Neoliberales. Aplicar la Receta a Fondo

Pese al actual debate en México sobre los dudosos beneficios del neoliberalismo, algunos de sus má
Julio Ernesto Portales

Luego de tres lustros de aplicación, a medias o profundamente, ya son muchas las voces que expresan —la mayoría provenientes de países subdesarrollados o en desarrollo— que el llamado “modelo neoliberal” ya está agotado.

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En contrapartida, los principales defensores del mismo exigen su profundización, lo que supuestamente haría “rechinar” de histeria a parte de la opinión pública mexicana, convencida de que “el neoliberalismo” es la causa de sus males. Y, paradójicamente, es a México a donde fueron invitados, por el Centro de Investigaciones sobre la Libre Empresa (CISLE), los principales ideólogos mundiales del neoliberalismo, entre los que se encontraban también varios exponentes del modelo chileno, ahora tan socorrido en el país. La oportunidad fue la Reunión Regional de la Mont Pelerin Society, que este año se realizó en Cancún.

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Las reuniones anuales de esta sociedad, creada en Suiza en 1946 por el Premio Nobel de Economía Fredrick Von Hayek, procuran contar con la presencia de todos sus miembros, liberales clásicos y vinculados por su defensa del libre mercado y la libertad del individuo. En ellas, empresarios, académicos —incluyendo a la mayoría de los Premios Nobel de Economía— y también ex funcionarios de regímenes que han aplicado estas políticas, discuten el alcance de sus ideas en el mundo y las nuevas vertientes que éstas toman a raíz de los cambios políticos, económicos y sociales que internacionalmente se van suscitando.

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Protagonistas chilenos
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Entrevistado por EXPANSIÓN, José Piñera, uno de los más reconocidos arquitectos del “milagro chileno” —por su contribución en la creación del sistema de pensiones como Ministro del Trabajo en el régimen de Augusto Pinochet— sentencia, al referirse al modelo mexicano: “En México no se ha aplicado bien lo que ustedes llaman modelo neoliberal y éste no es la causa de sus problemas. Muy por el contrario, su aplicación adecuada y pro­fundizada para el caso mexicano los hubiera evitado y aún ahora ayudaría más rápidamente a resolverlos”.

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Doctorado en Economía por la Universidad de Chicago, Piñera piensa que en México el proceso de privatizaciones, por ejemplo, no fue totalmente claro y transparente, “por lo que no ha estado exento de casos de corrupción que empañan lo saludable de la transferencia de empresas públicas a manos privadas”.

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Para este economista, como para otros de sus connacionales —Hernán Buchi, ex ministro de Hacienda y ex candidato a la Presidencia, o Juan Andrés Fontaine, ex director de Estudios Económicos del Banco Central, también entrevistados por EXPANSIÓN— una verdadera reforma liberal implica privatizar entidades que no han sido tocadas en Mé­xico. Entre ellas indica los sectores del petróleo y la electricidad, y los sistemas de transporte ferroviario y de seguridad social. Además, opina que hay que bajar impuestos y quitar más trabas a las empresas, profundizando así la desregulación y manteniendo la disciplina fiscal y la apertura, “como se venía haciendo en los últimos años”.

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Por su parte, Fontaine declara que justamente, tras la severa crisis econó­mica que azotó a Chile en 1982, la profundización de las medidas de libre mercado permitieron estabilizar la economía de una dura caída, “más profunda que la mexicana”. Desde el segundo trimestre de 1981 al segundo trimestre de 1982, ejemplifica, “la caída del Producto Interno Bruto en Chile fue de 15% y el desempleo llegó a 20%. En el caso mexicano, desde 1985, estos indicadores han sido menores”.

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Una serie de devaluaciones en la nación conosureña, a partir de junio de 1982, condujeron a que la inflación alcanzara hasta 30% y, al igual que México, surgió una seria crisis bancaria, aparejada a una renegociación del débito externo. “La convulsión duró, en todos los ámbitos, alrededor de tres años —expresa Fontaine—. Sin embargo, los resultados hablan por sí solos: entre 1985 y 1994 el Producto Interno Bruto ha crecido a una tasa promedio de 6.8% anual; la inflación declinó de 25% en 1984-85 a 9% en 1994; las exportaciones, que han sido el motor del crecimiento, avanzan a un ritmo de 10% anual en términos de volumen, y la inversión fija bruta, que representaba 15% del PIB en 1984-85, pasó a 27% durante el periodo 1990-94.”

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Fontaine apunta que, en todo caso, detrás del “milagro” ha existido un esfuerzo nacional de ahorro, que implicaba una tasa de 8% del PIB en 1985, y que ha ido progresando hasta alcanzar 22% en 1994, convirtiéndose en la más alta de Latinoamérica. Según datos proporcionados por Buchi, México tuvo tasas similares: 27.7% en 1984 y 22.9% en 1986, para ir declinando a 15.9% en 1993.

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Este último y Piñera señalan que ellos se fijaron mucho en los métodos de creación de ahorro interno de los países asiáticos, como Corea, que tiene una tasa promedio de 34.6% de su PIB en lo que va de la década, o Malasia, de 36% promedio durante los últimos 10 años. “De hecho —dice Buchi— mucha de la inspiración del modelo chileno está en países como Singapur”.

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Otra cosa es estar en el ruedo...
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Sin embargo, para los partidarios del libre mercado una cosa es la teoría y otra la práctica. Buchi, por ejemplo, reconoce y advierte ante el resto de los concurrentes a la reunión de Cancún que es muy -distinto aprender la teoría neoliberal en los libros que sentarse en una oficina pública a “enfrentar las limitantes políticas, económicas y sociales de una realidad que exige adaptaciones, como la latinoamericana”.

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Remarca que en Chile, antes de empezar el proceso de liberalización se establecieron reglas claras que “simularan condiciones de mercado”. El caso era preparar a un empresariado para la competencia, ya que no estaba -históricamente hecho para ello. “Antes de privatizar, hubo que animar la creación y surgimiento de hombres de negocios.”

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Fontaine subraya: “La privatización de las empresas propiedad del gobierno típicamente animan la inversión y, dentro de este proceso, la privatización de la seguridad social aumenta el ahorro privado”. Este ahorro privado, a través de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) chilenas, añade Piñera, “facilitó el financiamiento de la privatización de las empresas estatales”.

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Pero todo se realizó por etapas, apunta Buchi: “Una primera, que partió en 1974, fue intervenir las empresas; en 1975 se empezó a desincorporar granjas -expropiadas, bancos y subsidiarias y a principios de los 80 incluimos la seguridad social, como el sistema de pensiones, salud, educación y vivienda. De 1984 a 1985 se inició otra etapa, con la -privatización de empresas no tradicionales y recién en el periodo 1986-1988 se inició la privatización de las grandes empresas, como la telefónica y otras tradicionales del Estado”.

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Por su parte, Carlos Cáceres, ex director del Banco Central, ex ministro de Economía y del Interior de Chile teoriza más sobre la experiencia de su país: “Lo más importante para hacer dichas reformas sólidas y permanentes es que se basen en la creación de instituciones que les den continuidad. Las reformas no pueden basarse en la estancia temporal en el poder de un líder político o de un partido que obtuvo la mayoría de votos en una elección”.

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Las instituciones a las que se refiere son el derecho de propiedad, el imperio de la ley y el establecimiento de ciertos estándares de comportamiento social. “La institucionalización de los mismos es la real fuente de la prosperidad”, señala, citando a Douglas C. North, Premio Nobel de Economía. Añade que en Chile se ha establecido este orden social “al haber definido la sociedad sus propios fines políticos”. Sin embargo, no establece cuáles fueron los fines políticos de la sociedad chilena, obviando la circunstancia de dictadura en ese país cuando se produjeron las reformas, situación muy diferente a la mayor pluralidad que tiene México.

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Cáceres define el liberalismo “como la conjunción de estándares de conducta justa que protegen la esfera privada reconocible para los individuos, por lo que surgirá un orden espontáneo mucho más complejo que uno deliberado, y por ello es necesario limitar las acciones del Estado que impidan esos estándares”.

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Transparencia, claridad y sencillez
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A partir de tal definición, podría resultar curioso que en México buena parte de los representantes parlamentarios del partido oficial, junto con intelectuales e incluso los miembros del zapatismo se lancen en contra del modelo, más allá de la tradicional crítica de la izquierda y hasta de la Iglesia. El reciente debate al respecto en el país, aun cuando azuza a la opinión pública, no clarifica realmente qué es el liberalismo o el neoliberalismo y más bien distorsiona sus principios y resultados.

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Piñera, Buchi y Cáceres, aun cuando actualmente se mueven en las filas de la oposición política al actual gobierno chileno, son reconocidos en su país como íntegros y honrados cuando desempeñaron su gestión. La insistencia del primero en cuanto a que los procesos deben ser transparentes, claros y sencillos podría ser una buena enseñanza para el caso mexicano.

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No obstante, los tres son evasivos o de respuestas insatisfactorias frente a preguntas relacionadas con la pobreza extrema y la desigual distribución del ingreso. Piñera, por ejemplo, apunta que “la pobreza se combate con educación y no necesariamente con una distribución del ingreso promovida por el Estado”.

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Frente a comentarios como de que en las universidades públicas mexicanas muchos académicos se dedican a intelectualizar un modelo alternativo desde el cual se han originado algunas propuestas interesantes, Buchi es determinante: “Es mucho el gasto de las universidades públicas como para financiar ideólogos que no están pensando en cómo hacer más productivo a su país, sino en cómo politizarlo”.

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Pero en fin, pese a los espectaculares indicadores macroeconómicos de países que, como Chile, han impulsado el -neo-liberalismo, se vale reafirmar que el modelo chileno también triunfó gracias a un sistema autoritario y centralizado, que gobernaba a una población cinco veces menor que la mexicana y sin tanta disparidad étnico-regional.

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Empero —y esto se apreció claramente en la reunión de Cancún—, los defensores de dicha estrategia económica continúan insistiendo en que se debe aplicar la receta a fondo y que las naciones que aún no lo han hecho no deben culpar de sus desgracias a la aplicación del neoliberalismo.

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