Nuevas andanzas del Gordo

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Ricardo Medina Macías

¿Qué vamos a hacer con el Gordo?

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El Gordo debe vender su mercería y salir al mundo. Tal vez haya lectores que recuerden cómo Aníbal Basurto abandonó una exitosa carrera de -yuppie en noviembre de 1987, después de la macrodevaluación que antecedió al Pacto de Solidaridad Económica (PSE), firmado el 15 de diciembre de ese año. El Gordo, perdida la fe y buena parte de la cartera de sus clientes gracias al -crack bursátil y a la inesperada devaluación (inesperada para los expertos como el propio Aníbal, pero no para su astuta secretaria oaxaqueña, Ingrid), enloqueció. Sólo la experiencia clínica y los cuidados de Jorge “el Chango” Sarabia, psicoanalista de cabecera, impidieron que el Gordo ingresara como huésped permanente al manicomio. Elemento clave de la terapia para el Gordo fue establecer distancia con los acontecimientos y verlos desde una especie de torre de marfil, como si fuesen interesantes sucesos de tiempos pasados que se disfrutan en un libro de historia. La torre de marfil de Aníbal fue una mercería, negocio tan inadecuado para la modernidad y la competencia febril como propio para la meditación filosófica. En tiempos pretéritos, hombres y mujeres agobiados por el mundo solían refugiarse en monasterios; el Gordo lo hizo en su mercería...

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Ni siquiera el episodio fallido de su precandidatura a la Presidencia en 1993 alejó al Gordo de su refugio.

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Sin embargo, ya ha sido excesivo el aislamiento del Gordo. Y a la vista de acontecimientos insólitos, hay quien opina con razón que el Gordo debe salir de nuevo al mundo, incorporarse a esa ilusión que llamamos vida activa y protagonizar nuevas aventuras, menos reposadas pero tal vez más excitantes.

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Nadie hubiera imaginado, por ejemplo, que Florinda Trosseau, la eterna crítica de la televisión, la misma que propuso bloquear las señales de televisión intermediadas por los satélites espaciales para proteger la “soberanía”, la misma que una semana sí y la otra también escribe que la televisión es resumen de la porquería capitalista, imperialista, tecnocrática y liberal que nos agobia, sí, que esa misma Florinda apareciera en las pantallas de la horrenda televisión como ariete involuntario de la escaramuza entre televisoras. Si estas cosas suceden, se dijo a sí mismo el Gordo, es tiempo de abandonar la mercería...

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Hasta aquí no hay problema. Sus amigos hemos apoyado la decisión del Gordo sin reservas. (Dicho sea de paso, esta frase hecha, “apoyar sin reservas”, me recuerda a quienes proponen que el banco central fije tal o cual paridad del peso contra el dólar, sin tomar en cuenta el magro caudal de divisas en sus arcas). La pregunta crucial, lo verdaderamente problemático, como ya había intuido el olvidado Lenin hace muchas décadas es: ¿qué hacer? (Como ya casi nadie lee a Lenin, tal vez aquí sea bueno recordar que -¿Qué hacer? es el título de un célebre opúsculo del revolucionario ruso.)

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Bien, digresiones aparte, ¿qué hacer con el Gordo? Lanzarlo de candidato a la regencia del Distrito Federal puede ser atractivo, sobre todo porque Diego Fernández de Cevallos se abstendrá —según dice— y porque algún benefactor de Manolín le impide ser candidato para evitarle el bochorno de una derrota en las urnas. Pero la propuesta tiene una decena de inconvenientes. El primero de ellos es que el Gordo lisa y llanamente no quiere, dicho lo cual ¿para qué perdemos el tiempo hablando de los nueve restantes?

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Otra propuesta es que el Gordo se confeccione algún tipo de máscara y encabece una guerrilla más allá de la posmodernidad con el nombre de vice comandante Aníbal, del Ejército de Aristócratas Desarrapados de Reconversión Nacional (el EADRN), con sede en las profundidades del drenaje profundo. Una de sus primeras acciones sería, imitando a Buenaventura Durruti, incinerar pacas de billetes de banco en la vía pública, pero no con finalidades anarquistas sino para combatir la inflación. El problema estriba en conseguir un donador de estos billetes, dado que al Gordo le repugna la sola idea de robar ese dinero.

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El vice comandante Aníbal también podría desafiar al gobierno defendiendo la restauración de la monarquía, para lo cual tendría que buscar a los descendientes legítimos de Cuauhtémoc, el emperador azteca, o de Agustín de Iturbide.

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¿Hacer al Gordo luminaria del cine o de la televisión?, ¿fabricarle un romance escandaloso con Lady Diana?, ¿que el Gordo encabece una expedición punitiva contra Mc Allen, Texas, o contra la ciudad de Guatemala?, ¿y si el Gordo demanda a Bill Gates arguyendo que le plagió su creación del sistema operativo que explota Microsoft?

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No es fácil la decisión. Ruego a los lectores que nos auxilien en esta tarea: ¿qué hacer con el Gordo?

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El autor es director editorial de noticiarios de TV Azteca y colaborador de -El economista.

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