Mujeres ejecutivas <br>Ellas cambian, lo

Se esforzaron como pocos, demostraron que la diferencia de sexo no es de capacidades y conquistaron

¿Quién no las ha visto? Son resueltas al caminar, visten con sobriedad y han dejado las joyas y los tocados para las escasas ocasiones sociales que permite el trabajo.

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No es un secreto: las mujeres ejecutivas tienen la fórmula. Con base en la permanente capacitación, cada vez alcanzan puestos de más alto nivel en las empresas, participan en la toma de -decisiones importantes y, mediante la eficiencia y capacidad de trabajo —libres ya, a decir de ellas mismas, de la explícita segregación de otros tiempos—, están haciendo aparecer como anacrónicos los viejos argumentos machistas que todavía circulan en las organizaciones -—su legado para quienes sigan sus pasos—.

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Las ejecutivas están más activas que nunca, librando “una batalla en todos los frentes”, dice María Luisa Tarrés, socióloga de El Colegio de México, quien hace algunos años dejó su actividad en la iniciativa privada y ahora se dedica a la investigación en temas relacionados con mujeres. En dos décadas la condición de la mujer ha cambiado mucho, señala, en parte porque ellas han inducido ese cambio, aunque también debido a transformaciones que están más allá de su control —pero que están dispuestas a aprovechar al -máximo—.

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Un avance demográfico, como es la reducción a tres en el promedio de hijos por cada hogar mexicano, le ha venido muy bien a la mujer mexicana. En 1970, cuando el promedio era de siete hijos, procurar la educación de todos ellos le tomaba a cada madre 23 años de su vida, según cálculos de Tarrés. Eso es impensable actualmente por la cantidad de cosas que hace día a día y el ritmo con que lo consigue.

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El tiempo ganado en el hogar lo dedica a sí misma, a estudiar y trabajar, a pesar de que con ello desafía una -tradición milenaria que la confina a la procreación, al cuidado de sus hijos y a la atención de su pareja. En 15 años, las mujeres han logrado progresos más importantes que los hombres tanto en la matrícula de las universidades como en las escuelas de educación básica. De los alumnos que en 1980 estaban inscritos en una carrera de licenciatura, 30% eran mujeres; 15 años más tarde, ese porcentaje se elevó a 45% a nivel nacional.

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Pero no sólo se trata de conquistas cuantitativas. En México, como en otras partes del mundo, su desempeño escolar está siendo mejor que el de los varones, lo que lleva a pensar que el éxito de las mujeres no es flor de un día. Del ITESM campus Estado de México, uno de los centros de educación superior en México orientado a preparar a sus estudiantes en alta dirección de empresas, egresaron 418 mujeres en 1995, contra 601 varones.

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Aunque los hombres han incursionado en carreras y especialidades en otro tiempo consideradas como eminentemente femeninas, quienes más han contribuido a desdibujar la frontera sexual en licenciaturas y posgrados son las mujeres. Marcela Navarro es gerente de tesorería de -Compaq, una firma de computación que se mueve en un área que ella define como “muy competitiva y muy de hombres”, pero en la que no ve obstáculos para que una mujer llegue hasta la cumbre.

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Hace tiempo que ellas se aventuran en áreas antes vistas como inhóspitas para su género. De hecho, Compaq de México está dirigida por una mujer con licenciatura en -Informática. Pero también los testimonios acerca de mujeres ingenieras que se introducen en el trajín de calderas y máquinas pesadas bajo la mirada -desconfiada de los obreros se escuchan con más frecuencia. Sin embargo, es sobre todo en las áreas administrativas, de -mercadotecnia, ventas y de relaciones públicas donde su presencia es incluso superior a la de los hombres.

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Ellas perciben que, por otro lado, a este desbordamiento de los roles -tradicionales en el trabajo contribuye el hecho de que actualmente a los jóvenes —a diferencia de los hombres más viejos— no les importa tanto tener a un hombre o a una mujer como jefe, sino aprender.

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El punto contundente es que, desde el momento en que ellas rebasaron el umbral de las actividades asistenciales, el puesto secretarial como símbolo -femenino en la oficina se volvió obsoleto. La mayoría de las ejecutivas están -precedidas de un proyecto de ascenso social: están haciendo su estatus, dice Tarrés.

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Un movimiento social convertido en prisas
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Como muchos hombres, las mujeres ejecutivas tuvieron su primer empleo antes de terminar su carrera -universitaria —contratadas en puestos de nivel bajo o medio, generalmente como auxiliares—. Sólo que, a diferencia de ellos, que al llegar suelen ser vistos como nuevos y prometedores valores para las compañías, a ellas se les percibe como un beneficio efímero, que terminará al llegar el momento del matrimonio.

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Demostrar que pueden ser más que sólo esposas les ha exigido un gran esfuerzo cotidiano —la llamada doble jornada: en el trabajo a la vez que en el hogar—, que por sí mismas hicieron posible aprovechando las conquistas de otras mujeres que, desde hace -aproximadamente un siglo, han venido ampliando los derechos políticos y sociales femeninos.

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Adquirido el derecho a votar, emergió el movimiento feminista para reclamar los derechos de la mujer sobre su propio cuerpo: reproducción, sexualidad, además de su participación en la vida -pública. A partir de entonces, los planteamientos teóricos hechos por las mujeres traen un sello propio de su género, es decir, están dirigidos contra las que consideran son las más importantes -inequidades que padecen en diferentes ámbitos de la vida entre hombres y mujeres: propuestas en relación con el derecho al trabajo, seguridad social y otros cambios legales, explica Lorena Careaga, psicóloga social del Programa Universitario Estudios de Género de la UNAM.

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Aunque de lo que más se preocupa una mujer ejecutiva actualmente es de su tiempo y no de movimiento social alguno, es claro que su educación (escolar cuando menos) fue más proclive a la igualdad entre hombres y mujeres que la de sus antecesoras.

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Pero dado que el intercambio de roles entre hombres y mujeres no ha ocurrido efectivamente en ningún lugar del mundo, de acuerdo con los expertos, la mujer que trabaja ha tenido que convertirse en una buena administradora de su tiempo, precisamente para compensar ese desequilibrio. En el trabajo, la desconfianza en su capacidad la obliga a capacitarse permanentemente, a trabajar tantas horas como sean necesarias, a aceptar todos los compromisos de trabajo adicionales al tiempo que pasan en la oficina y, con cierta frecuencia, a aceptar un sueldo inferior al de hombres que tienen el mismo nivel: deben contradecir a quienes piensan que contratar a una mujer tiene demasiados inconvenientes.

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Mary Vargas así lo hizo. En los primeros años de edad de sus dos hijas debía levantarse a las cinco de la mañana, para darse el tiempo necesario para preparar lo que ellas iban a requerir durante el día. “Es un verdadero arte”, dice. Actualmente, ella es la responsable del área de Finanzas de Grupo Axis, el quinto cargo desempeñado en la empresa a la que ingresó hace 27 años. Su marido, también financiero, sugirió que dejara de trabajar o bien que lo hiciera de tiempo parcial, y así poder atender simultáneamente el hogar. A fin de cuentas, dijo él, económicamente ya estaban bien y no pasaría nada si el ingreso de ella dejaba de llegar al hogar.

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Pero Vargas, con una trayectoria elogiosa en Axis, a donde ingresó como auxiliar de contabilidad, no sólo estaba pensando en su sueldo, sino que ante todo se sentía complacida de demostrarse y demostrar a los demás sus capacidades profesionales para ocupar un cargo ejecutivo.

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¿Dónde están los hombres?
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Como en el caso de Vargas, en la agenda de la ocupada mujer ejecutiva aún queda un pendiente: hacer compatible el hogar y la oficina. No son pocas las que reconocen que los logros profesionales tuvieron un alto costo personal, que se puede resumir en el hecho de que no lograron darse una vida de pareja satisfactoria. Divorcios, soltería, relación conyugal distante, matrimonios después de terminada la edad fértil, relaciones amorosas efímeras...

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Para conjugar su vida personal con el proyecto de movilidad social que las motiva a seguir en la empresa, las -mujeres ejecutivas requieren, dice Tarrés, de una pareja que comparta su proyecto. No encontrarlo es uno de los motivos de muchos divorcios. Por eso, “lo más común” es autoimponerse límites a su preparación —algo con lo que la socióloga se ha encontrado con frecuencia en Monterrey, donde ha realizado algunas de sus investigaciones—, aunque también hay quienes optan por seguir adelante por sí mismas con sus planes profesionales, pese a que eso -implique posponer los de carácter personal. Entre las empresarias, por ejemplo, también “suele haber un alto índice de mujeres -no-unidas (viudas, divorciadas o solteras)”, escribe Gina Zabludovsky, investigadora de la UNAM, en su ensayo Mujeres ejecutivas y empresarias en México. Entre 1991 y 1992 la investigadora encontró que esos casos representaban 49.4% en el país.

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¿Qué impulsa a las mujeres ejecutivas a romper con un rol social tan sólidamente establecido?, se cuestiona Tarrés. Ella piensa que la respuesta tiene que ver con el hecho de que la mujer se compromete mucho con su trabajo, a que en cada problema que deben resolver se juegan todo. “Son personas con una gran autoestima, muy seguras de sí mismas”, que además les gusta que la gente conozca sus logros.

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Pero precisamente ese reconocimiento es una de las cosas en que no han tenido mucho éxito, sobre todo en cuanto a los hombres. El esposo de Vargas no parecía darse cuenta del orgullo de su mujer por su cargo ejecutivo, y si lo hizo nunca lo reconoció. El divorcio se consumó, y los dos fueron consecuentes con su decisión. Ella, gracias a la ayuda de sus padres, se sometió a las exigencias de tiempo y dedicación de su nuevo cargo, y él, “que siempre fue un buen padre”, cumplió con todas sus responsabilidades respecto de sus hijas.

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Del divorcio de Vargas ya pasaron nueve años. Actualmente su situación en la empresa es estable, como en general lo han sido los 27 años de ininterrumpida actividad profesional, con sus innumerables juntas y viajes de trabajo que le han permitido “conocer mucha gente y lugares interesantes”. Axis —holding de empresas dedicadas al diseño, ingeniería y fabricación de plantas industriales y equipos -termodinámicos, que factura unos $20 millones de dólares— es hoy una compañía financieramente -estable, una vez superado el desajuste que significó la crisis, lo que para ella se traduce ahora en mayores márgenes de libertad.

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Es por eso por lo que más apostó, pero Vargas no se siente del todo satisfecha. “No estoy tan segura de que sea esto lo que quería para mí”, acepta. Además de atender a sus dos hijas (12 y 22 años) y tener las ocupaciones cotidianas “de cualquier mujer”, siente que su trabajo ya no es para ella lo que fue en los tiempos de la separación, en que le apasionaba como pocas cosas. Ahora su actividad profesional es como una bola de nieve que no sabe cuándo podrá detener.

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A Vargas la asaltan las dudas. “No sé si valió la pena haber terminado mi matrimonio”, dice. Tampoco está segura de haberle dedicado el tiempo suficiente a su hija mayor. Tiene la sensación de que dejó ir momentos valiosos que pudo pasar al lado de ella, que ahora también está pasando por un momento decisivo. Hasta hace poco tiempo, su plan central era ir a estudiar una maestría en Administración en alguna universidad de Estados Unidos o de Europa; sin embargo, ya también está considerando la opción de convertirse en mujer de hogar. El proyecto de casarse ha hecho que la decisión sobre su futuro ahora sea cuestión de dos.

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Mientras que a los hombres no les implica ningún esfuerzo excepcional conjugar su vida laboral y familiar, puesto que la sociedad ha establecido gran parte de sus convenciones conforme a ello, para las mujeres esos dos ámbitos suelen ser excluyentes por las exigencias que cada uno le hace. Ni las empresas ni la familia ni la sociedad han hecho ningún cambio importante en función de las nuevas aspiraciones profesionales de la mujer.

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Es la misma encrucijada la que en apariencia no deja espacio de maniobra a las mujeres ejecutivas.

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El estilo femenino
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Eso es parcialmente cierto. En realidad, sí tienen un cierto margen de maniobra. Ellas mismas se lo han hecho.

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Algunas ejecutivas, explica Tarrés, hacen uso de sus habilidades para convencer a sus jefes de que es más -productivo que la empresa las apoye en tareas domésticas, como hacer las compras y recoger los niños de la escuela, a que lo hagan ellas mismas.

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Tratan de hacer conciencia entre los trabajadores, hombres y mujeres, de la importancia de la familia para sus vidas, incluso desde el punto de vista del ren­dimiento en el trabajo. Hacen todo lo posible para llevarse el trabajo a casa.

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Cuando esto es imposible, se apoyan en un familiar, generalmente la madre, para el buen funcionamiento del hogar. O bien, cuando sus ingresos son realmente altos, contratan personal para el hogar, que así se convierte en una -pequeña empresa, costosa, que ellas personalmente administran, pero que les da la tranquilidad que necesitan mientras están fuera de casa.

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Para lograr todo esto se necesita tener aliados. La mujer tiene algunos. De acuerdo con ellas mismas, su estilo directivo es más horizontal que en el caso de los hombres, y sus decisiones buscan tener el acuerdo previo de los -involucrados. “Somos mejores negociadoras que los hombres —suelen decir— y no nos importa compartir los créditos de lo que hacemos”.

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En la empresa las mujeres buscan la relación con otras personas antes que alcanzar el poder, escribió hace un par de décadas Nancy Chodorow, académica estadounidense citada en el artículo de Zabludovsky. Esto explicaría, de acuerdo con los sociólogos, la inclinación de las mujeres por dirigir áreas afines a las relaciones públicas.

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Pero también hay quienes encuentran en esa afición el elemento emocional —que en las mujeres, se dice, es mayor al de los hombres—, así como un carácter extrovertido, que en el trabajo les ayuda a compensar la falta de tiempo fuera de oficina para convivir con colegas, jefes y subordinados.

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Tere Vargas tiene confianza en que tarde o temprano llegará a México una tendencia que se abre camino en Estados Unidos: que los empleados puedan trabajar para las empresas desde su propia casa, lo que se conoce como la oficina virtual. La importancia de eso, para la directora de Mercadotecnia y Publicidad de El Palacio de Hierro, radica en que va acorde con el cambio de mentalidad ocurrido entre las mujeres ejecutivas, que hace unos 20 años consideraban al trabajo por encima de todas las cosas. Ahora, dice, se ha comprendido que esa creencia daña la vida personal y social, porque la mujer deja de nutrir a la sociedad de valores importantes para, por ejemplo, la familia. Sin embargo, para que esa tendencia funcione en México ella espera más de la tecnología que de las empresas, que por lo general se niegan a adoptar tales esquemas.

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Por lo pronto, y si así están las cosas en la oficina, serán los valores los que, a juicio de las ejecutivas, seguirán actuando para lograr la compensación emocional a toda una vida de trabajo. Rosa Aurora Badllori, gerente ejecutiva y miembro vitalicio de Executive Women International (Asociación Internacional de Mujeres Ejecutivas) que reúne a ejecutivas que representan a empresas de diversos giros y promueve su competitividad y la de sus productos, está convencida de que llegado el momento del retiro (es propietaria de una empresa de promocionales e impresos) hará obra social con niños necesitados.

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Si en este momento estuvieran terminando la universidad, ¿qué cambios harían en el modo como han llevado sus vidas? “Equilibraríamos lo profesional con lo personal”, responden.

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