pero nadie le dijo nada y llegó a su casa sano y salvo.

- “Fue el último día que dormí en mi casa”, me dijo por teléfono. A la mañana siguiente, apenas se acomodaba frente al escritorio, su nuevo jefe lo mandó llamar a su privado. “¿Por qué se fue ayer?”, le preguntó. Pepe se quedó pensando un momento; al fin contestó: “Porque eran las siete y media.”
“¿Y? ¿Cuál es el problema?”
“Me parece que no le entiendo.”

- Su jefe entonces habló del compromiso con la empresa y los accionistas, de la necesidad de elevar la eficiencia, de la expectativas de los consumidores. “¿Lo que intenta decirme es que aquí hay que trabajar hasta tarde?”, preguntó Pepe. Su jefe sonrió brevemente antes de contestarle: “Lo que le quiero decir es que acá la gente trabaja 24 horas al día, siete días a la semana, todo el año.”

- “¿Y a qué hora se supone que uno duerme o come?”
“Hay colchones y sofás en las salas de juntas. La secretaria le puede dar varios menús de restaurantes con servicio a domicilio.”
“¿Y los días de descanso, y las vacaciones?”
“No hay, o mejor dicho: son la misma cosa; acá descansamos trabajando”, dijo el jefe, que para despedirlo, agregó: “Considere a esta empresa su casa y que sus compañeros son su familia y sus amigos. Mi casa es su casa. Verá qué bien se la pasa.”

- Ahora, mi amigo se la vive en su trabajo: ahí come, duerme, va al cine (hay tele y video en la sala de juntas) y su vida social se reduce a los chats en internet.

- Cuando colgamos, no me había recuperado de la impresión y comencé a imaginar operaciones de rescate, organizadas por el eficiente grupo Zorros. Así me llegó la hora de la comida. Como me había atrasado en el trabajo, pensé en ordenar una pizza, pero me arrepentí. Salí a comer y me tomé la tarde libre. 

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