México SA de CV. Mundo de juguete

¿Quiénes son los dueños de esta empresa?

No sé qué filósofo dice que, en el acto de mirar a otra persona, ésta deja de ser para nosotros un prójimo y se convierte en cosa, en un mero objeto sin libertad ni capacidad de decisión. No puedo imaginarme de dónde sacó tal ocurrencia una persona tan instruida. Seguro, el pobre era feo como para pegarle a su mamá. Pero también les apuesto lo que quieran a que, en algún momento de su vida, trabajó en una empresa familiar y lo obligaron a asistir a uno de esos actos en los que los empleados son presentados en masa a los dueños, como si fuéramos aspirantes a reinas de belleza que van por la pasarela o, peor aún, ganado en engorda que va a ser subastado al mejor postor.

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Menciono esto porque vengo llegando de uno de esos actos (también conocidos, vulgarmente, como “besamanos”, quién sabe por qué), en donde me sentí cosa, objeto, parte del inventario. Sin embargo, no toda la empresa tuvo que acudir, sino sólo los que trabajamos en la misma área. El pretexto fue que nos presentarían con el nuevo vicepresidente: un chamaquito recién desempacado de Boston –estudió su maestría en administración en Harvard, ni más ni menos– y que, por si fuera poco, resulta ser el primogénito de nuestro presidente de Consejo, director general y guía espiritual.

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Caray, ¡qué suerte la de algunos! De veras... Hay, aunque no me lo crean, personas en este mundo que nunca deberán preocuparse por buscar un trabajo, hacer curriculum vitae, acudir a entrevistas de trabajo y llevarse un chasco luego de solicitar un aumento. Ustedes dirán que hablo llevado por la envidia, pero no, ni tanto. Creo que hay frustraciones en esta vida que hay que sufrirlas, para luego saber valorar lo que se tiene. La bronca es cuando pasa el tiempo y se tiene poco o casi nada.

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Encima, hay que darle coba a un muchachito que por más que habla y habla, no pierde ese tonito de personaje de Mundo de juguete, que invariablemente remata con los “¿de veeraaas?”, los “súuuper” y los “¡quéee poocaaa!, ¿eeeh?” Tengo para mí que con esa prolongación fónica de las vocales intentan echar afuera el pedazo de papa que se les atoró y les impide abrir bien su boquita para vocalizar como Dios manda.

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En fin, que tenemos nuevo jefe. El más entusiasmado es “el nuevo”, pues asegura que él y el flamante VP son “brothers desde chavitos”. Lo dijo con tal seguridad, que picó mi curiosidad (y también encendió algunas alarmas: ya lo interrogué y me dijo, muy ufano, que estuvieron juntos en el mismo grupo de preescolar, así que ya no estoy preocupado).

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Pues bueno, a ver cómo nos va. Por lo pronto, el incidente me puso a pensar, sobre todo ahora con las campañas políticas y algunas declaraciones de los candidotes... perdón, de los candidatos. Imaginemos que el país es una gran empresa. En la cúspide estaría el chief executive officer (o CEO; llamarlo presidente ya sería redundante).

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Debajo, encontraríamos a los vicepresidentes, directores generales, los miembros del consejo. Más abajo, los subdirectores, los gerentes generales, los directores de área, etcétera. Un poco más abajo, los subgerentes, gerentes junior, jefes de departamento. Ya hacía la base de la pirámide, estarían los obreros, ayudantes, afanadores y el poli de la entrada.

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Agreguen, quiten, reorganicen, da igual. No cuesta nada imaginarse que el país es como una gran corporación que abarca a todos, incluso a los que no trabajan directamente para la empresa pero que dependen de ella: los del puesto de jugos de la esquina, la seño de la fonda, el de los cigarros y el bolero.

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Va mi pregunta: ¿quiénes son los dueños de esta empresa? Piénsenlo bien. No me vengan con argumentos patrioteros, dignos de la más insultante psicología light. No se engañen: los dueños son el CEO, los Miembros del Consejo de Administración, los VPS y los ex funcionarios de alto rango ya retirados (incluyendo a los ex CEOS). Tienen opción a acciones y son propietarios soberanos de los activos. El resto ni pintamos en la escena, cargamos (indirectamente) con las deudas y encima tenemos que reportarle a un cuate que vive con el pedazo de papa trabado en el pescuezo.

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Pero no se preocupen: nada es para siempre, las cosas pueden cambiar.

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