Piratas digitales

No surcan los mares, navegan en internet; se anclan en las esquinas; no usan parches ni están armad
Juan Antonio Oseguera

La calle es brava. En el centro histórico de la ciudad de México, sobre Eje Central, la multitud se arremolina en las anchas aceras, no puede pasar; al abrirse paso evita pisar los puestos o golpear a un vendedor de programas piratas de cómputo.

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“¿Qué buscaba, qué buscaba, joven?” Entre las frases que repiten incansablemente los vendedores, el transeúnte avanza lentamente hacia su destino. “¿Office, programas para hacer música, qué busca, se lo conseguimos?” Se escucha la oferta de los mercaderes, mientras sostienen en sus manos catálogos con docenas de copias fotostáticas de las portadillas del software ilegal que promueven.

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La variedad de aplicaciones es amplia y está bajo control. La novedad ya no sólo es el juego, el antivirus, la enciclopedia o la suite de oficina más recientes; ahora consiguen programas a gusto del cliente. Si es dentista, músico, ingeniero civil, fotógrafo o contador, los vendedores tienen el paquete específico para la profesión. Basta pedirlos al traficante, que ayudado de un teléfono celular solicita la mercancía y luego manda al micro (un muchacho en bicicleta que se desplaza ágilmente entre los automóviles), quien vuelve con el programa solicitado en menos de tres minutos.

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¿Los riesgos? Adquirir un disco compacto (CD) simplemente José-José, clave con la que indica el vendedor al quemador de CDs que entregue un producto en blanco, sin información alguna. ¿Por qué vender un disco así? Por si sospechan del comprador o por hacer negocio con alevosía.

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De una a otra esquina es posible tropezar en el centro histórico con 25 vendedores piratas, catálogo en mano. Entre puesto y puesto, los precios no varían mucho. Por ejemplo: un antivirus de Symantec cuesta $80 pesos; en un establecimiento formal se pagan hasta $800 pesos por la aplicación. La suite Office para plataforma Macintosh puede ir desde $100 hasta $150 pesos; adquirida legalmente el costo es de $1,500 pesos.

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¿Diferencias? Los piratas garantizan el producto, algunos hasta incluyen un teléfono celular en el CD, “por si algo se atora, mano”. Las instrucciones que proporcionan para la instalación son vagas y genéricas. En Tepito, en cambio, algunos puestos cuentan con una computadora, “para calar el material, carnal. Aquí no vendemos discos vacíos. Chale, hay que respetar el negocio”, dice un vecino del barrio que vende juegos para PC.

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Entrar en el laberíntico mercado del Eje Uno Norte supone valor o inconsciencia. Los piratas están atentos, siempre a la defensiva, no miran, escudriñan al cliente, lo escanean, intentado anticipar su verdadera intención de compra. Ante la duda, responden con agresividad: “Te rompo tu madre, cabrón, si tomas fotos”, amenazan a mi compañero. En el local venden discos que ostentan el logotipo “Di no a la piratería.”

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En la zona que tiene sus propias reglas, donde ni la policía hace valer la ley, los puestos de mercancía pirata están bien definidos: no mezclan CDs de música con software, ni juegos para PC con películas en video o DVD. Hay locales para cada uno. La calle es brava, pero ordenada.

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