Política y sensacionalismo

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Sergio Sarmiento*

La política sólo por el escándalo entra. Esta es la experiencia que puedo derivar de una década de analizar los ratings de los noticiarios de televisión. Las noticias políticas tradicionales ahuyentan generalmente al público. Se requiere de un escándalo –de un video comprometedor o de una fuerte acusación– para que surja un verdadero interés.

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La lección queda de manifiesto por los acontecimientos de los últimos meses. Las discusiones serias sobre el futuro de nuestro país son debidamente presentadas en los informativos nacionales, sin que generen interés o entusiasmo.

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En cambio, basta un escándalo para que la gente sintonice de inmediato los noticiarios. Un video de la sórdida entrega de $45,000 dólares de un contratista a un político genera más atención que la discusión sobre un rescate bancario que nos ha costado a los mexicanos $100,000 millones de dólares.

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Quienes se dan cuenta de esta situación culpan a los medios. Son éstos, y en especial la televisión, los responsables de interesar a la gente en los temas importantes. Los medios tienen la culpa de la degradación de la vida política por la atención que le prestan a noticias sensacionalistas pero irrelevantes.

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Pero los medios no hacen sino adaptarse a una situación natural. En un hogar que recibe de 20 a 100 canales de televisión, la forma de atraer la atención es ofrecer imágenes fuertes y distintivas. Bien dice el pensador italiano Giovanni Sartori: las pantallas de televisión no se prestan a la reflexión.

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El fenómeno no es exclusivamente mexicano. Los televidentes de Estados Unidos se aburren cuando sus campañas electorales se concentran en las propuestas sobre economía y política exterior. En cambio los ratings se disparan cuando el tema es el posible amorío de un político con una joven practicante.

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En parte esta situación es producto de la masificación de la información. Cuando la vida pública la manejaban unos cuantos era posible concentrarla en discusiones abstractas en medios impresos. Es verdad que el affaire Dreyffus concentró la atención de la política francesa a fines del XIX, pero sólo una fracción muy pequeña de franceses participaba en la política o siquiera votaba. Es esa misma minoría la que se sigue interesada en los temas de fondo de la política en Francia, en México o en cualquier país.

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Quizá sea inevitable lamentar el sensacionalismo de los medios en la política. Pero no olvidemos que el fenómeno tiene también ventajas. Después de todo, el miedo de quedar involucrado en un escándalo es hoy un disuasivo mayor a la corrupción que toda la legislación que supuestamente debería impedir las prácticas impropias de nuestros gobernantes.

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*Sergio Sarmiento es columnista del periódico Reforma.

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