Muy lejos del caos

Cuánto se ha hablado del problema informático del año 2000. Aunque son más los mitos que las rea
Mónica Mistretta

Faltan escasos meses para el fin del milenio y, con ello, se hace inminente el salto informático del que todo el mundo en la industria y los negocios está enterado. Como ocurre con muchos otros temas especializados que por alguna razón alcanzan el interés del público general, el fenómeno se ha prestado a innumerables conjeturas y supercherías.

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El peor papel lo hacen algunos medios que, amparándose en la ignorancia de su auditorio, especulan con escenarios poco menos que catastrofistas en los que, de la noche a la mañana, se suspenderán los servicios básicos de luz y telefonía y se caerán los sistemas de los bancos, los aeropuertos y las líneas aéreas.

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Si se tomaran en serio esos pronósticos, la idea es que el sábado primero de enero del 2000 los aviones caerán como moscas o aterrizarán en medio de las carreteras, las tarjetas de crédito cargarán a sus usuarios un siglo de intereses moratorios y las computadoras de Hacienda se lanzarán como locas a reclamar declaraciones del IVA no presentadas en forma oportuna (y de empresas que quizá ya ni existen).

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Es natural que ocurran estas exageraciones, porque a muchos medios de información les conviene más mantener al auditorio en vilo que tranquilizarlo y decirle que nada grave pasará. Lo cierto es que, dígase lo que se diga, no hay ninguna razón para almacenar agua, latas o baterías, para retirar los ahorros de los bancos o para prepararse para una especie de apocalipsis. Si los periodistas y consultores que hacen esas recomendaciones verificaran con los directores de sistemas de sus propias empresas, éstos seguramente les dirían que no hay de qué preocuparse y que han trabajado desde hace años para asegurar la continuidad de las transmisiones y las comunicaciones vía satélite. Los periodistas alarmistas ni siquiera tienen que preocuparse por sus quincenas, ni los consultores de sus honorarios, que seguirán fluyendo en forma normal.

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Dicho en pocas palabras, la lógica sale siempre al frente: las grandes empresas y organizaciones públicas y privadas, cuyos sistemas son críticos para el mantenimiento de la vida cotidiana y los negocios, tienen profesionales preparados, equipos modernos y proveedores atentos, y han estado sometidos a intenso escrutinio por parte de sus corporativos, sus clientes y proveedores, e incluso por la Comisión Nacional para la Conversión Informática Año 2000 (CONACI), que está bajo la órbita del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), el cual ha instrumentado una variada gama de estrategias de divulgación, apoyo y asesoría. A la gente que está en áreas de sistemas y redes, y en contacto con la tecnología informática, el problema del año 2000 no le hubiera pasado desapercibido de ninguna manera.

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Carlos M. Jarque, quien luego fuera removido de su cargo en ambos organismos, declara tajante: “El mensaje que quiero dejar claro es que el problema se ha venido atendiendo de modo que los servicios estratégicos del país funcionen con la misma eficacia con que operan hoy día; es decir, ni con más ni con menos.”

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El funcionario asegura que el sector público invirtió alrededor de $1,800 millones de pesos y una fuerza de 7,500 profesionales para alistar el universo de sus 290,000 equipos de cómputo. Y si hay que abrir un paraguas, Jarque tiene uno: “Como país, tenemos ventajas competitivas. No se anticipan problemas mayores en los servicios de energía, transporte, telecomunicaciones, de Petróleos Mexicanos, etcétera, aunque tampoco podemos garantizar 100% que no habrá absolutamente ninguna falla, ya que hay servicios que dependen de otros territorios.”

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Aunque algunos analistas tienen una posición menos optimista y vaticinan cierto número de fallas localizadas, de pequeña a mediana severidad, todo apunta a que la afectación de la sociedad será mínima.

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De empresas y proveedores
Un ejemplo llamativo es el de Telmex, empresa sobre la que están puestas muchas miradas de desconfianza. No hay de qué preocuparse. Esta empresa terminó la conversión de sus equipos críticos en diciembre de 1998, debido a que el primer día de enero de 1999 era una fecha de alto riesgo. Durante los primeros meses de este año terminó la revisión, ajuste y prueba de todas las demás instalaciones, y en mayo pasado informó, a través de anuncios en medios impresos y electrónicos, que su proyecto para el año 2000 había concluido.

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Ni siquiera se trató de un asunto interno: junto con media docena de carriers de Estados Unidos y Europa, Telmex montó una red telefónica de larga distancia paralela a la existente, y durante varios días probó todas las fechas críticas hasta asegurarse de que los sistemas de interconexión entre las empresas eran eficaces. El líder del proyecto, Alfredo Guadarrama, explica que una ventaja adicional para garantizar la continuidad de los servicios es que la red de Telmex ha sido digitalizada y actualizada en años recientes, con una inversión de alrededor de $14,000 millones de dólares, y que todos esos equipos son compatibles con año 2000. Ni siquiera puede esperarse que fallas en el suministro de electricidad de algunas localidades de provincia pudieran afectar el servicio telefónico, porque, aseguró, todas las centrales tienen plantas de emergencia o baterías de respaldo.

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No es algo que se haya construido para esta eventualidad: los respaldos forman parte integral de las instalaciones y se activan en forma rutinaria cuando hay fallas en la conducción eléctrica o por caída de torres y líneas durante tormentas y otros fenómenos climáticos. Los voceros de Telmex señalan que la del año 2000 no es la única contingencia para la que están preparados, y que por lo mismo monitorean en forma permanente el estado del tiempo, la evolución de tornados y hasta la actividad del volcán Popocatépetl.

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Un cuadro similar podría aplicarse a la Comisión Federal de Electricidad, Pemex, Dirección de Aduanas, Secretaría de Hacienda, Banco de México, Aeropuertos y Servicios Auxiliares, al sector bancario y financiero, etcétera.

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En el sector privado la situación es parecida. La totalidad de las grandes empresas será compatible con el cambio de siglo para estas fechas, y si los departamentos de sistemas siguen trabajando todavía es para afinar los llamados “planes de contingencia”, basados en supuestos de “qué pasaría si…”, y que involucran tanto sus operaciones internas como las de sus clientes y proveedores.

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Un caso interesante es el de Transmisiones TSP, una empresa de Spicer (filial de Unik) que fabrica transmisiones para camiones y autobuses en Pedro Escobedo, Querétaro, y que surte a armadoras como Kenworth, Dina, Navistar, masa, Volvo y Mercedes-Benz en México y Estados Unidos.

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Los responsables del programa Y2K en TSP explican que su misión se centró en dos áreas básicas: procesos y abastecimientos. Para la primera se inventariaron y revisaron todos los equipos, computadoras y máquinas instaladas en la planta, porque muchas de ellas –sobre todo las llamadas CNC o de control numérico– tienen timers o programas que toman o utilizan fechas. Algunas piezas del equipo que no eran funcionales se corrigieron o reemplazaron y a mediados de este año la tarea principal, incluyendo las pruebas, había finalizado.

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Lo que siguió fue la preparación de planes de contingencia, respaldo de programas para reconfigurar equipos que tuvieran fallas, e incluso la búsqueda de técnicos o asesores externos que, en caso de una situación grave, pudieran reparar o echar a andar alguna máquina o proceso. Incluso se consideraron las alternativas para la reubicación de procesos fallidos que pudieran realizarse en otras líneas o con terceros, para no interrumpir la producción. La otra tarea fue con sus más de 250 proveedores en México y el extranjero, de quienes depende la continuidad de las operaciones. Se les enviaron encuestas y se contactaron en forma personal para asegurarse de que estaban conscientes del problema Y2K, que estaban haciendo su tarea y de que podían garantizar sus servicios o productos.

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Esteban Valera y María de Lourdes Urbiola, dos integrantes del equipo, reconocen que no todos los proveedores actuaron con la misma diligencia, y que hubo quienes se ampararon en la confidencialidad para no sincerarse respecto de sus trabajos. En algunos casos, esta negativa sirvió para levantar sospechas sobre la lealtad del fabricante y por lo menos activó una señal para pensar en un proveedor alterno o sustituto. La gente de TSP no paró en minucias: ante la remota posibilidad de que se suspendiera el suministro de gas para sus hornos, firmaron un contrato con una gasera local que se comprometió, en caso de ser necesario, a surtir 10 pipas diarias hasta que se restableciera el hipotético fallo de Pemex.

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El sector financiero es uno de los más avanzados, a pesar de que oficialmente ningún banco esté autorizado a presumirlo, por instrucciones de la Comisión Nacional Bancaria.

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El dinero está seguro
Entrevistado al respecto, el titular de infraestructura de sistemas de uno de los grandes bancos nacionales,  pero que por las razones ya esgrimidas no puede dar su nombre, afirma: “Fue una gran pesadilla pero, organizada, nos permitió convertirla en una gran bendición, ya que pudimos ordenar la casa. En lugar de frenarnos, esto nos aceleró, pudimos revisar muchas líneas de código y cientos de sistemas.”

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El proyecto al interior de esta institución incluyó la conformación de un equipo directivo, un equipo interdisciplinario, una estrategia de transformación selectiva, la ejecución del proyecto, así como su validación y comunicación. La tarea fue titánica: en total se intervinieron 2,000 familias de hardware, desde PC hasta equipos de aire acondicionado. Con un inventario por arriba de 165,000 equipos individuales, se revisaron 55,000 para hacerles modificaciones y se corrigieron varias docenas de millones de líneas de código. En el clímax del proyecto participaron 1,900 personas, pero en forma rutinaria el número era del orden de 300.

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“Nuestra inversión fue alta, pero representa una fracción pequeña de lo que la competencia dice que ha gastado. La razón es que empezamos antes, teníamos control de los sistemas y el esquema del banco es modular, permitiendo que el número de correcciones fuera proporcionalmente menor”, comenta el ejecutivo, quien informa que el gasto ascendió a $20 millones de dólares, o una tercera parte de los $60 que afirma haber gastado su competencia.

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La tarea no ha terminado. El entrevistado señala que han realizado todo tipo de simulacros para garantizar que la información que el banco procesa sea correcta y evitar la entrada de datos que pudieran resultar incompatibles.

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Comenta que los planes de contingencia toman en cuenta fallas en la infraestructura básica, como la del suministro de energía eléctrica y las comunicaciones telefónicas. “Hemos dotado a nuestros centros de cómputo de plantas con base en diesel y gasolina, para que funcionen sin energía eléctrica cuando menos una semana. En cuanto a teléfonos, contamos con un respaldo satelital y líneas de Avantel y Telmex para los enlaces principales”, añade.

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No será necesario que los directivos de sistemas dejen de disfrutar de los festejos de fin de año. Al menos, ese es el caso de este ejecutivo, quien no pretende estar en vela el 3 de enero, una fecha crucial.

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“Más que una cultura de preocupación, estamos tratando de implantar una cultura de prevención. Es muy probable que no sea necesario que yo venga a trabajar. Bastará con una llamada telefónica para corroborar que todo está bien”, afirma.

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Dónde está el problema
La misma lógica explica que las dificultades que pudieran derivarse de este fenómeno único sólo afectarán a las empresas pequeñas y micro que están aisladas de las grandes cadenas de abastecimiento, porque en caso contrario alguno de sus clientes importantes ya se hubiera ocupado de orientarlas y asegurarse de que le seguirán proveyendo en forma normal.

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La mayoría de esas pequeñas empresas no tiene redes o son muy pequeñas, y en muchas ocasiones las computadoras se utilizan para llevar nóminas, contabilidad o facturación, actividades que en el peor de los casos, y dado su tamaño, se pueden hacer temporalmente en forma manual. Cualquier falla que pudiera ocurrir en ese tipo de empresas tendrá, entonces, escaso o nulo efecto sobre las operaciones normales de la economía.

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En el sector público probablemente ocurra lo mismo. Las grandes oficinas y estructuras con sistemas informáticos sólidos pasarán la prueba sin problema. Los que queden rezagados serán municipios y algunas oficinas estatales cuya parálisis transitoria no impacta procesos vitales.

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De manera que no es necesario sumarse a los apocalípticos y acaparar provisiones como si se tratara de un nuevo Mad Max. No pueden descartarse fallas menores de las que, de nueva cuenta, los medios tratarán de sacar partido. La verdad es que lo más seguro es que el cambio de milenio sea lo que nunca debió dejar de ser: una gran fiesta para pasarla en grande. Nada más.

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La autora es directora general de Netmedia Publishing, editora de Información Week México.

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