Nada está escrito

Todo puede suceder. Cabría esperar que la nueva señalización del ciclo sexenal establezca el quin
Alfonso Zárate

Durante siete décadas –auge, consolidación y decadencia del presidencialismo tricolor– el quinto año de gobierno representaba el punto climático del poder concentrado: el ejercicio pleno de las facultades, legales y metaconstitucionales del Ejecutivo imperial. Sobre todo una, paradójica por sus implicaciones como antesala mortuoria: el manejo de la sucesión, el juego de encartes y descartes, la revelación del ungido. En el transcurso de unos meses, nunca más de 10, el presidente de la República pasaba de la omnipotencia incontrastable a la complicada gestión de su muerte política y civil.

- Todo ocurría con relativa calma, certidumbre y riguroso control de variables: con un gabinete disciplinado (salvo rarísimas excepciones), un partido hegemónico dominado por los hombres del presidente y los gobernadores (lealtad monocolor) como corte de serviciales y agradecidos operadores del monarca sexenal (a quien le debían el cargo). Sin sobresaltos ni demasiados hilos sueltos. Una maniobra de alta política que no excluía los riesgos, naturales en cualquier transición, pero explotaba las inercias de una cultura forjada en más de medio siglo de probada eficacia.

- El último tercio del gobierno salinista, sorpresivo repunte del dominio presidencial, parecía cumplir los tiempos y previsiones del rito. Hasta el último minuto del quinto año feliz. Luego, ya se sabe, aquello estalló por los aires, reventó en clima de provocación y muerte reiterada. El quinto año del último priísta, Ernesto Zedillo, sería anómalo y terminal. A partir de 2000, la vida política y las “reglas” de la sucesión se desplegarían por territorio virgen y sin mayor certeza que lo inédito como salvoconducto.

- En esa perspectiva, el quinto año del gobierno de Fox es un acertijo por develar. Lo único cierto, cabalmente cierto, es que las acciones determinantes ya no pasan –no sólo ni necesariamente– por Los Pinos. Ni siquiera en el partido gobernante (pese a que uno de los más fuertes suspirantes ocupa una cartera central en el gabinete). Mucho menos en el convulsionado circo de la política nacional, extendido a tres o cuatro pistas de actividad e interés simultáneo.

- Nada está escrito y todo puede suceder. El reino de la incertidumbre en un año clave donde se definirán muchas cosas: En primer lugar, las candidaturas presidenciales de los principales partidos y el eventual registro de opción “ciudadana”; poco antes, anticipando de qué lado masca la iguana, la renovación de dirigencias nacionales en el pan, el PRI y el PRD, así como la probable emergencia de nuevos referentes en la disputa electoral (membretes o partidos en cierne); en febrero, julio y septiembre, comicios estatales en Baja California Sur, Quintana Roo, Guerrero, Hidalgo, Nayarit, Estado de México y Coahuila como premoniciones de la correlación de fuerzas rumbo a 2006.

- Por todo esto, suficiente para acelerar el pulso del más pintado, cabría esperar que la nueva “señalización” del ciclo sexenal establezca el quinto año como el momento de la política. Que después de un cuatrienio de agudos conflictos y reacomodos, de golpes bajos y estrategias desgastantes, el desenlace de procesos y expedientes abiertos prepare las condiciones de un aterrizaje sin turbulencias y el clima propicio para una contienda civilizada, racionalmente democrática.

- Aunque para ello sería necesario, ineludible, que los protagonistas de la vida pública asuman que lo ocurrido en el último año fue otra cosa: no la política sino su degradación; no la confrontación legítima de proyectos diferenciados sino la negación absurda del adversario; no la consolidación democrática sino la obstinada insistencia en minar lo avanzado en términos de legalidad, prestigio e independencia que ganó la confianza de los ciudadanos.

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- Cabría exigir, apelando a la prudencia de todos los actores, que 2005 sea el año de la política. Porque de otra manera nada garantiza una nueva sucesión de terciopelo.

- * El autor es director de Grupo Consultor Interdisciplinario.

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