Morraleros del mundo, unios

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Ricardo Medina Macías

Como no dijera Marx en el Manifiesto del Partido Comunista..."

- Así empieza la tesis de licenciatura de Rafael Sebastián Guillén, quien según todas las apariencias es el célebre subcomandante Marcos. Por supuesto, los admiradores y las admiradoras del comediante del sureste probablemente rechacen que su ídolo sea el mismo joven que en el otoño de 1980 escribió tal tesis.

- Es mas, el mismo subcomandante puede negarlo enfáticamente. Lo interesante seria, ahora, encontrar al licenciado en filosofía Guillén para que él niegue ser el encapuchado rompecorazones. Sin embargo, la prosa de la tesis de Guillén es tan semejante a la que ha popularizado el subcomandante como lo son dos huellas digitales de la misma persona.

- Por ejemplo, ¿quién cree usted que escribió: El que está libre de culpa que dispare el primer Gansito Marínela, ¿Guillén o Marcos?

- Lo importante es que hoy podría escribirse: "Como no dijo Marx en el Manifiesto del Partido Comunista y como tampoco dijo el pasante Guillén en su tesis, ni el subcomandante en sus creativos comunicados... morraleros del mundo unios."

- Los morraleros, según sesudas definiciones científicas, son los treintañeros y cuarentañeros que en sus mocedades hicieron del morral, del manual de Marta Harnecker sobre el materialismo dialéctico, de la retórica marxiana, de Gramsci, de Althusser, de Foucault, de la greña y del cine club, todo un estilo de vida.

- Algunos devinieron en yuppies al paso de los años, se calzaron los mocasines, se anudaron la corbata Hermes, se cortaron el cabello y hoy reniegan de ese pasado como de un pecado juvenil. Otros pocos aterrizaron en el gobierno y hoy despachan en secretarias o subsecretarias, desafiando a quienes los tildan de tecnócratas neoliberales.

- Muchos, menos esbeltos que antaño y un tanto calvos, mantienen la nostalgia por aquellos años y conservan los peculiares gustos morraleros beatificados añora como posiciones progresistas. Los que llevan esta nostalgia al extremo le siguen diciendo compañera a la esposa, atesoran sus experiencias con el psicoanálisis lacaniano, veneran al comandante Castro y lamentan el derrumbe de la Unión Soviética, casi con tanto dolor como el que los yuppies experimentan cuando pierden hasta la camisa en la bolsa de valores.

- Así, reviviendo nobles tradiciones sesenta y ocheras, el encapuchado del sureste ha congregado de nuevo a los morraleros. La última novedad del morralerismo de los años 90 es proclamar a los cuatro vientos: Yo también soy Marcos y denunciar el autoritarismo, las soluciones de fuerza, la cerrazón al diálogo. Por supuesto, ni siquiera se plantean la posibilidad de que su ídolo sea también autoritario, partidario de la violencia y cerrado al verdadero diálogo. Aunque eso, ante el bonito espectáculo de ver de nuevo juntos a los buenos morraleros de antaño, no parece tener importancia.

- No debe verse, sin embargo, como una afrenta este pálido bosquejo de los morraleros.

- Ya en serio, el morralerismo es una actitud ante la vida que abreva, en nobles y ricas tradiciones, por ejemplo en la ayuda desinteresada al prójimo y el desdén por la espantosa modernidad del dinero, que podría emparentarlos con San Francisco de Asís. El problema es que, enemigos jurados de todo lo que huela a tradición, los morraleros desconocen este tipo de raíces.

- Al perderse en Dios, dicen los que saben, los místicos se reencuentran en una vida mejor, por encima de las nimiedades. Al perderse en la colectividad, los morraleros se extravían en una moda tan adocenada como la de los yuppies.

- De esta forma, los morraleros son tan intercambiables como los yuppies: cuando conoces a uno, conociste, en lo esencial, a todos.

- No es raro que añora, nuevos y viejos morraleros, encuentren fascinantes leyendas como la de "Todos somos Marcos". Están equivocados: Clara es Clara, Juan es Juan, Gerardo es Gerardo y, aunque coincidan en ciertas filias y fobias, no merecen enajenarse en esa identificación absurda con una máscara y un seudónimo.

- Tal vez Clara vacila encantadoramente al cruzar una calle (traiga o no su morral al hombro), quizá Juan experimente una agradable exaltación ante ciertas puestas de sol y Gerardo tenga debilidad por los perros. Eso es lo mejor de ellos mismos, no el morral.

- El autor es egresado de la licenciatura en Comunicación de la Universidad Iberoamericana, periodista especializado en economía y finanzas y director editorial del diario El Economista.

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