Nueva reunión en la cumbre

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Ricardo Medina Macías

Hace mucho tiempo, digamos en los días de Carlos el Calvo (alrededor de 843 después de Cristo o en el sexenio pasado, según se vea), escribí acerca de una imaginaria reunión en la cumbre.

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El hombre -decía un renombrado maestro de aerobics- es el estilo. Las cosas son muy distintas ahora.

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Con la ayuda de Clotilde y el Gordo, he tratado de reconstruir un diálogo en la cumbre, en los aciagos días que corren. Se trata de un ejercicio de imaginación, referido a un país imaginario y a personajes imaginarios. Que conste.

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-Señor -dice el sudoroso Guillermo-, yo no puedo hacerme responsable de nada si aquí don Miguel me sigue haciendo la vida de cuadritos. Insiste en la idea de la libre flotación del denario y en controlar la emisión de thalers, así es imposible que yo haga un presupuesto adecuado para la recuperación del reino.

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El soberano parece distraído. Sin embargo ha escuchado y sopesado cada palabra. Después de un largo suspiro, se acomoda los lentes y dice:

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- No hay problema, tenemos todo para crecer, lo único que debemos hacer ahora es mantener la confianza. Tenemos que creer en nosotros mismos, ¿no crees?
-- Creo que sí, ¿o no?
-- Lo que no entiende Memo -interviene el gobernador don Miguel- es que no tenemos suficientes denarios para abandonar la libre flotación.
-- Claro -exclama el soberano-, hay que mantener la disciplina y no abandonar el esfuerzo. Lo que la gente no entiende, y ustedes deben ayudarme a explicárselo al pueblo, es que ya quedaron atrás los tiempos del soberanismo autoritario y estos son los tiempos del soberanismo acotado.
-- ¿Acostado?, pregunta en un murmullo Herbibio Gris (alias Drácula).
-- No, acotado, limitado, restricted, you know?, le explica en otro murmullo su compañero, Ángel -Barbagris.
-- Señores -exclama el soberano-, todo se reduce a creer en lo que hacemos. Nuestros esfuerzos darán fruto antes de lo que pensamos. Ahí tienen el caso de la reforma política, que parecía imposible y, sin embargo, ya logramos que se sentaran todos los comensales a la mesa, ¿no es así, Emilio?
-- Claro -contesta el cartero real-; además ya le explicamos al caballero de los berrinches que consenso no se escribe con hache intermedia y acento.
-- ¿Lo ven?
-- Disculpe, señor, la gente se pregunta qué vamos a hacer con Rubén el segundo; cada día hay nuevos muertos en su feudo.
-- No nos compete, hay que respetar el feuderalismo en el reino. Además, Rubén el segundo me ha dicho que todo eso son mentiras -de los escépticos de siempre, no creen en nosotros mismos.
-- Sin embargo -acota Guillermo-, no cabe duda que hemos vivido tiempos difíciles.
-- Cierto -admite el soberano-, y de grandes sacrificios que hoy ya están dando fruto. Recibimos el reino prendido de alfileres y no perdimos el tiempo para quitárselos. Hoy, ya nuestro denario ha dejado de estar sobrevaluado y vendemos más de lo que compramos a los extranjeros.
-- Los críticos dicen que es porque la gente ya no tiene denarios para comprar nada, comenta -Herbibio.
-- Falso de toda falsedad -refuta Guillermo-; lo que hicimos fue corregir el desequilibrio de nuestra balanza. Ya hay signos claros de recuperación para quien quiera verlos.
-- Señor -pregunta Emilio-, ¿no deberíamos responder con más energía a los rumores de que el reino es débil y de que en la dirección se necesita un golpe de timón?
-- Yo no sé nada de barcos, espeta Espinoso de la Villagris.
-- Ah, esas consejas que han hecho correr los nostálgicos del pasado inmediato -dice el soberano-; me pregunto si merecen respuesta, ¿la merecen?
-- Sí -exclama Emilio-, hay que preguntarse si merecen respuesta. Lo anoto para preguntármelo más adelante.
-- Yo creo que hay que preguntárselo, dice el soberano.
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Sí, sin duda -exclaman todos al unísono-, preguntémonos.
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- Señores, todo se reduce a que tengamos confianza. Bueno, mañana hablaremos de los aumentos a los sueldos de los ministros, con esto de la inflación que se nos ha presentado es necesario hacer algunos pequeños ajustes en términos nominales, nada de aumentos en términos reales.
-- Pero señor, mañana es día feriado.
-- Cierto, y después es fin de semana. Ya atenderemos estos asuntos el lunes a primera hora. No lo olviden, hay que creer en nosotros mismos, porque si no, ¿quién creerá en nosotros?

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El autor es periodista y director editorial del diario -El economista.

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