México ya no es una película

Esta cronista quiere entender los años en los que no somos felices.
RM

El día del asesinato de Colosio, Alma Guillermoprieto fue a la plaza de los mariachis. Encontró “un solo bullicio de canto y algarabía”. ¿Por qué con “una noticia tan horrenda” como la muerte del candidato siguió la fiesta? La respuesta de los paseantes: “A lo mejor es porque aquí viene pura gente del pueblo, como nosotros. Y a los pobres no nos gusta la política”. Así son los hallazgos de Guillermoprieto, que busca las anécdotas para traducir la realidad mexicana a un público estadounidense culto y de clase media, que lee revistas como The New Yorker. Acaba de presentar su libro Los años en que no fuimos felices, una recopilación de reportajes que arrancan en 1994, cuando “el México que conocíamos quienes nacimos y nos criamos allí, dejó de existir”.

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¿Por qué los años en que no fuimos felices? ¿Íbamos a serlo?
No fuimos felices porque esa época –que inició en 1994– fue como el despertar de un sueño de casi 70 años, de un régimen que aún con los problemas espantosos que pudo generarle al país, garantizaba una especie de estabilidad feliz. México, antes de que empezaran las rupturas, parecía una película o por lo menos el mito era que podía parecer una película. Pero se acabó el sueño del México feliz.

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¿Ahora se cree que ese tiempo en que no somos felices vaya a pasar?
Estamos en un proceso en el que las instituciones se desmoronan, se acaban los viejos rituales. Como la estabilidad del viejo régimen dependía mucho de esos rituales, no sabemos bien qué vendrá. Hay dos salidas. La buena es que los cambios se consoliden y sean para bien, y la mala es que se consolide la principal amenaza que enfrenta México, el narcotráfico.

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¿Qué falta por contar de México en Estados Unidos?
Hay que ponerle mucha atención al problema de la universidad, porque tiene grandes consecuencias, tanto para la izquierda, como para todo un sector de la clase política mexicana, los jóvenes que vienen ascendiendo al poder. En términos generales, falta hablar de la complejidad del sistema político. En Estados Unidos, la imagen se simplifica. Y este es un sistema que ha sobrevivido, los años o las décadas, porque es inmensamente complicado, sofisticado, hábil y, según muestran las evidencias, hasta vital todavía, quién lo creyera. Yo no lo hubiera creído.

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¿Qué contestarle a un estadounidense que pregunta si avanza la democracia en México?
La respuesta rápida es sí. No se puede negar que las elecciones del 88 y éstas son muy diferentes. Matizando, preguntaría qué tipo de participación tienen los ciudadanos. Si participar es votar, muchos están votando, pero si participar es votar con un buen conocimiento de lo que se está haciendo, falta mucho. Falta elevar el nivel educativo de los mexicanos, y trabajar en la educación de los publirrelacionistas y los directores de campañas políticas. Y si la democracia es asumir que el principal acto del ciudadano es ser responsable de la suerte de los demás, es un proceso incipiente.

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¿Chiapas es un tema importante, o sólo una obsesión interna?
Es una obsesión interna, en la medida en que nos referimos a Chiapas en términos que magnifican nuestros fantasmas. Sea nuestro fantasma el “opresor gobierno”, el “asesino ejército”, la “amenaza comunista”, Chiapas siempre magnifica un discurso tremendista. Pero es un síntoma real de los problemas del país, en la medida en que han pasado casi seis años, y nadie ha mostrado la menor capacidad de resolver el conflicto.

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La televisión mexicana ¿refleja lo que pasa en México?
Las primeras telenovelas de Epigmenio Ibarra fueron un paso adelante, aunque Nada Personal entraba un poco en esa fantasía enfermiza de Salinas como el todopoderoso móvil del mal, el responsable de todos los males de México. Ojalá así fuera, las soluciones serían mucho más simples. En general, la gran fuerza de la televisión mexicana consiste justamente en que no se relaciona mucho con lo que pasa en la realidad. Revela nuestras fantasías, nuestra voluntad de no mirar hacia el país auténtico.

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