Ángel Losada Gómez

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Jaime Santiago

Entre las cosas que forman a un millonario están el trabajo, la constancia y. las agallas. Por lo menos esa es la opinión del carismático y desinhibido fundador de Grupo Gigante, quien incluso acepta que necesitó una buena dosis de estas últimas para efectuar su negocio más audaz: la compra de Almacenes Blanco.

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Nacido en Santander, España, don Ángel Losada empezó a cultivar este valor cuando llegó a México, aún adolescente. De hecho, empezar su cadena le llevó una buena parte de su vida. En 1962, cuando el primer Gigante abrió sus puertas en Mixcoac, Distrito Federal, su fundador ya contaba con 54 años de edad.

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Las cosas no se aceleraron mucho sino hasta 1978, cuando empezó una estrategia que repetiría una y otra vez: la compra de otras cadenas para crecer. Hermuda, Maxi, Astra y El Sardinero, son nombres que vieron su fin al ser absorbidas sus tiendas por el consorcio de Losada. Pero muchos analistas piensan que en 1992 este millonario mordió más de lo que podía masticar, al comprar Blanco a un precio -exageradamente alto.

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Es cierto; Gigante supera ahora las 200 tiendas, pero sus ventas continúan estando muy por debajo de las de Cifra, su principal competencia (con menos establecimientos). Lo que es más, la cadena nunca ha podido reponerse en términos de utilidades. Cuando parecía que había logrado remodelar y arreglar algunas de las tiendas que le vendió Estanislao Blanco (deshaciéndose de las que no tenían remedio), llegó la crisis de diciembre de 1994.

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Sin embargo, nadie va a decir que Losada no sabe dar la batalla. Si bien no tiene una estructura corporativa tan avanzada como la de su colega -Jerónimo Arango, él y sus consejeros no han perdido la intuición. Como respuesta a la asociación de Cifra con Wal-Mart, Gigante se asoció primero con Fleming, luego con Carrefour y ahora con Office Depot. Así que el futuro de Gigante no dependerá de un solo nombre, sino de muchos. Lo importante es que el consorcio absorba los estrictos métodos de control de inventarios y de costos que bien conocen sus socios.

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En realidad, es probable que la verdadera modernización de la empresa quede a cargo de su heredero, Ángel Losada Moreno. A sus 42 años, este risueño bigotón ha tomado casi por completo las riendas del negocio, aunque hoy en día se le ve muy poco en público después del secuestro que sufrió hace dos años. En mayo de 1994, justo el día en que no circulaba su carro blindado, fue interceptado por dos autos y sus tripulantes lo privaron de su libertad por espacio de tres meses. Como se recordará, este suceso contribuyó al penoso clima de incertidumbre que prevaleció aquel año.

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Problemas no les han faltado a los Losada: todavía en 1996 arrastran su pleito con el ex dueño de Blanco, quien exige le paguen lo convenido. La Comisión Federal de Competencia Económica por poco se los come vivos por -vender Caballeros del Zodíaco piratas en sus tiendas en 1995; Milano los demandó por el uso del -slogan “te da la mano” (muchos se preguntaron ¿para qué pelear por una frase tan simplona?); y aún quedan recuerdos del intento que hicieron por vender televisores con anuncios integrados que hubiesen bloqueado los de la televisión comercial. El rugido de Emilio “el Tigre” -Azcárraga retumbó por cada una de las tiendas Gigante, por lo que el audaz invento fue cancelado. Ni hablar, aún entre los millonarios están los que mandan.

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Pero más allá de operar su cadena, los Losada se han puesto a invertir en otros muchos negocios, principalmente en el sector financiero (Banamex) y en Teléfonos de México. De hecho, Ángel Losada hijo es muy amigo (y muy socio) de Carlos Hank Rhon, con quien incluso invirtió un dinerito para comprar la controladora del Laredo -National Bank y el South Texas National Bank.

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Este año don Ángel Losada Gómez cumple 88 años, y ha logrado llevar a su familia al décimo lugar entre los empresarios más ricos de México, con una fortuna valuada en $800 millones de dólares. Aunque ya no participa directamente en la operación de Gigante y se dedica un poco más a la -filantropía, es casi imposible que deje de darse sus vueltas por las oficinas centrales de Ejército Nacional, en la capital del país. En opinión de su hijo, este venerable empresario piensa morirse en la raya, como lo hizo el célebre comerciante estadounidense Sam Walton. ¡Ah, si tan sólo se hubiesen conocido!

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