México: maquilado y maquillado

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El gobierno mexicano parece tener resuelta la disyuntiva del crecimiento: las exportaciones serán el combustible del desarrollo económico.

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Suena bien. Sobre todo cuando se observan las cifras del comercio exterior, que comprueban una dinámica alcista en las ventas foráneas. Mejor aún: la industria manufacturera es la que registró los mayores índices de crecimiento en el primer semestre de este año.

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Lástima que casi 50% de los ingresos globales de las exportaciones manufactureras hayan sido aportados por las maquiladoras. Es decir, una parte sustantiva de las exportaciones no son más que un espejismo, porque la estrategia gubernamental (o más bien, la falta de ella) en este rubro ha impedido el desarrollo de cadenas de proveedores nacionales y el consecuente valor agregado, que indudablemente debe ir más allá del pago de nóminas y servicios (a lo que se limitan las plantas maquiladoras en México).

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La maquila no es, en sí, panacea absoluta o tumor maligno. Este sistema de producción fue, de hecho, la base del desarrollo industrial de Japón y de los tigres asiáticos. Pero lo que se olvida fácilmente es que estas naciones jamás se limitaron a ser proveedores de terrenos, servicios y mano de obra baratos; más bien, se dedicaron a absorber tecnologías y desarrollar cadenas de proveedores nacionales. Ahí está la abismal diferencia con México. En este país, pareciera que los desmemoriados funcionarios olvidaron que los beneficios reales de un esquema de maquila no son la simple generación de valor agregado en la mano de obra, sino multiplicarlo mediante la incorporación de insumos de origen nacional. ¿No es patético que, luego de dos décadas de adoptar la estrategia maquiladora, el contenido mexicano de los productos finales de estas plantas no rebase el 2% en promedio?

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En el pecado está la penitencia. Como muchas otras políticas adoptadas por el gobierno, la de la maquila evidencia ampliamente la falta de visión de largo plazo ya característica de la alta burocracia mexicana: la apertura comercial indiscriminada, junto con la ausencia de una política de fomento a la planta industrial nacional y la sobrevaluación del tipo de cambio, provocó que la industria mexicana dejara de ser una cadena integrada, para convertirse en islas de ensamble de insumos importados. He ahí la cruel paradoja: en lugar de aprovechar a las maquiladoras para desarrollar una industria competitiva, se destruyeron las cadenas productivas para convertir a la planta industrial en maquiladora.

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Ciertamente, la política cambiaria vigente debería desalentar la importación de insumos, pero el margen de subvaluación del peso ya se ha perdido y, por tanto, las importaciones han vuelto por sus fueros. Aunque, más allá de la paridad, si las maquiladoras no integran más componentes mexicanos es porque no encuentran (o no saben cómo buscar) en México la calidad, el precio y los tiempos de entrega que requieren. Si bien el gobierno ya ha comenzado a organizar foros de encuentro entre plantas y proveedores locales potenciales, queda por ver la efectividad de ese programa así como el otorgamiento de apoyos financieros para que las pequeñas y medianas empresas se incorporen al modelo exportador. Sólo así podremos hablar de crecimiento económico real.

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