Peones digitales

La información transformó la dinámica de las sociedades desarrolladas. Pero ¿qué ofrece para me
Maurizio Guerrero M.

Los procesos manufactureros experimentaron un viraje significativo al pasar de la interacción hombre-máquina a la comunicación plena entre artefactos que operan bajo la sola supervisión humana.

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Con una dependencia extrema al flujo de información digital, esta tendencia, que se conoce como automatización industrial, forma parte del cambio que avanza de una era fabril hacia una época donde la generación de la riqueza se digitaliza. Aunque dicha propensión también puede entenderse como el puente que permite establecer márgenes de calidad homogéneos y una infalibilidad –casi absoluta– en los procedimientos de las empresas.

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Gracias a la inteligencia artificial que emplea, la automatización ofrece flexibilidad y eficiencia en la manera de producir: implica que los ciclos productivos y de servicios tengan capacidad para adaptarse a la evolución tecnológica.

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El obrero de la era industrial se transforma paulatinamente en un operador de máquinas que –bajo su supervisión– hacen todo. Es más, la mayor parte de los productos sometidos a procesos industriales fue creada bajo algún esquema de producción automatizada. Desde los envases de plástico hasta el agua potable y las medicinas, los sensores y controles tecnológicos están en casi todo nuestro consumo.

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La automatización industrial se expresa también en los diseños de los autos y trenes; en la regulación de la temperatura en los museos; en la distribución del correo; la puesta en escena de obras de teatro; la perforación de pozos petroleros; así como en la generación y distribución de energía.

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Apertura y procesos
En Latinoamérica, la automatización industrial creció consistentemente en los últimos años, favorecida por los abundantes recursos naturales que requieren de procesamiento, la apertura comercial y las privatizaciones. También aumentó por los procesos de mejora continua: los estándares de calidad son un requisito indispensable para la exportación y, cada año, mayor número de empresas adopta las certificaciones de calidad.

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Esto hace que las tecnologías contemporáneas evolucionen más rápido y fortalezcan las comunicaciones. Tal avance permite que la producción y los servicios se automaticen. De hecho, la capacidad de coordinación es la llave del éxito en este esquema nuevo. Como sostiene Randy Freeman, presidente de marketing de Rockwell Automation, el cliente puede planear cada detalle en el diseño de equipos, con la certeza de que trabajarán ordenados.

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La automatización industrial puede dividirse en cinco grandes líneas de productos: control lógico, software, sensores, productos de poder y recursos interactivos.

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El control lógico se refiere a las computadoras que generan la información y dan velocidad, precisión y consistencia a los procesos manufactureros. Algunas veces, este recurso está integrado por un software especial, que funciona tanto para programar y operar sistemas de automatización avanzados, como para dotarlos de flexibilidad para agregar o modificar ciclos.

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Los sensores indican la ubicación o condición de las operaciones; sin esta información, los llamados productos de poder y recursos interactivos –motores eléctricos o electrónicos y los aditamentos que los activan y desactivan– no podrían operar automáticamente y resultaría necesaria la presencia humana para decidir qué hacer. No obstante, a veces es obligatoria una mediación entre los dos recursos. Los aditamentos interactivos hombre-máquina, que varían desde botones hasta mensajes indicadores, tienen el propósito de coordinar la interacción.

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Muchas compañías, sean manufactureras o empresas  prestadoras de servicios, y sin importar su tamaño, manejan conjuntos similares de soluciones. Pero, ¿cuál es el mejor momento para automatizar una empresa? La respuesta parece sencilla: cuando se tengan problemas con la forma y tiempo para crecer.

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El caso X
Los especialistas utilizan con frecuencia el ejemplo siguiente: X es una empresa familiar que fabrica helados a la manera tradicional. Como quiere mantener su calidad, regularmente recibe pedidos que no es capaz de satisfacer. Se encuentra ante un dilema: limita su operación –el crecimiento trae descontrol y fallas cuando el esquema productivo es exigido más allá de su capacidad– o modifica sus estándares de calidad. Crecer implica cambios: ¿cuáles son necesarios en un momento donde se busca una producción masiva con los mismos estándares de calidad?

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Un par de opciones: puede contratar más personal y el helado, al estar hecho a mano y de manera artesanal, tendría un aura de glamour o podría instalar en la planta productora una mezcladora de ingredientes para que controle sus proporciones exactas, su temperatura, calidad, envasado, almacenamiento y distribución. Además, tendrían registros detallados de cada paso del proceso, actividad que evita el papeleo, las confusiones y las tardanzas para atender alguna eventualidad.

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Sin embargo, la empresa X –antes de hacer una inversión en tecnología– debe considerar otros aspectos. Primero, establecer exactamente cuáles son sus requerimientos para contactar a los fabricantes de controladores y demás recursos de tecnología industrial que le convengan. Para satisfacer las necesidades en ese  rubro sobresalen la alemana Siemens, la francesa Schneider y la estadounidense Rockwell, por mencionar a las tres compañías de automatización más importantes en México.

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En segundo lugar, el fabricante pondrá a X en contacto con un integrador especializado en tratamiento de lácteos. Tercero, la compañía asesorada comprará el hardware y el software necesarios. Con la automatización de los procesos, no sólo se optimizan recursos y se mejoran los tiempos de entrega en el mercado, también el producto satisfacerá requerimientos más estrictos y la empresa tendrá soluciones para manejar casi cualquier procedimiento industrial o de servicio. Además, su inversión en mantenimiento y  entrenamiento disminuirán en forma sensible y aumentará el nivel de confiabilidad de la compañía.

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No obstante los beneficios, X debe asegurarse que el sistema adquirido se adoptará rápidamente a los cambios en la manera de producir y que el fabricante brindará la asistencia necesaria. Por otra parte, el costo de la inversión varía mucho, pues depende de las necesidades del cliente.

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Por ejemplo, es posible operar todo el proceso a través de una PC convencional y un software especial cuando la tarea a realizar tiene un grado alto de especialización. Esta tecnología tiene la ventaja de adecuarse perfectamente a las necesidades del usuario. La desventaja, como se sabe, radica en que la plataforma de las PCs suele ser rebasada rápidamente.

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Para evitar ese punto, la empresa X puede instalar controladores lógicos programables (PLCS, por sus siglas en inglés), que son computadoras industriales con una vida útil de entre 10 y 15 años. De todos modos, la decisión entre PCS o PLCS es reversible –aunque algo costosa–, pues el hardware puede ser controlado por cualquiera de los dos sistemas (el origen de la información de los procesos es físico, a través de sensores).

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Para disminuir el costo de inversión en tecnologías resulta prudente contratar la solución de una compañía capaz de adaptar el equipo con el que ya se cuenta, además de proveer soluciones modulares: sólo se adquieren las piezas necesarias en un sistema predispuesto para las adiciones.

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Es recomendable, por último, que la automatización esté constituida como un sistema abierto y compatible –basado en Ethernet e Internet– que permita operar con equipo de muchos fabricantes.

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