Por qué romper con Serbia

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Francisco Gil Villegas M.

Yugoslavia tiene hoy un jefe de Estado acusado de crímenes contra la humanidad por un Tribunal Internacional de Justicia. ¿Es coherente mantener relaciones diplomáticas con tal régimen cuando México busca ratificar con la Unión Europea un acuerdo que nos compromete a defender los derechos humanos?

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Nunca se había dado el caso de que un jefe de Estado en funciones fuera acusado como criminal de guerra. No hay precedentes jurídicos respecto a la posición que deben adoptar los demás Estados. La política exterior de México sigue los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, pero también defiende los derechos humanos y los valores democráticos, mismos que en el pasado le sirvieron para justificar encomiables decisiones como las de no tener relaciones diplomáticas ni con Franco, ni con Pinochet.

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Una interpretación semejante debería seguir hoy el gobierno mexicano frente al régimen de Milosevic. Ya hay suficientes elementos: 1) conforme avanzan las investigaciones sobre los crímenes de la “limpieza étnica” en Kosovo, se acumulan más pruebas para enjuiciar y condenar a Milosevic y sus secuaces como genocidas; 2) esos crímenes serán repudiados por la comunidad internacional de la misma manera en que hoy se condenan los crímenes del nazismo; 3) en abril el gobierno mexicano firmó una resolución de la Comisión de Derechos de la ONU, para condenar la “limpieza étnica” del régimen de Milosevic en Kosovo; 4) México busca la ratificación de un acuerdo con la UE que propone una “total adhesión de ambas partes a los principios democráticos y de los derechos humanos fundamentales según se enuncian en la Declaración Universal de los Derechos Humanos”; 5) el comportamiento del embajador serbio en México, Dusan Vasic, deja mucho que desear con sus insinuaciones de que es en México donde no se respetan los derechos humanos, sus desmentidos públicos a la canciller Rosario Green, su censura a periodistas mexicanos, así como por ufanarse públicamente de haber sido ocho años secretario del genocida Milosevic; todo lo cual amerita que se le declare persona non grata a México para expulsarlo del país, y romper así relaciones con Milosevic.

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Es posible que ante la creciente oposición interna a Milosevic, la cancillería mexicana considere prudente esperar un derrocamiento. O quizá, el gobierno de México teme ser acusado de violar derechos humanos en Chiapas, pero nada de lo ocurrido en Chiapas desde 1994 es remotamente comparable a las atrocidades cometidas en Kosovo. Hay argumentos a favor de la cautela, sí, pero también es una lástima que nuestro gobierno desaproveche una magnífica oportunidad para emular a Isidro Fabela y revitalizar los principios de nuestra política exterior, mediante una interpretación ajustada a las nuevas realidades del ámbito internacional hacia el que nos enfilamos ya, en la alborada del segundo milenio.

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El autor es investigador del Colegio de México.

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