Nuestros cabilderos en Washington

¿Quiénes cuidan los intereses de Cemex, TMM, Satmex, Banorte y Grupo Salinas en Estados Unidos?
Doris Gómora

Se visten casi siempre con trajes caros. Viajan en autos de lujo mientras se trasladan entre el Congreso y cualquier oficina del gobierno estadounidense. Mantienen siempre encendidos sus teléfonos celulares, mientras revisan en sus computadoras portátiles hasta los detalles más simples que les permitan ganar algún acuerdo. Para Washington, sólo son cabilderos. Para México son los hombres que defienden los intereses del país dentro de la capital del mundo de la política.

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Contratados por empresas, organizaciones privadas o el gobierno mexicano, estos hombres y mujeres estadounidenses se encargan de conseguir que la voz y los temas más delicados e importantes para el país sean escuchados por los congresistas y los funcionarios de la Casa Blanca. Buscan influir en tendencias, políticas o leyes.

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Fue a partir de la negociación del Tratado de Libre Comercio (TLCAN) que México comenzó a invertir fuertemente en las acciones de cabildeo en Washington. Entre 1998 y 2004 organismos privados y públicos pagaron oficialmente un total de $5.9 millones de dólares a 18 despachos estadounidenses para defender o negociar 30 temas, en los que han trabajado 115 cabilderos o lobbyist, indica un reporte del Centro de Integridad Pública, un organismo privado reconocido en la materia en Estados Unidos.

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En la actualidad, México ocupa el lugar 12 a nivel internacional en contratación de firmas de cabildeo. Cemex destaca como la compañía privada que mayor gasto hizo en los últimos seis años en estas acciones, con un desembolso de $1.3 MDD. Dentro de la iniciativa privada, le siguen la Cámara Nacional de la Industria Azucarera y Alcoholera y la Cámara de la Industria Pesquera. Entre ambas, dejaron poco más de $2 MDD en los bolsillos de los cabilderos en el mismo periodo.

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Sin embargo, fue el gobierno mexicano el que apostó más fuertemente al cabildeo en Washington con el objetivo de influir en la firma del TLCAN. Según un informe del Servicio Informativo y Cultural de Estados Unidos (USIS), sólo la Secretaría de Hacienda y Crédito Público de México pagó cerca de $4 millones de dólares al bufete neoyorquino Cleary, Gottlieb, Steen y Hamilton para que atienda este tema. Una cifra que sube un tanto el monto final gastado por mexicanos que registra el Centro de Integridad Pública.

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Sin duda, la tarea de lograr la aprobación del TLCAN se convirtió en el cabildeo más grande que hasta entonces se había hecho a nivel comercial en la historia de esta industria. Gobiernos e iniciativa privada de los tres países miembros invirtieron más de $100 millones de dólares.

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Como entonces, el trabajo de quienes se dedican a esto implica ahora  hacer llegar material e información sobre México a congresistas y funcionarios estadounidenses implicados en los temas que son vitales para el país, sin importar días u horarios, por eso los cabilderos son una suerte  de “entes omnipresentes” que rompen con el protocolo de las ocho horas laborales que se acostumbran en Washington.

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A pesar de que entre todas las firmas mexicanas gastaron casi $6 millones de dólares en cabildeo en Estados Unidos, esta cifra se queda corta si se compara con el gasto efectuado por otras organizaciones, incluso de Estados Unidos. La Chamber of Commerce o cámara de comercio estadounidense, es la  organización que más gastó en cabildeo en dicho periodo, ya que invirtió 193.5 millones, esto es 32 veces más de lo que gastó México.

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A la fecha  ninguna compañía mexicana figura en la lista de las 50 empresas que más gastan en cabildeo en Estados Unidos. ¿Por cuánto tiempo?

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Los grandes
Irwin Altschuler es uno de los 10 hombres más importantes para México en Estados Unidos. Su nombre encabeza la lista de los 31 cabilderos que son más contratados para representar  al país allá, de acuerdo con el ranking del Centro de Integridad Pública.

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“Para mí, la actividad de hacer Lobby significa una combinación de una defensa de la posición de un cliente y la demostración ante quienes toman decisiones del porqué la posición del cliente debe ser aceptada”, dice Altschuler.

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Aclara, sin embargo, que el término lobbyist se aplica generalmente a la persona que trata de influir en alguna decisión del gobierno de Estados Unidos, especialmente en el Congreso, aunque también lo hacen en la administración pública. Pero cuando se trata del Poder Judicial, sólo un abogado puede tratar con los jueces.

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“Soy abogado y por eso puedo representar a mis clientes ante las tres ramas del gobierno de Estados Unidos. Quizá soy un lobbyist, pero siempre me manejo bajo los estándares profesionales y éticos que se aplican a los abogados”, dice el cabildero, que ahora es socio del despacho Greenberg Trauring.

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Altschuler es un abogado que comenzó trabajando para el gobierno en la Aduana de Estados Unidos y en el Departamento del Tesoro, y después laboró como cabildero en la iniciativa privada, con un gran conocimiento sobre empresas de México.

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En los últimos 25 años ha representado intereses mexicanos en Washington, desde la defensa que hizo del acero nacional cuando Estados Unidos impuso una salvaguarda a sus tarifas, hasta la defensa del acceso de frutas y verduras mexicanas a dicho territorio. También ha cabildeado numerosos casos de antidumping ante el Departamento de Comercio, la Comisión de Comercio y cortes federales de Estados Unidos, así como  en paneles sobre el TLCAN.

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Su experiencia en la relación México-Estados Unidos lo condujo también a asesorar la defensa de un banco mexicano sujeto a proceso legal en conexión con la operación de lavado de dinero, conocido como Casablanca.

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¿Los mexicanos son buenos clientes? “Sí, el gobierno y las compañías y organismos mexicanos están entendiendo mejor el proceso de toma de decisiones en Estados Unidos y la importancia que para ellos tienen muchas de ellas decisiones tomadas por Estados Unidos”, señala Altschuler.

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El arte de influir
El segundo cabildero más ocupado en defender intereses de empresarios mexicanos en Estados Unidos se llama Carl Biersack, antes de Interpublic, pero ahora se desempeña como director de Relaciones Gubernamentales en las oficinas del despacho Barbour Griffith & Rogers.

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Biersack trabajó con el senador estadounidense Trent Lott nueve años. Durante este tiempo estuvo involucrado de manera directa con 25 iniciativas que posteriormente se convirtieron en leyes. Entre los temas con los que tuvo contacto destacan los referentes a energía y recursos naturales, relaciones gubernamentales y comercio.

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Don Bonker, el tercero en el ranking de cabilderos para México, es considerado uno de los expertos más importantes en materia de comercio internacional, inversiones y política exterior.

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A diferencia de la mayoría de sus colegas, no es abogado y tiene una licenciatura en Artes. De hecho, los cabilderos no provienen de una carrera determinada, como resultado de que no existen licencias o certificados específicos para ejercer esta actividad. El único requisito oficial es estar registrado ante los gobiernos estatales y el federal de Estados Unidos. La mayoría de los cabilderos como Bonker tienen una licenciatura, algunos en Ciencias Políticas, otros en Periodismo, Comunicaciones, Relaciones Públicas o Economía.

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Bonker trabajó por 14 años en el Congreso estadounidense representando al Estado de Washington, además de haber sido miembro del Comité de Relaciones Exteriores, y del subcomité de Política Económica Internacional y de Comercio.

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Como otros cabilderos, Bonker reconoce que –además de la persuasión– la otra parte del éxito de su trabajo es tener un conocimiento completo de los procesos legislativos y de la regulación, para saber cómo utilizarlos en beneficio del cliente.

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A la hora de la verdad, la competencia con los cabilderos que representan a empresas de otros países y a los propios estadounidenses es muy fuerte. Lo cual se suma a la habitual complejidad que existe en el desarrollo de los procesos legislativos que imperan en Washington.

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Cabilderos como Don Bonker conocen muy bien todas las trampas de las iniciativas de ley, la dinámica política, los intereses detrás de otras propuestas, a qué legisladores se debe acceder primero y vigilan permanentemente las señales de crisis.

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Los pagos que reciben estos gestores son tan variados como los temas que manejan: actualmente algunos despachos cobran hasta $750 dólares.

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La media tabla
De acuerdo con el Centro de Integridad Pública, el equipo de  cabilderos de México se completa con Katherine Breaks, Roger Brown, Ron Campbell, Patrick Collins, Michael Danilack, Jonathan Gregory y G. Griffith. Ellos estuvieron defendiendo los temas de México en los últimos seis años, operando de manera directa, esto es, en reuniones con las personas y los congresistas indicados, a los que proporcionaban información pertinente sobre algún asunto relacionado con el país que fue votado. “El cabildero presenta información apoyado de gráficas, cartas, encuestas y reportes. Esta información generalmente es aquella a la que no podría tener acceso un congresista o funcionario por otras vías”, señala un informe de la Universidad de Princenton que explica el mecanismo del cabildeo.

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Anita Epstein es otra cabildera que ha trabajado en defensa de los intereses de México. Ella sabe que un congresista que representa aproximadamente a 500,000 personas, además de las necesidades de docenas de pueblos, ciudades y condados, maneja tantos temas que podrían no considerar los intereses de otros países. Por ello, su trabajo es mantener una presencia constante de la agenda que representa.

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“El trabajo del cabildero es asegurarse que las necesidades planteadas por el cliente se ubiquen en las prioridades de la agenda de los congresistas y funcionarios y también que otros no generen alguna ventaja”, dice el despacho Meyer y Asociados.

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Epstein fue una estratega y cabildera clave para México al asegurar el pase del histórico TLCAN. Desde entonces ha encabezado las peticiones del país en términos de la implementación de los temas pendientes del acuerdo.

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Hoy, como otros cabilderos de este tema, se encarga de diseñar estrategias, coordinar contactos con congresistas y funcionarios de Estado, preparar políticas, desarrollar coaliciones y monitorear el proceso de legislación del Congreso.

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Vías indirectas
No es un secreto que en Washington también existen otras vías para lograr influir en una decisión. Decenas de eventos sociales se concretan cada noche, donde los cabilderos se reúnen con miembros del Congreso para de tener acceso a ellos en un ambiente menos formal.

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Aunque también, a efectos de llegar al resultado propuesto, los lobyist no dejan de lado recursos como enviar cartas a los ciudadanos para que se involucren en el tema; redactar comunicados y trabajar con medios de comunicación, proporcionándoles artículos para periódicos y revistas, tal como describe un informe de la Universidad de Princenton.

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En particular, la labor de los cabilderos que defienden a México no es fácil. A pesar de la vecindad, para Estados Unidos los temas binacionales no siempre son prioritarios.  Además, cuando un asunto logra entrar a la agenda considerada por congresistas o funcionarios, cualquier asunto de urgencia nacional, como los atentados del 11 de septiembre, cambia las prioridades.

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Los 10 grandes cabilderos para México trabajan en despachos o manejan sus propias firmas y, como lo explica Liz Robbins, una cabildera reconocida en Washington, “no me puedo imaginar la democracia sin cabilderos”.

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Por eso, en Estados Unidos, detrás del nombre de México, del TLCAN, de visas temporales de trabajo, de nuevas reglas en telecomunicaciones o de aperturas comerciales, entre otros temas, está un ejército de cabilderos.

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No son conocidos por los mexicanos, pero de su labor depende en gran medida mantener empleos e inversiones en México o lograr mejores condiciones para los connacionales en territorio estadounidense.

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Sea en el Congreso o en el gobierno estadounidense, estos hombres y mujeres que defienden los intereses de empresas mexicanas, trabajan para mantener presente la agenda de temas que importan al país en la relación bilateral. Aunque su trabajo es de tiempo completo, depende de cuánto se esté dispuesto a pagar por lograr influir en la impenetrable capital del mundo de la política. Una situación que derivó en el desarrollo de una industria pujante.

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Un informe del Servicio Informativo y Cultural de Estados Unidos, elaborado por Jacqui S. Porth, apunta que en la capital estadounidense existen alrededor de 67,000 personas empleadas en actividades vinculadas al lobbying (cabildeo).

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En las últimas tres décadas, los profesionales de esta industria han generado ingresos que se cuadruplicaron hasta llegar a los $8,000 millones de dólares al año, sólo en Washington.

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Las que más gastan
Cemex es el principal cliente mexicano de los cabilderos estadounidenses. Entre los asuntos que ha negociado está un impuesto antidumping de 74% contra las importaciones mexicanas de cemento en octubre de 2002. Esta medida podría costarle $20 millones de dólares a las empresas, de acuerdo con analistas de Ixe. Esta situación todavía está por verse.

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Para la cementera más grande de América, un despacho de cabildeo no fue suficiente y contrató a ocho firmas, pero sus brazos principales son Williams Mullen y Eckert & Seamans, en las que gastó más de $800,000 dólares.

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En otros casos, las inversiones de Cemex por $1.3 millones de dólares han tenido más éxito. Así sucedió en febrero de 2005, cuando la Comisión Federal de Estados Unidos aprobó la compra de la británica RMC Group, a cambio de que la cementera vendiera los activos de la  empresa en Tucson, Arizona. Sólo con este paso, Cemex doblará sus ganancias y tendrá un mayor impulso en el mercado europeo.

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Dado que México tiene restricciones para entrar azúcar a Estados Unidos en el Tratado de Libre Comercio, los azucareros son el principal cliente entre 76 empresas que pagan los servicios de Williams Mullen, un despacho que facturó $8.4 millones de dólares en seis años. Una octava parte de esos ingresos vinieron de la Cámara Nacional de la Industria Azucarera, que está desesperada por introducir más toneladas del insumo.

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Desde 2003, los industriales del azúcar contratan a la guapa Leslie Klein, directora de Investigaciones del despacho Williams Mullen para que conquiste un acuerdo más dulce en términos comerciales.

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Los industriales han propuesto pagar impuestos compensatorios para proteger a los azucareros de Estados Unidos que producen con precios más altos. A cambio, México promete eliminar el impuesto a las importaciones de jarabe de maíz de alta fructosa usada en la industria refresquera.

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Los resultados logrados son tan pequeños como un terrón de azúcar. En mayo de este año, la Secretaría de Economía comunicó que acordó un cupo de 10,200 toneladas para exportar el dulce a Estados Unidos.

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Y los beneficios de este caso están en riesgo porque la Organización Mundial de Comercio puede fallar en contra del impuesto de 20% que aplica México a la fructosa desde abril de 2002.

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El textil es otro de los sectores mexicanos que ha utilizado este tipo de servicios. Por más diminutos que sean los modelos que visten los cabilderos de la industria textil, el Congreso de Estados Unidos difícilmente suelta prenda con los mexicanos.  En 1990, los congresistas aprobaron una ley para fijar una cuota mínima de importaciones textiles mexicanas para este país, pero la idea fue vetada por el ex presidente George Bush, padre.

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En octubre de 2001, los textileros volvieron a vestirse de gala para alimentar las pupilas de los legisladores estadounidenses. Esta vez el coqueteo tuvo mejores resultados. Estados Unidos destinó $80 millones de dólares a la compra de prendas mexicanas para vestir a los militares en Afganistán.

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Hasta la fecha, la Cámara Nacional de la Industria Textil es uno de los clientes más pequeños del despacho Public Strategies, a los que les ha pagado $120,000 dólares desde 1998 hasta mediados de 2004.

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Así es como unas 650 empresas, organismos y gobiernos de decenas de países  intentan incidir en la política y las leyes de Estados Unidos. Sin embargo, cada vez más organismos se suman a la lista de quienes buscan la influencia de un cabildero para poder abrir algún cerrojo legal o simplemente adaptar el entorno a sus intereses.

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(Con información de Norma Lezcano y Adolfo Ortega)

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