Migración en dulce

Debido a las difíciles condiciones locales de producción, algunos empresarios del dulce han optado
Maurizio Guerrero M.

Los dulceros mexicanos se desarrollan, pero fuera del país. Obligados a comprar azúcar nacional por arriba de los precios internacionales, han perdido los incentivos para producir domésticamente. Ahora se expanden en el extranjero, cubren esos mercados e importan a México.

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“Si a 1,000 kilómetros existe la posibilidad de adquirir materia prima a la mitad de precio, pues lo lógico es que los industriales se establezcan allá”, explica Jaime Gallo, presidente de la Cámara de la Industria Alimenticia de Jalisco, estado que acoge a más de 60% de la producción de caramelo.

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Hasta el momento, siete de las más importantes organizaciones nacionales del ramo han instalado fábricas en Centro y Sudamérica con el fin de mantenerse competitivas a escala global. El fabricante mexicano de pastillas y chicles, Canel’s, por ejemplo, prefirió adquirir el año pasado dos plantas en Estados Unidos que exportar desde sus instalaciones locales.

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Fabricar dulces en México cada vez resulta menos rentable”, lamenta Jorge Coronado, director de Grupo Lorena, elaborador de la pasta de tamarindo Pelón Pelo Rico, con producción en tres puntos fuera del país.

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El inconveniente para la industria no ha sido sólo el precio del azúcar –compran en cerca de $500 dólares la tonelada, mientras que en Guatemala o Brasil cuesta casi la mitad–, sino también el del cacao, importado con un gravamen de 23% y los de cocoa, manteca, licores y pastas, con un arancel de 18%.

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Mientras tanto, las naciones que tienen acuerdos de libre comercio con México pueden, con tasa cero, vender en el país productos terminados.

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Como consecuencia, las ventas de la industria dulcera nacional se mantienen estancadas o con crecimientos mínimos, según el propio sector, y de los 33,000 empleos que ocupaba hace cinco años ahora quedan menos de 26,000.

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A pesar de las desventajas competitivas, los industriales mexicanos no cederán fácilmente un mercado con un valor a precio de calle de $1,800 millones de dólares: un caramelo por el que vale la pena pasar algunos tragos amargos.

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Pegajosa situación
Firmas como La Rosa, La Corona, Bremen, Turín, Vero, La Maestranza y Luxus impusieron condiciones en México durante años, en los días del proteccionismo gubernamental. Ahora, salvo por uno o dos de sus productos –como el Mazapán y Pulparindo La Rosa, el Paletón Corona y el Conejito Turín–, los marcas tradicionales han sido desplazadas por Sonric’s de Sabritas, Ricolino de Bimbo, Nestlé y Adam’s. Ello ha sucedido, en buena medida, a causa de la agresiva mercadotecnia de los nuevos rivales, que incluye empaques modernos y campañas publicitarias en medios masivos.

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Los puestos callejeros, donde se comercializa más de la mitad de los caramelos en México, dan cuenta de la división del mercado. Abundan ahí pastillas, chicles y dulces Adam’s –líder en sus mercados–, seguidos por chocolates Nestlé –primero en su categoría–. La misma mezcla se ve en las cajas de los vendedores en cruceros de la ciudad de México.

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En ventas, el caramelo lleva la delantera a los terminados del cacao. Sin embargo, la balanza comienza a equilibrarse. Hace 10 años el consumo per cápita de chocolates era de 250 gramos;  ahora, aumentó a 400, según la Asociación Nacional de Fabricantes de Chocolates, Dulces y Similares (ANFCDS). Las compras foráneas, que cubren la cuarta parte del consumo, han sido las más beneficiadas.

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“Ahora los niños te piden chocolates en vez de dulces. Los Milky Way y Snickers, importados por Mars, y los Huevos Kinder, importados por Ferrero, de Argentina, son los que más se venden”, dice Idalia Gómez, dueña de Abarrotes Gandhi en la Delegación Benito Juárez de la capital.

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Para el chocolate de mesa, más tradicional, las cosas no han funcionado tan bien. La marca Ibarra, quien disputa con el Chocolate Abuelita, de Nestlé, el liderato del rubro, planea crecer durante este año 10%, pero “sólo para recuperar el terreno perdido en 2002”, señala Jorge Castañeda Alva, gerente de Chocolatera de Jalisco, fabricante de la golosina.

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En dulces, las importaciones representan sólo 10% y en chicles 12%, según Noé Lecona, gerente de ANFCDS. “Ya vendemos productos de Brasil, Chile y Colombia, a veces hasta de Turquía y China”, comenta Francisco Rojas, de la bodega de dulces La Victoria, en la Central de Abastos del DF.

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¿Importar o no importar?
La principal arma de los productos foráneos es su menor costo de producción pero, en algunos casos, también han concurrido otros factores. “De Mars no nos podemos quejar: importa como debe ser. Ferrero, en cambio, trae muchos chocolates como si fueran galleta, por lo que paga 10% de arancel en vez del 23% que le correspondería”, acusa Lecona.

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Ese impuesto –23% en promedio– se cobra por el porcentaje de azúcar y cocoa contenidos en los chocolates importados de países ajenos a tratados comerciales. Sin embargo, “la tarifa está subvaluada porque no ha tomado en cuenta el incremento en el precio del azúcar. Encima, el cálculo de la proporción de azúcar en cada producto lo determina el propio importador y muchas veces resulta menor al que debería ser”, abunda Gallo, desde Jalisco.

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Sin contar el contrabando dulcero, productos de otros países entran legalmente a precios dumping. En Wal-Mart se venden 400 gramos de chocolate belga a $27 pesos, mientras que 368 gramos de Carlos V –fabricado en México por Nestlé– se venden a $38 pesos. “Esos precios [los de la golosina europea] son menores a los costos de producción”, se queja Lecona.

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A pesar de la competencia extranjera, los verdugos de los dulceros mexicanos son los ingenios nacionales, cuya producción no ha sido suficiente para abastecer las necesidades de este año.

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Con el azúcar escasa, entre junio de 2002 y el mismo mes de este año, los precios aumentaron 18%. Más tarde –de julio a agosto, cuando se presentó la escasez– se elevaron 15% más, de acuerdo con la ANFCDS.

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La situación del cacao no es mejor. Los permisos para importarlo –una vez que las regularmente insuficientes reservas nacionales se agotan– son difíciles de conseguir y llegan a destiempo, asegura Lecona.

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No resulta sorprendente que mientras en 2000 la balanza comercial del sector fue favorable a México, durante 2002 el valor de las importaciones superó casi en $15 millones de dólares a las exportaciones. Varias firmas nacionales contribuyeron a ello.

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 “Cada vez es más fácil vender dulces desde fuera. Si para los extranjeros es atractivo exportar a México, para los mexicanos, que ya tienen establecidos canales de distribución, lo es mucho más”, señala Coronado, de Grupo Lorena.

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Con productos foráneos o nacionales, los dulceros han aprovechado su gran ventaja: el chile. Gracias a éste, los empresarios mexicanos se han mantenido en el gusto local y han incursionado en el mercado hispano de Estados Unidos. Pero, ¿por cuánto tiempo mantendrán esa superioridad? Hace un par de años, la chocolatera estadounidense Mars adquirió la marca Lucas, un producto de chile en polvo que ya ha sustituido al añejo Miguelito.

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“En dos o tres años, si encontramos algún mecanismo para hacer competitivo el precio de la materia prima, veo una industria que va a generar una gran cantidad de empleo, porque las posibilidades de crecimiento son enormes. De lo contrario, seguirá el éxodo”, augura Gallo.

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La disyuntiva no es fácil. Eliminar los cupos de importación de azúcar sería un golpe mortal para los debilitados ingenios mexicanos, de los que dependen 50,000 trabajadores. Con ello se abriría paso a una industria que agrega valor, pero que ocupa sólo la mitad de los empleos. ¿A qué le apostará México?

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