Mi fuente de la inteligencia

¿Tiene problemas para sostener o imponer su punto de vista? No se preocupe, en la web siempre habr?
Antonio Puertas

En una colaboración anterior, critiqué con un poco de ironía las -pretensiones de ‘inteligencia’ de ciertas aplicaciones de productividad, que -al parecer nos ofrecen esa neurona adicional. Ofrezco ahora, más opciones de -software ‘inteligente’: esas líneas de código que nunca estará de más -tener a la mano.

- ¿Y qué nos puede hacer más inteligentes sino es estar en compañía de -aquellos que, universalmente, son reconocidos como genios? ¿No logra convencer -a un socio o a su jefe de que su opinión es una verdad eterna? Nada más fácil -que ir a la versión en línea de un diccionario de citas citables y acompañar -su exposición de motivos con la frase perfecta, salida de la boca o de la pluma -de una inteligencia comprobada.

- Por ejemplo: supongamos que desea reforzar sus puntos de vista sobre la falta -de ética en los negocios o sobre la mediocridad de algunos de sus colegas. Sin -el apoyo de una autoridad universalmente reconocida, su texto –usted lo sabe– -puede volverse un rosario de juicios personales, carentes de sustento y de valor -objetivo. Abra su navegador y haga una búsqueda en Google.com, vaya a la -página de Bartleby.com o de Wikipedia.org, o páguese una suscripción a la -versión en línea de la Encyclopædia Britannica (en www.britannica.com) por -poco menos de $10 dólares al mes.

- En cualquiera de estas opciones, teclee en el idioma correspondiente “moralistas -franceses” y el concepto sobre el que requiere el apoyo de un genio -certificado (mentiras, envidia, mediocridad, etcétera). Pocos segundos después -se despliegan los resultados: las eternas palabras de Voltaire, Jean de La -Bruyère, François de La Rochefoucauld y otros están a su servicio. Elija lo -que más le convenga y, ¡voilá!, como por arte de magia será una -persona culta e inteligente.

- Poco importa que no sepa ni quién fue el sujeto al que cita ni el título de -un par de sus libros, o que no tenga ni idea de cuál de sus obras contiene la -cita que usa. En el mundo de la eficiencia y de la comunicación efectiva, la -cultura y la inteligencia siempre pueden ser virtuales. Nadie sale lastimado por -ello; a lo sumo, surgirá un improbable espasmo de la tumba del genio citado. Y -nada más. Claro que esa cultura e inteligencia por sí mismas sólo pueden ser -virtuales. Cualquier upgrade –para decirlo en los términos de los -ingenieros en sistemas– corren por su cuenta y esfuerzo. No se preocupe: las -diferencias entre el ámbito de lo real y lo virtual son cada vez menos -evidentes. Y así como un conductor de televisión o de radio pueden ya ser -dueños de un “monopolio de la verdad” durante un equis número de minutos, -podrá mantener la imagen que le convenga, si elije las herramientas que mejor -funcionen para el caso.

- Es curioso, pero muchos de estos servicios son gratuitos y no prometen -inteligencia ni neuronas a cambio de dinero; y cuando lo hacen, lo cumplen.

- Ya en el ámbito más personal, la utilización de buscadores y de páginas -especializadas tiene usos y aplicaciones igualmente interesantes. ¿No logra -convencer a esa persona especial de que sus sentimientos son honestos? Busque -citas de poemas en cualquier buscador web, de acuerdo con sus necesidades -presentes y futuras.

- Por ejemplo: ¿tiene una novia o novio que habla demasiado, con ligereza y no -encuentra la forma de decirle que se quede callado o callada? Cítele sin -misericordia aquellas líneas inmortales de Pablo Neruda: “Me gustas cuando -callas...”, etcétera.

- ¿No sabe cómo decirle a su despistado pretendiente que usted está en otro -carril, en otro universo, a miles de kilómetros de distancia de él? Busque la -despiadada carta que Fernando Pessoa le envió a su novia Ofelia Queiroz para -romper su relación, en la que le dice: “Mi destino es otro”.

- Ahora que si su idea es establecer una relación con alguien, siempre es -útil echar mano de los muy autorizados versos de Jaime Sabines, Octavio Paz, -Tomás Segovia o el propio Pessoa, quien dijo: “Todas las cartas de amor son -ridículas / No serían cartas de amor si no fuesen ridículas”.

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