No al peso subvaluado

El autor es director ejecutivo del Centro de Investigaciones Sobre la Libre Empresa (CISLE) y coment
Roberto Salinas León

En una edición reciente de Expansión (mayo 21, 1997), en la sección “Entornos”, se publicó el artículo titulado “Notas sobre el tipo de cambio”, escrito por Alejandro Castillo. Es una interesante reflexión que contiene puntos fundamentales, tal como la advertencia de sobre depender del financiamiento a través de deuda o de la llamada inversión especulativa para sostener la estabilidad del tipo de cambio.

-

Sin embargo, creo que la tesis principal –la defensa de un tipo de cambio “competitivo” que estimule exportaciones y, a la vez, pueda controlar la inflación– representa una opinión con poco fundamento conceptual. Sin duda hay que promover las exportaciones, pero no por la vía cambiaria.

-

En un par de ocasiones me sentí aludido, especialmente en torno a mi tesis de que un tipo de cambio “competitivo” (subvaluado) es un subsidio al sector exportador, financiado por una baja en los salarios reales. Por eso, sentí la obligación de escribir este texto.

-

POBREZA, NO PROGRESO
-
La idea de que debemos depreciar el peso de manera congruente con los diferenciales inflacionarios de los vecinos del norte es contraproducente (a mayor depreciación, mayor inflación, y mayor diferencial, lo que nos lleva al ciclo de inflación-devaluación-inflación); pero también es el equivalente cambiario del proteccionismo. Castillo no lo menciona explícitamente, pero en el gremio empresarial pedir un tipo de cambio competitivo es pedir que se tenga un margen de subvaluación para mantener la competitividad de las exportaciones. Esto, en el fondo, se traduce en pedir que se abarate el salario real de los que obtienen su ingreso en pesos, con el fin de subsidiar la venta de productos a los exportadores que perciben sus ingresos en dólares. Esto nos da un superávit en la balanza comercial, pero como diría Paul Krugman, en estas circunstancias el superávit refleja la debilidad del mercado interno, poca inversión, inestabilidad y pérdida de poder de compra. Es, pues, una señal de pobreza, no de progreso –aun cuando la palabra superávit es más linda que déficit–.

-

La obsesión con la no “sobrevalúacíon” es el origen del híbrido de “devaluaciones competitivas”. Hay formas de compensar la pérdida de competitividad que supuestamente se genera por medio de la apreciación –por ejemplo, desregulación, simplificación del marco laboral, incluso una serie de incentivos fiscales–. Sin duda, el ingrediente de mayor importancia es la confianza en el régimen de inversión. Incluso, si se da una entrada de eso que tanto necesita el país (capital privado), la moneda tenderá a apreciarse bajo el actual esquema de flotación, tal como vivimos en este momento. La única forma de que este auge no repercuta en una “sobrevaluación” (de acuerdo con los criterios “jurásicos” de poder adquisitivo de la paridad), congruente con el mandato constitucional del banco central de procurar la estabilidad de precios, es la eliminación total de los diferenciales inflacionarios con Estados Unidos. Una devaluación, como se mostró en 1995, no es consistente con esa meta.

-

Asimismo, la dramática crisis de 1995 muestra que la idea de una paridad “competitiva” da desastrosos resultados en la economía real. No se puede hablar de competitividad con un repunte de la inflación de 7 a 52%, una caída del crecimiento de -7%, un promedio de tasas de interés de 40%, un sistema bancario quebrado, explosión de deudas, caída del ingreso por habitante de $4,130 a $2,850 dólares, o una depreciación en el valor de la moneda de más de 110%. Es insostenible caracterizar este escenario como “competitivo”. Sin embargo, la tremenda depreciación del peso el año pasado permitió que los exportadores aprovecharan los beneficios artificiales de un peso barato. Al regresar la estabilidad, el subsidio cambiario ha disminuido. Por lo tanto, en vez de apoyar la mejoría en el clima macroeconómico, los exportadores piden otro “llegue” –revelando así su adicción a la droga de “devaluación competitiva”.

-

COMPETITIVIDAD NO ES MANIPULACIÓN CAMBIARIA
-
La mayoría de los analistas que piden una modificación del esquema cambiario en aras de evitar “una nueva crisis”, no parecen haber comprendido las implicaciones de un régimen de flotación. Sin embargo, lo dijo ya el presidente Ernesto Zedillo: “Es imposible predecir el nivel de la paridad en un sistema de flotación”. Esto conlleva una lección fundamental para aquellos que pretenden formular el nivel “adecuado” de un precio tan importante como el tipo de cambio. En 1995, nadie podía explicar los movimientos tan erráticos de la paridad, misma que sobrepasó $8 pesos por dólar. Se insistía en que esto era incompatible con el “valor del peso”, medido por el criterio del poder adquisitivo de la paridad. En 1996, casi todo analista vaticinaba que la paridad se ubicaría, a final del año, más cercana a 9=1 que a 8=1, independientemente del comportamiento de los flujos de capital. Esto nunca lo menciona Castillo en su artículo.

-

El precio de la flotación es, precisamente, que no hay una fórmula preconcebida que determine el valor-dólar de la moneda en un momento específico. El valor del peso responde a la disponibilidad de dólares, es decir, a flujos de capital. Si hay certidumbre, ésta se refleja en una apreciación del tipo de cambio; pero si hay incertidumbre, o si hay señales mixtas, hay fugas de capital que se reflejan en una depreciación. Por tanto, las preocupaciones sobre la reevaluación del peso equivalen a preocuparse de la estabilidad del poder adquisitivo, la capitalización de la economía y la confianza que se ha depositado en nuestro régimen de inversión.

-

Por otro lado, un tipo de cambio “competitivo” (subvaluado) que respete la meta antiinflacionaria del gobierno requeriría unas tasas de interés desmedidamente elevadas, para neutralizar presiones inflacionarias derivadas de mayor depreciación en una economía tan dependiente del billete verde, y con tanto comercio exterior concentrado en los vecinos del norte. Es, pues, un sueño o una durísima realidad.

-

La lógica devaluacionista implica que la estabilidad es su propio y peor enemigo. Una devaluación -constituye un arancel disfrazado. Asimismo, es una injusta transferencia a la actividad exportadora, lo que obstaculiza la necesidad de modernizar, invertir en bienes de capital o competir con base en mayor calidad y menor precio. La consecuencia inevitable es un sector externo que celebra las “ventajas” de la estanflación y la injusta transferencia de recursos que se deriva de una “devaluación competitiva”.

-

El reporte de competitividad publicado por el Foro Económico Mundial en los años 1995, 1996 y 1997 ofrece una demostración dramática de esto. El reporte clasificó a México en el lugar 44 de 48 países encuestados en los primeros dos años, con una ligera recuperación en el presente año. La competitividad se define como “la habilidad de un país de crear más riqueza que sus competidores globales”. Los tristes datos del reporte dejan claro que, a partir del colapso del peso y una moneda “competitiva”, la economía mexicana presenció un desplome en los lugares de competitividad. De acuerdo con el reporte, ésta ocupó el último lugar entre los 27 países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) en 1995. En reportes anteriores (1991-1993), la encuesta del Foro situó a México en séptimo lugar en competitividad, a pesar de la idea generalizada de que el peso se encontraba “sobrevaluado”. Sin embargo, en 1995 y 1996, apenas si sobrepasó a economías tan -anticompetitivas como Rusia y Venezuela.

-

La competitividad real no es producto de manipulaciones cambiarias, sino de eficiencia interna, inversión en recursos humanos, acceso a tecnología de punta y mayores niveles de productividad.

Ahora ve
Trump quiere un muro con paneles solares en la frontera con México
No te pierdas
ç
×