México y Estados Unidos

La falta de estrategias encontradas impide potenciar las vertientes positivas de la vecindad en mate
Alfonso Zárate*

Poco a poco, pero de manera evidente, se ha ido diluyendo la relación especial que perfilaban la alternancia y las afinidades (más allá del gusto por las botas, los ranchos y la precariedad cultural) de los presidentes George W. Bush y Vicente Fox; la luna de miel ha sido trastocada por distintos factores.

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Mientras la administración del mandatario de Estados Unidos impone su nueva doctrina –“el que no está conmigo está contra mí”– y avanzan los preparativos para la incursión militar en Irak, el gobierno mexicano y su agenda (con todo y enchilada) pasan a segundo plano dentro de las prioridades del imperio.

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Es cierto, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 volvieron efímera la definición estratégica de la Casa Blanca: México como prioridad de la política estadounidense. Pero no recae exclusivamente en los ataques la responsabilidad de descomponer la compleja relación. Una diplomacia titubeante en Tlatelolco, ayuna de diseño estratégico, ha contribuido a contaminar la relación.

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Contradicciones, excesos y vacilaciones han enviado desde México señales encontradas al gobierno de la unión americana: la lentitud para ofrecer el pésame del pueblo y el gobierno de México a sus contrapartes de Estados Unidos después del martes negro; la cancelación del viaje del presidente Fox a Texas como señal de repudio por la ejecución de Javier Suárez Medina, un mexicano confeso de homicidio y narcotráfico; la tensión derivada del incumplimiento del tratado sobre el agua...

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La negativa mexicana de apoyar sin reservas la postura del vecino país del norte en el Consejo de Seguridad de la ONU en torno al asunto de Irak fastidió a Bush y enfureció a los sectores más belicistas y prepotentes de esa nación. The Wall Street Journal calificó al gobierno mexicano, en un texto amenazante, como “amigo de Sadam”.

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Mientras todo esto ocurre, no se percibe en la cancillería nacional el diseño de una estrategia para superar, con inteligencia y claro sentido del interés, ese impasse en las relaciones, buscando nuevos mecanismos de negociación de la agenda y vías alternas que eviten darle la razón a un editorial recientemente aparecido en The New York Times: “Distant neighbours, again.”

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Entre señales encontradas, lo que no ha cambiado es la complejidad de la agenda bilateral llena de aristas: el conflicto por el agua, el maltrato e incluso la cacería de mexicanos en la frontera, el bloqueo a nuestros transportistas...

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No esperamos abrazos y alfombras rojas que, como se ha visto, se traducen en muy poco. Más vale una estrategia.

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*El autor es director de Grupo Consultor Interdisciplinario.

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