Pacto de sangre

Una cosa es una propuesta descabellada cuando la dice una persona cualquiera; algo muy distinto cuan
Max Clip

Estábamos en la sala de juntas, discutiendo animadamente nuevas ideas para promover el uso de cierto servicio, cuando don Luis de la Cueva –nuestro vicepresidente de mercadeo– nos sorprendió a todos proponiendo el diseño y ejecución de una monumental campaña de publicidad, que incluyera la rifa de un automóvil, la presencia de edecanes en centros comerciales y un generoso tiempo en televisión y radio.

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No hacía falta hacer las cuentas de lo que habría de costar la puesta en práctica de dicha iniciativa. Se trataba de una cifra millonaria, que rebasaba por mucho el modesto presupuesto que en estos tiempos de vacas flacas se le podría asignar a cualquier esfuerzo de la empresa.

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Luego de que don Luis soltó su maravillosa idea, yo sólo me fijé en la cara de sorpresa que pusieron sus gerentes, que reflejaba puntualmente la ausencia de respuestas. Y es que una cosa es decirle a un subordinado o a uno de nuestros pares en la compañía que la idea que propone está jalada de los pelos y otro asunto muy distinto es decirle lo mismo a un jefe, incluso de la forma más sutil y elegante que se pueda imaginar. Porque se supone que esas cosas no se dicen y que un silencio general debería descartar casi de inmediato la descabellada propuesta. Pero cuando un superior –no contento con el argumento de autoridad, que de por sí implica el hecho de que él mismo proponga la locura que propone– llega a plantear su delirante idea, armado de una presentación con música y fanfarrias, y grita y salta de contento cuando enumera lo que según él se debe hacer, una multitud de imaginarios focos rojos de alarma se encienden de inmediato y deja a los presentes (todos ellos subordinados) con las quijadas en el piso.

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¿De qué forma se le puede ya no decir, sino sugerir apenas a cualquiera que lo que propone con tanto entusiasmo es imposible, desproporcionado, insensato, y (quizá lo más delicado) una iniciativa que lo puede dejar en ridículo y descrédito frente a los demás? ¿Qué artes de la diplomacia y la persuasión hay que poner en juego para iniciar ese proceso por el que convencemos al loco de olvidarse de su delirio y volver a pensar, con los pies en la tierra, sus ideas? ¿Cómo evitar herir susceptibilidades, crear resentimientos inútiles, abrirle la puerta a la suspicacia, que aparezca la sombra de la desconfianza?

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Ya es difícil llevar a cabo todo lo anterior con un amigo, resulta peligroso con un familiar e imposible con un jefe. Como muy particularmente he llegado a entender los derechos y obligaciones de los empleados de una corporación hacia sus superiores, no es posible discutir inmediatamente la propuesta. Hay que guardar silencio, poner cara de que lo que se dice es bien importante y trascendente, simular que necesitamos más detalles, que es mejor dejar para después la decisión final y nunca, nunca decir que no.

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Pero con un guiño a los demás, ayudándonos de una señal secreta y sin mediar palabra debemos organizar la resistencia, jurar un pacto de silencio y evitar que lo que se ha discutido en esa junta llegue a oídos del presidente y director general.

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Bien vista, esa reacción casi instintiva de los subalternos es la prueba máxima de lealtad al jefe. Es como proteger a un suicida potencial, ayudándolo para que no se quite la vida sin que siquiera lo sepa.

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En el habla popular, se acostumbra decir que hay ideas jaladas de los pelos. Pero resulta que don Luis está más calvo que una pelota de ping pong, así que la figura literaria con él no aplica. Yo, la verdad no sé, pero de que sale con cada jalada…

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