Otra mirada al sudeste asiático <br>Jap

El &#34efecto dragón&#34 está lejos de tener desahuciados a los países asiáticos. En exclusiva,

¿El dragón realmente incendió a Japón? Al derrumbarse las bolsas de valores mundiales tras la estrepitosa caída del mercado bursátil de Hong Kong, llegó a México una marejada de informaciones que señalaba con reiteración: “El sudeste asiático ya no es como antes.”

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Pero hay de crisis a crisis. Japón ha vivido la suya desde 1991, aunque hay que aclarar que es bastante distinta a las crisis cíclicas que sufre México. En el archipiélago asiático el ritmo económico parece no disminuir: la construcción y la infraestructura crecen a cifras récord, las exportaciones siguen su marcha ascendente, las reservas son superiores a $220,000 millones de dólares (las más altas del mundo).

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¿Qué fue, entonces, lo que le afectó? Cuando llegó la globalización, Japón no estaba suficientemente preparado para recibir los grandes flujos de capitales, no tenía reglamentaciones adecuadas en materia de banca y de seguros. Cuando vino el sobrecalentamiento, dentro de la burbuja bursátil, el modelo empezó a presentar problemas; el principal fue que los bancos se colapsaron por la falta de límites crediticios. La noticia tiene varios años: varias instituciones financieras de este país quebraron.

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Japón, ciertamente, resentirá algunos efectos del aliento del “dragón”. Manuel Uribe Castañeda, embajador de México en ese país, da su punto de vista: “Lo resentirá, pero no mucho. Sus exportaciones a los países asiáticos disminuirán por la pérdida de poder adquisitivo implícita en la turbulencia monetaria, así como perderá algo por sus inversiones en monedas locales de los países que sufrieron mayor devaluación, pero la economía japonesa se encuentra en una marcha muy firme de la sociedad industrial a la digital. Es una economía sumamente sólida”.

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Tras haber conquistado el mundo industrial y de haberse ubicado en el financiero, los japoneses ahora van por el mundo de las ideas.

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Junto con Estados Unidos y Alemania, Japón es una de las tres economías más grandes del mundo. Y hay lecciones que México puede aprender de esta nación. Uribe habla sobre algunas de éstas: “La disciplina de trabajo. Esta es una característica que sí nos convendría emular. También la educación, a la que tradicionalmente se le ha dado un valor social muy alto. Otra más es la proyección hacia los mercados externos a través de empresas comercializadoras, que movilizan productos de todas partes del mundo”.

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Según Uribe, el punto más trascendente en el sistema educativo japonés es el entrenamiento de la gente dentro de las empresas, con un concepto poderoso de “calidad total”.

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El sistema de educación podría describirse como muy conservador, pero funcional. La tecnología es el pan de cada día: la informática es una herramienta plenamente utilizada desde el nivel primario. Para entrar a la universidad –sólo 35% de los japoneses llega al grado superior–, el idioma inglés es requisito indispensable.

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Los costos de la educación superior, ya sea pública o privada, son muy elevados: una universidad cobra una colegiatura promedio de $72,000 pesos al año, por ejemplo.

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No obstante, el joven que cursa una carrera universitaria sabe que al salir encontrará un empleo y que será bien capacitado en cualquier empresa. En 1997 se generaron en todo el país 1.2 millones de fuentes nuevas de trabajo.

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Y vaya que se trabaja en Japón. Apenas en abril pasado se decretó la semana laboral de 40 horas, que según algunos trabajadores no se cumple. Hace apenas seis años la jornada de trabajo era de 12 horas. Pareciera que ahora los empresarios japoneses asumen que sus empleados necesitan descansar, pues ya se empieza a hablar de sábados y domingos de asueto (60% de las empresas utilizan el sistema de descanso de dos días).

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¿Qué hay de las mujeres? Son las verdaderas controladoras del dinero. Y quien tiene el dinero, tiene el poder. Pese a la extendida idea de que la mujer japonesa es sumisa, la costumbre es que el hombre le entrega a ella todos sus ingresos para que los administre.

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En diversas regiones de la capital se encuentran los niveles de vida más bajos de todo Japón, visible en las antiguas viviendas de madera. Pero el gobierno metropolitano se ha fijado la meta de mejorar el sistema de vivienda, ofreciendo a los habitantes de bajos ingresos que dejen sus casas para mudarse a otras más espaciosas mediante estímulos fiscales para rentarlas. La Corporación de Fomento a la Vivienda apoya a quienes construyan o remodelen casas para renta –con todos los servicios– en la zona metropolitana de Tokio. Y la meta es ambiciosa: 1’750,000 viviendas nuevas, de las cuales el gobierno de la ciudad administrará 350,000. Adiós, pues, a las casas de madera.

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El tránsito vehicular es otro problema que han sabido afrontar las autoridades. Hace dos años encontraron lo que podría ser una solución definitiva a corto plazo: un sistema inteligente integrado al automóvil. Este consiste en una pequeña pantalla que se instala en el tablero del vehículo, alimentada por una base de datos, y que la mayoría de las firmas automotrices ya están incluyendo de fábrica. Aparecen mapas extraordinariamente detallados de la ciudad, incluyendo cada uno de los semáforos de la ruta elegida, y el conductor tiene incluso una vista aérea tridimensional en la pantalla del área en la que se encuentra y a la que quiere llegar. Los sistemas, que hoy son parlantes, cuentan con información (vía satélite o radio) en tiempo real.

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La inseguridad pública no es un problema en Tokio. Existen alrededor de 42,000 policías metropolitanos para cuidar a los 12 millones de capitalinos. Ciertamente la policía japonesa es distinta a la mexicana: es considerada una de las más eficientes y mejor preparadas del mundo (70% de los policías son egresados universitarios). No es para menos: los novatos ganan $17,000 pesos mensuales, más prestaciones y compensaciones. Cada año, en Tokio se presentan 117 homicidios, 10,000 robos a casa-habitación, 2,000 robos de autos y 27,000 de motocicletas. Es difícil robar vehículos, porque cada autoparte tiene un número de identificación y es muy fácil, por tanto, reconocer las piezas robadas. Allá se dice que los 2,000 robos anuales son principalmente delitos de chinos que se llevan los autos a su país.

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Allá se dice que los desarrollos tecnológicos son cotidianos. Más allá, por ejemplo, de las agendas electrónicas con cámara integrada para formar directorios con fotografías, muchas de las innovaciones se dirigen a la mejora de la salud. Las muestras son vastas: el “analizador de la cantidad de grasa” es una báscula que permite al individuo, con base en edad y estatura, saber qué porcentaje de exceso de grasa tiene en el cuerpo; un diminuto aparato determina, al caminar o al correr, cuántas calorías se queman; una especie de báscula analiza las calorías de alrededor de 1,200 alimentos, etcétera.

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Pero hay otros grandes desarrollos que no son tecnológicos. Los cambios al interior de las organizaciones lo ilustran muy bien: se acabaron las jerarquías. En Japón, empresarios y trabajadores comparten, como en pocos lugares del mundo, la información de lo que ocurre en la compañía. Se maneja un concepto de “sociedad de productividad democrática”, que consiste en la apariencia de que todos son iguales, partiendo del salario: un egresado universitario que comienza a trabajar gana no menos de 17 veces el sueldo del director. Esto, evidentemente, logra un sentimiento de identificación enorme con la empresa, que tiene un himno o una oración con sus propios principios.

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Esto no significa que en Japón no se cuezan habas. Uno de los asuntos que más espacio ocupó en los noticieros en octubre pasado, por ejemplo, fue el escándalo de los ejecutivos de Toshiba y de Mitsubishi, quienes fueron arrestados bajo el cargo de violación al código comercial por haber aceptado pagar millonarias sumas de dinero a la mafia japonesa.

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¿Cómo llega Japón al nuevo siglo? Dos cosas son claras: producirá menos productos físicos dentro de su territorio y maximizará lo que se denomina “producto intelectual bruto”, es decir, el diseño de prototipos de producción, que a fin de cuentas se ubicará fuera de sus fronteras. Y ahí está la gran oportunidad de México, que debe inmiscuirse en el circuito de la internacionalización productiva de Japón.

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Por lo pronto, los vínculos comerciales de México con Norteamérica y Latinoamérica y la negociación con la Unión Europea no pasan desapercibidos en Japón. Los recientes disturbios financieros en el sudeste asiático son vistos en el archipiélago como un problema de sobreinversión relativa, por lo que los japoneses sienten que deben acudir a nuevos mercados en busca de plataformas de producción. Y México está en ese circuito.

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Como señala el embajador Uribe, Japón anunció durante 1997 proyectos de inversión en territorio mexicano por $2,700 millones de dólares, cifra equivalente a toda la inversión japonesa acumulada hasta 1996. “La expansión de Nissan y la participación de firmas como Mitsubishi en proyectos de la Comisión Federal de Electricidad son oportunidades que los empresarios mexicanos deben asumir.”

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