Por la ruta de Santiago en el año jacob

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Durante la Edad Media, todos los caminos llevaban a Santiago de Compostela. No en vano, junto con Roma y Jerusalén, formaba la tríada de ciudades santas que cualquier peregrino con anhelos de ser buen cristiano debía visitar. Hoy, sin importar cuál sea la denominación religiosa, sigue siendo una visita obligada, pues esta ciudad gallega y los caminos que a ella conducen ofrecen un amplio abanico de intereses para el amante del arte, la historia o, en forma más terrena, la gastronomía.

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Más aún, a la fecha, miles de visitantes todavía realizan la peregrinación a pie: algunos, llevados por su fervor religioso, recorren durante semanas o meses veredas para postrarse ante la tumba del apóstol Santiago; otros –“new age”– acuden por la experiencia mística, otros más por una combinación de turismo y ejercicio. Y cabe recordar que uno de los caminos, el llamado francés, remonta sus orígenes a tiempos anteriores al apóstol, pues la vía Trajana –cuyos restos aún pueden admirarse a trechos– partía de Burdeos y, pasando por Astorga y la actual Compostela, continuaba unos 80 kilómetros hasta alcanzar la punta más lejana de occidente: Finisterra, o el fin de la tierra.

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Compostela se levanta en torno de su tesoro más valioso: la tumba de Santiago el Mayor preservada en su catedral y custodiada por sus murallas que unen a las siete puertas de la ciudad: Porta Faxeira, de Mámoa, Mazarelos, Camiño, San Roque, da Pena y da Trindade. En esa antigua ciudad amurallada, espléndidos palacios se dan cita en íntimas plazas adonde desembocan serpenteantes callejuelas.

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La catedral, cuya construcción se inició en 1075, ha sido objeto de numerosos remozamientos, así guarda las huellas de distintos órdenes, desde el románico medieval hasta el barroco del siglo XVIII. Una de las puertas –la jacobea– permanece tapiada hasta que llega un año como 1999, considerado compostelano, en el que es derribada para recibir a los miles de visitantes que acuden a tocar la escultura del apóstol –ya desgastada por los dedos de los fieles.

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Y oír misa solemne, durante la cual los botafumeiros, enormes incensarios que, a la manera de campanas, se mecen ante la mirada sorprendida de los asistentes.

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Cumplido el ritual, no queda más que perderse por las calles para, al final del día, descansar en el lujoso Hospital de los Reyes Católicos que, conservando su antiguo esplendor, hoy se halla convertido en hotel de múltiples estrellas.

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