Mucha competencia, poca colaboración

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Carlos Llano

El autor es miembro del consejo de la Comisión de Derechos Humanos del DF, presidente fundador del Consejo del IPADE y profesor de su Área de Factor Humano.

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En números anteriores de EXPANSIÓN hicimos ver la necesidad que tiene el empresario de asumir simultáneamente la tendencia globalizadora de los mercados y la contracción especialista de los servicios y productos. Igualmente, subrayamos el apremio actual de una disposición reconciliadora entre las vertientes humana y tecnocrática que conviven en la empresa. Pero el perfil del management abocado ya al siglo XXI debe incluir en su cultura otro carácter: la subordinación de la competencia a la colaboración.

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El hombre de empresa resaltaba hasta hace poco tiempo el talante competitivo de la vida. Estoy muy lejos de desmerecer esta característica insustituible en los negocios. Sin la competencia los procesos mercantiles se paralizarían. Pero nuestro error es elevar la competencia al lugar privilegiado de las relaciones humanas, convirtiendo así todos nuestros nexos individuales en transacciones mercantiles.

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No sobreviven entonces los más fuertes —como querría Darwin— sino los más violentos. La violencia, bajo el eufemismo de agresividad, se convierte así no sólo en la ley de la calle —del asalto, del secuestro— sino en el régimen de nuestras propias empresas.

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Max Weber manifestaba el carácter impersonal del mercado al afirmar que “cuando el mercado se abandona a su propia legalidad —la oferta y la demanda— no se conoce ninguna obligación de fraternidad ni de piedad, ninguna de las relaciones originarias de las que son portadoras las comunidades de carácter personal”.

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Este modo de hacer empresa, que arranca de -Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Adam Smith y, por paradójico que parezca, de los mismos Marx y Freud, parte de una concepción equívoca del hombre, según la cual éste es fundamentalmente egoísta. De modo que la sociabilidad es un fenómeno accidental y aleatorio del ser humano; el así -autodenominado presuntuosamente “realismo político” destaca tanto el -egocentrismo del gobernante como el del empresario, que se sirven de los demás como escalones para su éxito personal.

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Destouzos (Made in America) ha dictaminado seriamente, al estudiar los problemas en la industria del país aún más poderoso del mundo, que hay en él un exceso de competencia y un -déficit de cooperación, al punto de que muchos empresarios han atrofiado la innata capacidad de todo hombre para lograr metas comunes con los demás, porque sólo saben competir versus otros.

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¿Por qué hemos descarnado nuestras relaciones de negocios hasta proscribir en ellas lo más serio de la vida? ¿No es el momento de hacer compatible la vida de la empresa con una existencia verdaderamente humana, en donde nuestros auténticos valores no sólo no se marginan, sino que, al revés, dan aliento, vida y estímulo a todos nuestros trabajos profesionales, incluyendo los mercantiles?

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Quizá menos influidos por el modernismo occidental, los denominados tigres del Pacífico han retomado una concepción más auténtica del hombre, según la cual las relaciones personales, la sociabilidad y, por qué no decirlo, la solidaridad, no son meros -epifenómenos, estadios accidentales de la verdadera naturaleza humana, sino todo lo contrario: dimensiones específica y -auténticamente humanas. A pesar de lo aparentemente novedoso e ingenuo de esta postura, sus raíces se remontan hasta los albores de las visiones racionales del mundo. Ya Aristóteles había dicho que se podía ser feliz sin dinero y sin poder, pero no sin amigos.

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Hoy se sabe que el espionaje industrial, además de caro, tiene efectos a muy corto plazo; que una dirección que explota al trabajador pone en crisis la estabilidad de la empresa; que el manager y el trabajador en general no pueden vivir con una esquizofrenia de valores distintos entre la empresa y su hogar; que los conocimientos y la información pueden compartirse entre los competidores, en beneficio de todos.

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Dejemos de lado el análisis de la imposibilidad de un éxito profesional estable, de larga duración, utilizando a mi prójimo como escalón, y llevando una vida personal o familiar desintegrada. En el terreno meramente pragmático esta vuelta a lo clásico ha mostrado su éxito en empresas como Harley Davidson, Salomon Brothers, Hewlett Packard o Bimbo. El caso Harley Davidson para nuestro propósito es paradigmático, toda vez que no se hubieran repuesto de la agresiva competencia de Honda sin la cooperación de los centros financieros, del sindicato, de los proveedores, de los obreros con los ingenieros, y de éstos con el área contable.

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Es increíble que a estas alturas muchos empresarios sigan concibiendo que un clima de intimidación, inhospitalidad y ausencia de reconocimientos pueda -generar frutos positivos; concepción errónea no sólo por ser -antropológicamente falsa, sino también pragmáticamente miope. Si bien es cierto, pues, que la competencia es importante, la prioridad debe ponerse ahora en la colaboración.

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